Murió uno de los grandes maestros sin dejarnos tiempo para inhalar el aire de su ausencia. José Saramago se nos fue en Lanzarote, donde vivía, pero también en Lisboa y en Santa Pola, porque los grandes se van como una multitud, de todos los lugares a un mismo tiempo.
Muchos nos quedamos sin aliento ante sus líneas. Ser un grande de las letras supone saber encontrar las palabras para decir, pero también tener las imágenes necesarias para contar, desde la espléndida gesta de la construcción de un convento de “Memorial del convento”, hasta la reflexión sobre la dependencia de unos seres humanos con respecto a otros de “Ensayo sobre la ceguera”, la crítica al derroche insano de “La caverna”, o la reescritura de la historia sagrada de los cristianos en “El evangelio según Jesucristo”. Saramago nos metía en su historia y ya no nos soltaba hasta que la trama se desenlazaba en un océano de urdimbres, en una libertad de imágenes al vuelo destinadas a permanecer largo tiempo en nuestra cabeza…
Ahí destacaba el maestro; en su capacidad para dejarnos la marca de sus relatos, para permitirnos que los interpretáramos libremente, que lleváramos a cabo la reflexión imprescindible a la que habíamos llegado de su mano, sin darnos cuenta de las implicaciones que tenía habernos creído lo que nos estaba contando, pero sin dejarnos escapar del compromiso ineludible con respecto a los desposeídos que él practicaba a diario.
La gran balsa de piedra peninsular que, desgajándose del continente al que estaba unida, navega por nuestro Atlántico, el suyo y el nuestro, y le permite afianzar su serena respuesta a la Historia común, pero a menudo de espaldas, de España y Portugal. La “Historia del cerco de Lisboa” del siglo XII en la que un humilde corrector de pruebas altera el resultado de la historia cambiando un “no” por un “sí”, y debe, siempre por amor, ser consecuente con su decisión. Un Jesucristo, hombre enamorado, que le supuso el enfrentamiento con lo más conservador de los poderes religiosos de su país natal y exiliarse voluntariamente en Lanzarote… El amor encontrado en “Todos los nombres” por un oscuro burócrata que se deja hechizar por una mujer desconocida con la que se evade de su trabajo aburrido y monótono. El viaje de un pobre elefante por toda Europa por capricho de unos monarcas excéntricos.
Saramago se nos va dejándonos su obra, pero también su biografía de perseguido por las dictaduras intransigentes hasta después de muerto, como lo rubrica la reacción póstuma del Vaticano, enfrascado en sus propios mitos, y su ejemplo de solidaridad y su apoyo hasta el último momento a las causas de los afligidos, como muy recientemente ilustró con los saharauis y la visita, ya con paso incierto, a Aminatu Haidar en el aeropuerto de su isla de acogida.
Sirvan estas pocas palabras para que los jóvenes ojos descubran sus relatos cercanos. Que los dedos nuevos y ágiles los recorran una y otra vez buscando una lectura más honda. Que nuestras memorias conserven su ironía y su sencillez, y que nuestros ojos, ya más cansados, sigan buscando los suyos en sus páginas límpidas. “Obrigado”, Saramago.
Federico Zaragoza
Portavoz de Compromís y concejal de Iniciativa







