Todo ser humano tiene derecho y necesidad de descansar en ciertos periodos de la vida, se debe dormir por la noche para al día siguiente poder trabajar, y si se puede tampoco se debe rehusar una corta siesta tras la comida o a la espera de la misma (llamada siesta de borrego) al medio día. Siguiendo tradición y para algunos cuestión de fe, al menos un día a la semana no se debe laborar, tiempo que podremos dedicar a la familia y amigos y como no, a nosotros mismos, por separado o juntos, pero siempre con el objetivo de cambiar de hábitos, es decir, dejar de hacer lo que hacemos durante toda la semana, porque esto no quiere decir que solo se disfruta cuando no se trabaja, pues muchos tenemos la suerte de disfrutar con nuestro trabajo, sentirnos realizados y parte de un proyecto que camina hacia un mundo mejor, cosa que otros no pueden y se convierte en su pesar.
Hemos hablado de los descansos habituales que suelen ser para todos los seres que vivimos en este mundo desarrollado y dicen que civilizado, pero existen otros respiros, como son las vacaciones y en algún caso los “puentes”, que según dicen las malas lenguas se debieron inventar en España, que somos líderes en Europa en la celebración de los mismos, y que para demostrar nuestra nueva cultura de austeridad se plantea eliminarlos, eso sí conservando las fiestas tradicionales, si bien trasladándolas de fechas (¿tradicionales?) para evitar esos malditos “puentes”.
La pausa laboral y en algún caso no laboral, pero descanso anual de larga duración y en muchos casos, de alto coste se produce normalmente en verano (también existe la Semana Santa y las Navidades, que con la excusa de ser fiestas religiosas nos brindan unos días de descanso, gastos y convivencia a creyentes, paganos y similares). La estación del verano, el Estío (sinónimo de verano) para algunos, está representado corriendo con una antorcha encendida en cada mano, ¿será por eso lo del calor sofocante que suele hacer? y en ese periodo el mes por excelencia para tomar o dar las vacaciones es el mes de agosto y eso se nota en todas las poblaciones denominadas veraniegas, que suelen coincidir con las situadas junto a las costas de nuestra península Ibérica.
No es el tema, pero podríamos remontarnos a los principios del fenómeno denominado turismo para demostrar que las vacaciones, sobre todo si se hace turismo, aunque sea de segunda residencia, son para relajarse, disfrutar del entorno, físico, natural, social y familiar y desarrollar nuestras aficiones, hábitos y gustos, que normalmente tenemos algo desatendidas por razones de tiempo, en definitiva, disfrutar del momento y de la gente que nos rodea, por lo que nos podríamos imaginar visitantes relajados, sin prisas, amables y sonrientes que en armonía, comparten tiempo, tradiciones, costumbres y la belleza del lugar con los lugareños que están prestos a servirles con sus mejores dotes y viandas y colaborar en hacerles felices en su estancia en su tierra, más aun si se trata de una población marinera, que por su capacidad de acogimiento y caballerosidad son conocidos y reconocidos.
Siendo esto así, o al menos debiendo de serlo, si nos ajustamos al espíritu del merecido y necesario descanso anual, también denominado veraneo o vacaciones de verano, ¿porqué parece que todos tengamos esos días “cara de velocidad” y en lugar de sonreír (que por cierto es un valor de los generosos) en nuestro rostro se destaca el ceño fruncido?. Deberíamos de aprender a vivir con mayor aprecio a la vida y a los seres y los recursos que nos rodean, saber disfrutarlos sin esquilmarlos, ni despreciarlos y sobre todo, en sana convivencia, respetando y siendo respetados, disfrutando de cada uno de los momentos que la vida nos ofrece, valorando a quienes nos hacen la vida un poco más fácil y agradable, mal tiempo que ellos nos valoran y agradecen la visita, pues de ella también depende su economía y bienestar. Brindemos por el maridaje que producen las vacaciones en paz y armonía con una sonrisa y un canto a la convivencia.







