Acabamos de estrenar año, un año en el que se han puesto muchas esperanzas. Un año en el que prestigiosos analistas difunden hipótesis de todo tipo, pero que coinciden en que será un año de transición en el que los cambios no serán demasiado elocuentes. La mayoría de ellos opinan que será en 2012 cuando aparezcan signos definitivos de recuperación financiera y equilibrio comercial. Pero lo cierto es que no me rindo ante expectativas especulativas basadas en profecías sin fundamento, esencialmente porque nunca habíamos estado en una situación similar.
Me he adentrado en el mundo de la magia, del esoterismo, de la incredulidad rejuvenecida por la ansiedad de un inesperado error en las predicciones. Y he hallado esperanza, una esperanza a la que me aferro como si de un clavo ardiendo se tratara. No es que confíe en las elucubraciones ridículas de Zapatero, ni en la fórmula insulsa de Rajoy, ni en las locuaces palabras de Merkel o en la serena esperanza de Obama. Mi confianza radica en la capacidad de los seres humanos para superar cualquier adversidad, por dura e insalvable que ésta sea. Las referencias mágicas que he encontrado hablan de un 2010 propicio para las creaciones, en el que la raza humana se vestirá de intensidad y confianza en sí misma, porque no se puede confiar en esos líderes, cambiantes y corruptos, pero sí debemos confiar en nosotros, un pequeño mundo que alberga infinidad de recursos. Sólo si confiamos en nosotros recuperaremos el timón de un fragmentado barco a la deriva. Porque somos la inercia estructural de un camino por dibujar. De poco sirve lamentarse, pero de mucho vale luchar, luchar por lo que creemos, por la justicia, por el respeto, por la libertad, por todas esas cosas que nadie nos puede quitar y que todos intentan controlar. Lo mejor de caerse, siempre, es levantarse.







