En este mes de octubre se cumplen dos años que escribo en el Periódico Santa Pola. Al igual que hice entonces y repetí al cumplir el primer año, quiero insistir en la continuación del mismo tema, aunque en esta ocasión, debemos felicitarnos de que, al menos, se hayan presentado las bases para regular, al fin, el sistema que permitirá sancionar los comportamientos incívicos de los ciudadanos. A partir de ahora, aquellos especímenes que se resistan a comportarse de forma educada y cívica, serán sancionados entre 100 y 3.000 euros. Ya era hora.
Yo me pregunto cómo hemos llegado a estos extremos, qué necesidad hay de endurecer las normas tan solo por falta de responsabilidad. Esas personas que dejan los “regalitos” de sus perros, esas madres y padres que obligan a sus hijos a tirar el chicle, en vez de enseñarles normas de conducta responsables, ese fumador que tira su colilla en cualquier parte, o ese tipejo que no duda en mear en un portal, deben conocer “lo que vale un peine”. A por los guarros, sin tregua. No podemos mostrarnos al mundo como una ciudad sucia, por que la verdad es que da asco. Nuestras calles, nuestro trato, nuestro atractivo, nuestra cultura y nuestros valores, son el escaparate que se muestra a los turistas que nos visitan. Por lo visto, no hemos comprendido que Santa Pola es una ciudad turística y que el turismo repercute directa o indirectamente en nuestras vidas. La pulcritud es el escenario de mayor valor que podemos ofrecer. Si el turismo aumenta, el trabajo aumenta y, además, las impresiones que se llevan de nuestra ciudad son distintas siendo pulcros. Que nadie crea que le resbala, todos estamos implicados. Ahora, hay que ser duros, rigurosos e implacables. Al guarro de turno hay que sancionarlo con dureza y, si no tiene pasta, obligarlo a limpiar toda la mierda, la suya y la de los demás. Así aprenderán educación y civismo.







