Una vez más, como siempre, la luz y los buenos deseos invaden nuestros caminos. Parece como si todo se volviese más corazón. Ojalá fuese verdad. Nuevamente nos conmueve que tantos seres humanos sufran la tremenda soledad de la desesperación. Podíamos ser uno de nosotros. Cuántas veces regresamos a nuestro propio hábitat, y nuestra misma especie, nuestro misma familia, tampoco nos reconocen. Por desgracia, para las cosas más importantes no solemos tener tiempo. Nos piden auxilio y proseguimos sin apenas prestar atención. La indiferencia y la frialdad nos domina. La metodología de nuestro pensar está planteada para que nadie piense sobre sí y mucho menos sobre los demás. Esta es la grave cuestión. La mentira con la que nos han cebado el alma. Andamos ocupados en mil historias que nos conducen a una tragicomedia permanente, donde nadie existe para el otro, donde nadie conoce a nadie, donde nadie se interesa por nadie, porque nos hemos llegado a creer que somos nuestros exclusivos dioses, independientes, sin necesidad de ayuda, autónomos y egoístas, de modo que ya no queda espacio alguno para la reflexión. Sólo nos afanan las cosas tangibles, el éxito y el triunfo de nuestros proyectos individuales. Realmente continúa sin haber posada para esta otra humanidad que lucha por vivir, que transita de acá para allá con la cruz de la exclusión, mientras otros derrochan todos los bienes de la tierra como si fueran de su pertenencia exclusiva.
Impulsemos que en verdad reine la paz en el corazón de cada uno, para entrar de lleno en la atmósfera de los encuentros, lo que significa un corazón de amor, capaz de amar y de percibir la humildad como señal de acercamiento. Necesitamos transformarnos, renovarnos, convertirnos en personas humanas, en seres liberados de tantas cadenas mundanas. Este espíritu navideño nos pone alas para que así sea. Cantare amantis est, dice san Agustín: cantar es propio de quien ama. Así, a lo largo del tiempo, el recuerdo del Portal de Belén, del canto de los ángeles, se ha convertido también en un renovador clima de regocijos. Es la hora de los villancicos, de las palmas y zambombas, de hacer nuestro el poema de la Noche Santa, o de la Buena Noche, o de la Noche Buena: “paz a los hombres que Dios ama” o “paz a los hombres de buena voluntad”. En cualquier caso, el amor de Dios que nos precede, que jamás nos abandona, a pesar de nuestras caídas, es el artífice de un abecedario nuevo en un mundo viejo. Brindemos por la luz que vieron los pastores, para que nos ilumine en reencontrarnos con nuestra misma especie y, de este modo, ser capaces de repensar sobre un horizonte pacifista. Desde luego, la prueba más clara de haber hallado el camino es una alegría imborrable.









