Hay un hombre en tu vida, cuyo nombre y retrato debes guardar en tu alma: es tu padre.
Puedes contar con él más que contigo. No habrá consejo mejor inspirado ni amparo más sólido que el suyo; rico o pobre, sabio o ignorante, cuanto sepa será tuyo, como es tuya su sangre y su vida si la precisas.
Mientras fuiste niño, compartió tus juegos, tus asombros, tus descubrimientos; en la madurez necesitaste su mano, su hombro, su pañuelo; lo necesitarás cuando creas que puedes prescindir de él.
En tus propios hijos comprenderás la razón de algún lejano rigor, de alguna rudeza que no apreciaste en su momento, meditarás la magnitud de su tolerancia, la índole de sus sacrificios. También en tus hijos te verás retratado y recordarás más de un sinsabor y amargura que diste a tu padre y les perdonarás pues él te enseñó a hacerlo.
En tanto que él viva, busca su apoyo. Si te falta, hónrale con el recuerdo y trata de ser digno de llevar su nombre; tus hijos te recordarán un día con el fervor que tu pones en la memoria de tu padre.









