Es curioso observar como se pierde el control de las capacidades de uno mismo y, más escalofriante, del colectivo. Es un supuesto extendido que somos animales racionales, que la capacidad de análisis es nuestra cornamenta, la herramienta para capear vicisitudes. Pero, pese a que algún remanente ha de quedar de nuestra ‘grandeza’, no puedo dejar de entristecerme por la notoria degradación de nuestra psique, en parte por cobardía propia, en parte por bombardeo externo: imágenes, mensajes, subliminales, reclamos. Es como una gruesa venda informativa, cuánta ironía.
Es por ello que pienso en la emocionalidad como vehículo de enriquecimiento. ¡Llamo al arte a cambiar el mundo!









