Con Marcelino Camacho conviví en la cárcel de Carabanchel, en la que me encerraron entre enero y junio de 1975, por actividades subversivas antifranquistas en la Universidad Complutense de Madrid. También conviví con la casi totalidad de los miembros de CC.OO. que habían sido condenados en el tristemente famoso juicio 2001.
Eran muy largas las horas del día y de la noche. Y frías, en el invierno madrileño. Recuerdo llevar siempre mucha ropa. Los jerséis de Josefina de los que tanto se ha hablado no eran sino una prenda necesaria en las corrientes de aquellas galerías y la mala carpintería de hierro de las ventanas enrejadas, prenda a la que supongo que el líder sindical se acostumbraría después de tantísimos años en cárceles sin ningún tipo de calefacción. Muchos de aquellos condenados eran del PCE. Algunos habían visto a Julián Grimau salir rumbo a su asesinato de aquella cárcel unos años antes, y aún verían la salida en septiembre de aquel mismo año de los últimos condenados a muerte por la mano temblorosa del decrépito dictador. Coincidí también con el paso fugaz de otros líderes, estos del PSOE, como Francisco Bustelo o Fernando Baeza, pero aquellos estaban poco: salían enseguida. La transición estaba a la vuelta de la esquina, y los franquistas menos rancios ya andaban escondiendo camisas azules, haciéndose amigos en el PSOE y poniendo las bases de la reforma que dio al traste con la ruptura democrática.
Marcelino era un hombre normal, de la edad que yo tengo ahora, que paseaba a paso de granadero todos los días un buen rato por el patio de la cárcel –tenía una condena muy larga por delante y era el ejercicio más fácil de hacer allí, aun sintiendo en la punta de los dedos que la libertad estaba tan cerca. Comía de pie en el comedor colectivo que habíamos instalado en una de nuestras celdas. Era muy aficionado a grandes platos de lechuga. Nos leía el periódico en su celda al atardecer en voz alta para que todos los interesados de su “comuna” estuviéramos al tanto de la actualidad que permitían los periódicos de aquella etapa final y trágica de sangre y terror del franquismo. Normalmente se trataba del Informaciones vespertino de Madrid que entraba clandestinamente. Las “comunas”, que lo compartían todo, eran entonces cuatro, y la de Marcelino se componía de miembros de su partido sobre todo, unos veinte hombres, y algunos allegados a su izquierda, casi niños, estudiantes, como yo, que tenía 21 años. Marcelino invitaba durante su lectura en voz alta a café, un café de recuelo bastante malo en vasito de plástico, pero que nos daba la ilusión de estar de tertulia en uno de los muchos cafés decimonónicos que todavía entonces había en Madrid. Marcelino casi más recitaba que leía aquellas noticias esperanzadoras, entre cuyas líneas había que buscar el futuro.
La cárcel era una escuela de política. Y sin duda, Camacho era el director de aquella escuela intramuros de Carabanchel. Mientras, Josefina organizaba las colas de nuestros familiares en el exterior los días de visita, y les daba a firmar reivindicaciones para ir mejorando nuestras condiciones de vida en la cárcel e ir construyendo el futuro de nuestro país.
Quizá no venga mal, en estos tiempos de descreimiento y desprecio, por parte de la pequeña burguesía nueva y vieja, de los derechos de los trabajadores, y del injusto denuesto de sus organizaciones defensoras, recordar lo que fue la vida de Marcelino y Josefina, o al menos la pequeña parte de ella que compartí. Humildemente y con todo mi respeto.
Federico Zaragoza Alberich Portavoz de Compromís y Concejal de Iniciativa de Santa Pola







