Te marchaste un martes para siempre. Te has ido sin hacer ruido, del mismo modo en que viniste. Nunca hiciste daño a nadie y por eso todos te queríamos tanto… Hoy, cuando ya eres una flor tierna en el cementerio de tu pueblo y las mariposas vuelan para darte los buenos días mientras el sol y la hierba acurrucan tu sueño eterno, te recuerdo con nostalgia y la tristeza de saber que nunca más volveremos a vernos, aún no me lo creo…
Recuerdo cuando me enseñabas el abecedario cuando era pequeña, cuando me invitabas a comer a tu casa, cuando te ponías a jugar conmigo a cualquier cosa, cuando estábamos los dos sentados en tu sillón y nos caía la maceta que tenía la abuela colgada arriba, cuando íbamos al cine y nos reíamos de cualquier tontería, cuando fuimos a Crevillente y el tío Luis nos hizo subir y bajar calles todo el rato para ir a buscar a Mari, cuando me picó una medusa y tu viniste a cogerme en brazos y llevarme a la Cruz Roja, que cuando llegamos, de lo cansado que estabas, te iban a atender a tí, cuando nació mi hermano y te fui a acompañar al médico y cuando salimos, fuimos a coger un autobús y nos equivocamos, o cuando teníamos esa tontería de que conocíamos al cubanito, y cuando me sentaba en tu regazo y me contabas cuentos, chistes y anécdotas, o las veces que me quedaba a dormir en tu casa y por miedo me acostaba contigo en tu cama a dormir a tu lado acurrucada.
Todos los momentos que me diste desde pequeña siempre los llevaré conmigo, porque toda mi niñez ha sido a tu lado. No recuerdo si alguna vez te lo he dicho, pero sé que tú ya lo sabías por todo el cariño que te he dado, te quiero abuelo y siempre te querré. Abuelo, tú siempre estarás aquí, no en cuerpo, sino en alma.
¿Recuerdas cuando nos pusimos a contar estrellas? Quizá estés en alguna de ellas… Nunca te irás de mi vida, nunca te irás de mi mente.
Te quiero, abuelo.
Elisabeth Terol









