A estas alturas todos ustedes conocen la polémica creada en torno a una adolescente de Pozuelo que, rebelándose contra todo y contra todos, desafía a un Consejo Regulador que, simplemente, aplica unas normas establecidas. Por una parte, el Consejo Escolar actúa legalmente, por otro, y siendo el eje del debate social, ¿hasta dónde llegan los derechos y las libertades? El fondo de la cuestión reside en la educación y cultura adquirida en la infancia, el momento más receptivo del enclave neurológico. La niña no tiene la culpa de su actitud. Ella solo aplica su criterio en base a su fe. Y eso es algo que germina implícito al concepto de la libertad. No sé si somos un país libre, pero sí vendemos que estamos en un país libre, sin embargo, nuestro código fuente se escribe en signos del pasado. La libertad religiosa no tiene por qué estar reñida con el derecho a la educación. Llevar un velo no molesta a nadie, si no interfiere en el desarrollo de la enseñanza. En mi opinión, si un colegio cobija en sus aulas niños de distintos credos, de cada pared debería colgar un símbolo religioso distinto. Así, todos contentos. Pero si es privado y no recibe subvenciones, ya es otro cantar. Puede establecer sus normas y desarrollarlas, siempre y cuando no atente contra las leyes. Pero, al margen de todo, así comenzaron, un día, en muchas partes del mundo, las reivindicaciones sociales silenciosas que mantuvieron grandes pulsos con poderes ejecutivos. La igualdad es un derecho espiritual, muy por encima del terrenal, no como la idealiza la señora Aído. Pero es cierto que debatimos sobre un residuo de imposición machista y que su contenido es peligrosamente corrosivo. Una bomba.
Paco Soler








