Santa Pola es un municipio moderno que vive sobre todo del turismo. A Santa Pola acuden en gran número personas de todos los lugares de España y de otros países, y, de paso que disfrutan de nuestras playas y de nuestro clima, aprovechan para conocer in situ algo de nuestra historia, nuestra cultura, nuestro entorno natural o practicar alguno de los numerosos deportes para los que la villa se ha ido dotando.
Si alguien se interesa por nuestras calles y plazas y nuestro entorno, sabrá que en él existe una cueva prehistórica patrimonio de la humanidad, la Cova dels Flares o de la Araña, y podrá acercarse a las ruinas de un antiquísimo poblado en el que íberos y griegos intercambiaban mercancías, el de la Picola, o a lo que queda de un puerto romano con sus factorías de industrias alimentarias e instalaciones, el Portus Illicitanus, unos mosaicos de una lujosa villa tardorromana, la del Palmeral, unas torres de defensa y aviso medievales, las de Tamarit y Escaletes, una fortaleza renacentista, la del Castillo, un faro decimonónico construido sobre una de las atalayas medievales, o unas bellas viviendas modernistas que sobreviven en nuestras calles al avance inexorable de las inmobiliarias.
Lo que a todo el que lo vea y tenga algo de cultura de nuestro pasado le sorprenderá será encontrar lápidas conmemorativas de una dictadura semejante a las que en el siglo XX detentaron el poder en otras naciones europeas. Estos países no celebran ni conmemoran haber sufrido dictaduras de corte fascista impuestas por las armas. Los restos de estos regímenes han ido siendo cuidadosamente borrados, y no son equiparables a los vestigios históricos de los que nos podamos sentir orgullosos o que puedan tener interés para los visitantes: son solo lamentables panegíricos de “años de paz” o tiempos de falta de libertad que se deben suprimir, porque lo que le queda al pueblo de Santa Pola de aquellos años es tristeza, dolor y recuerdos de un pasado impuesto por las armas a la mayoría de la población.
Hemos pedido en numerosas ocasiones la supresión de estos vestigios. Se han eliminado otros recuerdos inocuos de nuestro pasado reciente, que a nadie molestaban, como el monumento que adornaba la antigua plaza de la Diputación, o los bancos de azulejos de la antigua Glorieta, o tantos otros, suprimiendo así una parte bonita e inocente de nuestra historia, para sustituirlos por artefactos de belleza discutible, a menudo fuentes, como la inmensa de color azul oscuro y blanco de la entrada del pueblo, que costó mucho dinero. En cambio, tras la definitiva supresión, durante sus obras de restauración, del escudo que adornaba el edificio de Capitanía, en el puerto, mantenemos dos lápidas conmemorativas del régimen de Franco: una casi invisible, tras los soportes de un toldo, en la antigua Casa del Mar, junto al Ayuntamiento, y otra en el Calvario, en lugar perfectamente visible. Además se pueden ver en muchos lugares del pueblo yugos y flechas, emblemas del partido fascista de Falange, parte integrante del Movimiento de Franco, que se pusieron como propaganda en las viviendas de protección oficial durante varias décadas.
Sería muy barato y necesario suprimir esos símbolos, porque son apología de un régimen opresor del pueblo, por muy privados que sean los muros que los sustenten, igual que se impide el uso de la violencia en defensa de las ideas en toda sociedad civilizada.
Seguiremos insistiendo: Santa Pola, todavía mejor sin símbolos de la Dictadura.
María Jesús Ruiz Vidal
Portavoz de Compromís
y concejala d’Iniciativa







