Como nos pasará a todos en algún que otro momento, Rosendo Amador Molina, nos dejó hace unos días para irse, sin lugar a dudas, a otro sitio mejor. Aquí, en este lugar de paso, y como no podía ser de otra manera, nos deja a mucha gente desolada, empezando por sus hijos, y terminando por sus amigos, entre los que me honro en ser uno de ellos, aunque en verdad, más que amigo, es tanto mi agradecimiento que me profesa, que lo considero mi verdadero tutor y maestro en Santa Pola, donde me acogió hace muchos años, cuando yo llegué para quedarme en esta bendita tierra. Él me dio su cariño, su apoyo y su hogar. Él me ayudó a seguir creciendo como hombre y como persona, y fue mi referente en mis comportamientos y quehaceres. Con Amador he vivido situaciones buenas y malas, y en todas ellas, mi compadre , porque Rosendo Amador era mi Compadre, estuvo siempre a mi lado y al lado de toda mi familia. Pero no sólo conmigo se portó bien; lo hizo con toda la gente que se lo pedía. Por todo ello, qué raro es encontrar a alguien de Santa Pola que no haya sentido su muerte. Rosendo Amador Molina, fue un hombre de bien, que es lo mejor que puede decirse de una persona. Se ha muerto. Se nos ha muerto para que su recuerdo nos quede siempre en nuestra memoria. Y lo hizo cuando ya no tenía más remedio, porque la vida tiene estos momentos de tristeza y desazón, se marchó calladamente y sin hacer ruido, sabiendo que sus familiares y sus amigos siempre lo tendremos en nuestro corazón. No es hora ni lugar, para hacer público las situaciones que nos hizo vivir ni los momentos de felicidad que nos dio. Pero es cierto, que allá donde esté, me gustaría que hiciese cuanto pudiera para reservarme un pequeño espacio para mí, en el que nuevamente pudiera abrazarme a él, a mi querido compadre, igual que lo hice infinidad de veces aquí en la tierra. Descanse en paz.
ADOLFO CASTRO YUBERO









