No, no es una película, aunque sí podrían hacerse muchas dentro de un género dramático. Así es como yo denomino a los señores de la banca: tiburones. La piedad no figura entre sus conceptos compasivos. Digo esto porque la situación que está dominando el panorama nacional por doquier es, sin ninguna duda, escalofriante. Los bancos, como muchos dicen coloquialmente, han cerrado el grifo y, sin piedad, ejecutan embargos que están destrozando familias enteras. Sin embargo, la mayoría de estas poderosas entidades, se regocijan de haber tenido unas ganancias en el primer trimestre de, el que menos, 50 millones de euros. Todo esto, después de haber cubierto sus gastos, sus desviaciones presupuestarias y sus vicios ocultos. Aún así, pueden repartirse cantidades desorbitadas, eso sí, quejándose de que sus beneficios se han reducido un 6, o un 10 por ciento. ¡Pobrecitos!.
Es obvio que las leyes, incluso en episodios tan dramáticos como estos que estamos viviendo, amparan a los poderosos. Tal vez por este motivo, el gobierno quiere ahora modificar la Ley Concursal. ¡Demasiado tarde!. Aquellos que han estado en segunda, tercera o cuarta fila, han perdido o van a perder, todo aquello que consiguieron a lo largo de su vida con mucho sacrificio y sudor. Bancos que han tenido clientes desde que prácticamente iniciaron su actividad en zona, se comportan con ellos con sospechoso desprecio, han dejado de ser esos clientes preferenciales con los que han ganado una suculento pastón. Su credibilidad se ha convertido en dígitos de riesgo con tolerancia cero. Este es, sin duda, uno de los factores que más desconfianza genera.
Paco Soler







