Las personas, llamadas de forma conceptual: humanos, no nos damos cuenta de lo extraordinarios que somos. Obviamente, en todos los sentidos. Somos extraordinariamente perfectos dentro de una imperfección horada en la acumulación de experiencias. En ocasiones, dichas experiencias se traducen en lecciones aprendidas, en otras, pasan a engrosar nuestra vanidad, incapaces de asumir una realidad que pugna por hacerse un hueco en lo evidente.
La humildad, esa palabra que encierra tanto significado y que algunos y algunas optamos por identificarla como cercana a la debilidad, es uno de los mayores tesoros que se nos ha otorgado. Obviamente, la ausencia de la misma conlleva episodios asociados al narcisismo y a la egolatría. Algunos somos incapaces de asumir las consecuencias de nuestra incompetencia y nos convertimos en nuestros propios terapeutas. Resumimos nuestra conducta autodestructiva en comportamientos impulsivos que, lejos de causar el efecto deseado, se convierten en desplomados sucesos que nos abofetean y nos sitúan en las páginas de la Historia como peregrinos de la perversa y obstinada crueldad.
No entiendo por qué no nos dejamos seducir por la humildad. No entiendo por qué las personas se encierran en su coraza de soberbia y escalan posiciones en el odio. Las personas que se sitúan del lado del endiosamiento y la arrogancia, incapaces de bajar con los mortales y reconsiderar su altivez, finalmente son consumidas por su propia naturaleza. Sin identidad ni dignidad, se convierten en obsesivos púgiles de sus errores. La cura es simple: poner los pies en la tierra y ser humildemente comprensivos con la compleja asunción de la entrega y la adversidad.







