los seres humanos, verdaderamente, nos encanta recrearnos y nos crecemos. Así surge la ciencia o el arte. Sabemos, también, que en una simiente el grano es lo importante junto a unas condiciones favorables para mejorar el fruto. Y así, no son las malas hierbas las que ahogan la buena planta, sino la negligencia del agricultor que no acude en el momento preciso. Todo tiene su instante en esta vida y, también, todo pasa. Ahora iniciado el 2016, nos queda todo un campo de labranza para llevar a buen término. Pongamos las mejores actitudes para reconducirnos como una potencialidad armonizada que es lo que enriquece a la familia humana.
Precisamente, Baltasar Estévez, en su libro “El hombre y el agua”, nos insta a reflexionar: “Si observamos la cuenca del río Lanjarón, tenemos que estar de acuerdo en que no se parece en nada, desgraciadamente, a la verde imagen del siglo XIX y la primera mitad del siglo pasado, que tantas alabanzas recibió de personajes ilustres que nos visitaron aquellos años”. La humanidad, a poco que se afane, aún posee la capacidad de cambio para que renazcan tantos paraísos perdidos. Todo ha de desarrollarse con más sintonía ética, que ha de llevarnos a recapacitar sobre ciertas actitudes sin alma que hoy siguen rigiendo el planeta, y que van en detrimento del propio ser humano.









