Existe la aseveración por parte de un sector de las mujeres que todos los hombres son iguales. Es más, lo afirman con tanta rotundidad, que no dejan espacio y márgenes de duda para que alguno de ellos no se encuentre entre el cien por cien de sus congéneres. Siempre o casi siempre, esas profecías provienen de mujeres que por una causa u otra, o por muchas, han sido dejadas, o han dejado, les han roto o han roto ilusiones, pero siempre para este grupo de mujeres, y creo en conciencia que son minoría, la culpa se la llevan ellos y es tanta la desazón que se atreven a meter a todos los seres humanos con tetosterona en el mismo saco.
Como soy hombre quiero salir en defensa de aquellos que no nos consideramos iguales al resto según esa afirmación fémina y de paso demostrar a esas mujeres que en su pensamiento, en el que no cabe la excepción, viven en un permanente resentimiento y sólo les sale a la luz cuando tiene un desencuentro amoroso, mientras este no sucede, cuando las risas inundan la existencia y cuando el amor se aloja en la alcoba nunca se les oyó afirmar el título que encabeza este escrito.
Ya he dicho que soy hombre en el concepto más amplio de la palabra y con idas y vueltas en la vida, pero nunca me atrevería a decir que todas las mujeres son iguales. Porque todas, una a una, son distintas, diferentes pero que al mismo tiempo las une el mismo sentimiento atávico de su especie. Madres amorosas, fieles por genética, responsables y una sobrada generosidad de capacidad de servicio hacia los suyos y otras virtudes con las que se adornan, claro está, todos conocemos a alguna que es motivo de excepción pero nadie se atrevería a afirmar sin entrar en la difamación que todas son iguales. Los hombres nos distinguimos también unos de otros, en todo o en casi todo, incluso conozco algún caso que por amor a su pareja se vuelca hasta vaciarse en los problemas que se pueden suscitar en su entorno como si fuesen suyo, por otro lado es normal; también conozco a aquellos que las faenas de la casa las comparten con dedicación y entusiasmo para poder tener ambos más tiempo libre de ocio, que por otro lado no hace nada excepcional; participar en gastos con la persona que comparte buena parte de su vida no es que sea normal sino que es justo y además necesario, lo contrario sería de licencioso farsante; estar al lado de la cama cuando las fuerzas fallan, es normal incluso de extrema obligación y he dejado para el final el gran concepto de la fidelidad, en esta materia soy de los que no acepta ni comparto la infidelidad, de él ni de ella; lo considero una falta de respeto absoluta y reprobable a todas luces; como he dicho anteriormente presumo de estar convencido que la infidelidad está más presente entre nosotros que entra ellas, infidelidad que dicho sea de paso, muchos hombres presumen de ello y la enarbolan como concepto de masculinidad y precepto de hombre macho sin ver que con su aptitud denigran a la persona que comparte su vida, viola su dignidad y rompen sus sentimientos. Un consejo para ellos; si te gustan las mujeres tanto como para no saber respetar la que tienes, la elegida o te dejaste elegir y aceptaste, no sirves para unir tu vida a la de una mujer. Parece ser que por dudosos estudios realizados, el hombre por naturaleza podría ser dual en cuanto a relaciones se refiere y tan sólo habría que hacer un pequeño ejercicio de sinceridad y honestidad para dejar de serlo u optar por no acompañar a ninguna mujer por el sendero de su vida.
Para finalizar un consejo para ellas; les diré que si todos los hombres somos iguales, pobre de la que lo ratifica con tanta firmeza y frivolidad sin pensar en lo dicho, tendrían que haber conocido a todos y creo que en los conceptos que maneja la sociedad no saldría bien parada, en todo caso, para ser benevolente y aceptar lo dicho como resultado de la ofuscación por alguna etapa vivida, admitiría como titular “todos los hombres que he conocido, bien conocidos, son iguales” al mismo tiempo que las invito hacer una pequeña reflexión del porqué. Todos los hombres no somos iguales.
Agustín García López-Roso









