Las leyes son tan interpretables como el tiempo. Los jueces dictan sentencia influenciados por sus principios éticos, morales y políticos, su objetividad se ve rasurada por elementos de carácter ambiguo que son acondicionados en receptores moldeados por intereses personales. La presión política, las ansias de salir en la foto o, lo que vulgarmente se llama, “hacer la pelota”, a quien corresponda, son algunas de las razones que pueden influir en las decisiones judiciales. La Ley de Memoria Histórica, está poniendo de manifiesto los escarceos que mantienen algunos jueces, siempre apoyados por manipuladoras fuerzas políticas. Lo que le ocurre al Juez Garzón es la elocuente evidencia de lo que digo. Nunca estuve de acuerdo con la forma de proceder de Garzón con el caso que está a punto de sentarle en el banquillo de los acusados. Jamás lo estuve. En mi opinión, la guerra fue un hecho vergonzoso protagonizado por los dos bandos de la contienda. Fue una guerra y, quien se viere libre de pecado, que tire la primera piedra. No creo que nadie escape a inclinar la cabeza. Creo que el pasado no debe olvidarse, pero tampoco debe avivarse. Debemos aprender de él, pero no alimentarnos de él. Lo que, a mi juicio, tampoco me parece apropiado, es someter al juez Garzón a un episodio tan dramático. Estoy seguro de que Garzón actuó en los límites de la legalidad interpretativa, movido por una subjetiva aplicación de la justicia. La opinión, la libertad de expresión no debe ser maniatada, pero tampoco desbocada. No creo justo juzgar a Garzón, como tampoco lo veo hurgar en el pasado, especialmente cuando nadie de los que intervino, se sentiría demasiado orgulloso.
Paco Soler







