Las mafias que operan en el mediterráneo, han colocado Santa Pola en su agenda de acercamientos. Así pues, el abanico de llegadas en el Mare Nostrum se amplía hasta niveles en los cuales el control policial se difumina entre los espasmos tecnológicos. El goteo es incesante, tanto como las suculentas sumas de dinero que se embolsan las mafias. Si antaño fue el tráfico de esclavos, ahora es lo mismo pero evolucionado a niveles de acaparamiento en origen y relativo abandono en destino.
Actualmente, la crisis que sufrimos agrava notablemente esta situación, a pesar de que las redes mafiosas, una vez recuperadas las personas que han conseguido escapar de los controles policiales, son introducidas en otra red, esta vez de distribución de productos que son vendidos por top mantas o a través de venta ambulante. Estas personas, de alguna forma, se integran en estructuras de producción y venta que les proporcionan un relativo sustento pero, qué ocurre con aquellos que se desvinculan de dichas redes y se buscan otras formas de subsistir. Indudablemente, tienen que comer. Algunos optan por la vía de la violencia y ven en los robos una forma fácil de lucrarse. Por lo que estamos asistiendo a episodios dramáticos y excesivamente violentos. Opino que hemos llegado a un extremo en que debemos actuar con contundencia, ya que las leyes no consiguen unificar criterios legislativos. Mayor control sobre los inmigrantes, al que se pille sin papeles, expulsado. Los que han cometido delitos y han terminado de cumplir sus condenas, expulsados. No es de recibo detener a un ladrón, o a un delincuente y dejarlo libre. Expulsado. Siempre bajo una supervisión rigurosa que permita ser benevolentes con aquellos que huyen por motivos políticos al estar sus vidas en peligro. Pero ya está bien de permitir que bandas organizadas acampen a sus anchas.
Paco Soler







