Las alusiones suelen ser la definición de los conceptos por los que manifestamos la longevidad de lo asumido como nuestra verdad. Creemos ser los poseedores de tan preciado bien. Con frecuencia resumimos nuestra estructura de pensamiento en bocetos creados a nuestro antojo, mediante imposiciones subjetivas que pretendemos dominar desde nuestro narcisismo y nuestro egocéntico argumento. Es complicado repeler adjetivos suministrados por causas justificadas desde la posesión de la verdad, aunque ésta esté clausurada desde antes de postularla por la simplicidad de sus argumentos.
Mi revestimiento de humildad me impide en la mayoría de ocasiones exponer con claridad meridiana, determinadas concesiones canalizadas con sustratos jerárquicos, obviando la independencia de las creencias formalizadas desde la identidad. Las personas solemos ser convencionales, fieles a los residuos educacionales del sistema. El inconformismo es sólo un emblema de los sentimientos, ha dejado de ser el arma con que se lucha por la utopía, con la que el arrojo es sólo una expresión verbal altisonante que pugna por convertirse en aliado de nuestros oídos. Frágil, inconsistente, pero con un revestimiento de sollozos por acaparar la atención del silencio, de la gratitud de las sonrisas forzadas.
Hoy he vuelto a escribir sobre los sentimientos. Los forjados recubrimientos de los sabores complacientes. La verdad, mi verdad, mi subjetiva verdad, resuena con fuerza en mi interior y fluye entre mis dedos con la pasión de un soñador. Espero que la comprensión humana genere alborotados sentimientos que revistan de ingenuidad elementos de comprensión tan elementales como el juicio.







