Estamos viviendo una era en la que se podría aplicar cualquier párrafo editado en libros visionarios, como las profecías de Nostradamus, por poner un ejemplo. El clima, sin lugar a dudas, podría ser el argumento común. La pregunta sería ¿es el humano el causante de los cambios en el planeta? Obviamente no. Pero algo ha tenido que ver en la aceleración de los mismos. Hace poco más de tres meses, la turba ardía en la Tablas de Daimiel, hoy los vecinos hablan de que nunca las habían conocido con tanta agua. Cobijarse bajo techo hoy no es sinónimo de refugio, también puede ser motivo de muerte por derribo. Son tantas cosas las que cambian en tan pocas horas que apenas nos da tiempo a asumirlas. Pero ese es nuestro mundo, cambiante, evolutivo, reestructurable, sensible a las amenazas y, por supuesto, autoestabilizable. Es física en estado puro. Un mar de fuerzas incontrolables e incontroladas sometidas a factores impredecibles. ¿Quién es capaz de luchar contra ellas? ¿Quién no se rinde ante su rotundidad? Hoy vives y mañana mueres, así el principio de la existencia. A pocos se puede culpabilizar. Ni siquiera a Dios, mero espectador de las fuerzas del Universo. Sin embargo, los que vivimos de alquiler en este mundo del que algunos se sienten propietarios, sí que podemos cambiar algunas cosas que, de alguna forma, minimicen los daños directos y los efectos secundarios. Hace más de 25 años que los ecologistas venimos pidiendo sensatez a la hora de diseñar la ordenación urbana. Se trata de aplicar directrices lógicas, como por ejemplo alejarse de las zonas de influencia inundable, como riberas, barrancos, etc. Ser y comportarse como parte de nuestra madre tierra. No luchar contra ella, sino comprenderla y amarla. Hemos sido voraces devoradores de un mundo que no nos pertenece y ya va siendo hora de devolver lo que hemos robado y expoliado. Con esto no conseguiremos impedir los imprevistos reajustes, pero sí reduciremos sus efectos. Que nadie se llame a engaño. Nunca evitaremos que el cielo deje de llorar, o que la Tierra deje de temblar, ni que el viento estornude en nuestra cara, pero al menos no nos sentiremos culpables de su enfermedad.
Paco Soler







