Definitivamente se nos va uno de los peores años de las últimas décadas. Un año en el que hemos vivido momentos dramáticos y de pánico psicológico. Familias con verdaderos problemas y familias con problemas adoptados. Por que no todos estamos en crisis, pero sí todos nos parapetamos en ella, lo que vulgarmente se llama patología de contagio y que, obviamente, ha generado una alteración radical del consumo y la confianza. Así pues, se presentan unas navidades austeras. Posiblemente las mesas no sostengan tantos platos y los cubos de basura no acumulen tantos restos de la fiebre consumista. Lo cual, en cierto modo, ajusta la paridad sentido común, consumo responsable.
La Navidad es tiempo de solidaridad y buenos deseos, en el que los que tienen dan a los que no pero, sinceramente, eso no es más que una capa de adornos de frágiles intenciones. No dudo que existan personas de gran corazón y que lo hagan pero, esas personas, no sólo lo hacen en Navidad, si no el resto del año. También están los que se rigen por conductas necias y recelosas, en las que la piedad, la compasión y los buenos deseos, son sólo palabras vacías que no entran en su vocabulario. En medio, una gama de grises, desde los más oscuros a los más claros, en los que su línea de actuación difiere de unos a otros en oscilaciones marcadas por una evolución moral basada en la educación, obtenida desde un escenario familiar sólido en convicciones morales y éticas. Para los cristianos la Navidad es época de esperanza. Para los agnósticos, es un ciclo confeccionado para materializar el despertar de las ansias consumistas y, cómo no, la esperanza de que un número desprendido de un bombo soluciones los problemas financieros acumulados. Lo que yo deseo es que los seres humanos aprendan a vivir en armonía y respeto, que la envidia sea el nombre de una verdura y que su corazón sea más pequeño que la grandeza de su integridad y bondad.







