Felipe González, solía emplear con cierta frecuencia un proverbio chino que decía “qué importa que el gato sea negro o blanco si caza ratones”, dando a entender con ello, que lo importante, cuando se pretende algo que nos afecta, es alcanzar los objetivos ansiados. No se detuvo a pensar la forma o el procedimiento que se emplee en alcanzarlo, sean estos procedimientos lícitos o no. Así que, con él, con Felipe González, conseguimos el gobierno más corrupto de toda la historia de la democracia española. Pero el citado proverbio resulta irreal cuando el gato se convierte en “minino”. Basta para ello con aplicar el refrán español que nos dice: “gato con guantes no caza ratones”. Sea blanco o negro, como el gato lleve guantes no es capaz de cazar ratón alguno. De modo y manera que aquel gato de Felipe González, se libró por los pelos de ir a la cárcel, a la que solamente fueron otros mininos más tontos, o más listos que él, según se mire. Y aquel felino gatuno, ya sin guantes, también pasó apuros en la caza de ratones, cuando uno de éstos, a grito pelado, dijo “ ¿quién le pone el cascabel al gato ?”, y allí se presentaron unos cuantos ratoncillos para ponerle al gato un pequeño cascabel alrededor del cuello. Y así, con guantes y con el cascabel alrededor del cuello, el gato, blanco o negro de Felipe González dejó de cazar ratones, y a los que se le caía la baba con el gato-gatuno de Felipe González, no se dieron cuenta, hasta bastante más tarde, que les “estaban dando gato por liebre”. Un tal gato llamado Alfonso Guerra, con guantes por supuesto, se inventó un bulldog, al que llamó Aznar, y el tal Aznar, plantado firme, frente a esa pandilla de gatos, los mandó al carajo. Y así, la pandilla de gatos y gatas que seguían al gato negro o blanco se tuvieron que ir a otras tierras y de vez en cuando regresar a sus orígenes, ataviados de cascabeles y guantes, con la sana intención de seguir comiendo gratis. De comer lo que sea, aunque fuera a nuevos gatos de su misma pandilla que, ilusos ellos, creían que iban a acampar tranquilos con aquel gato de Felipe González, blanco o negro, sin pensar que, al menor descuido, se los zamparían. “Gato come gato”. Tras la etapa gloriosa del Bulldog, donde la mayoría de los gatos se dedicaron a dormir a la bartola, apareció otro gato, el gato zapateril , aquel que se dedicó a vivir del cuento y de las cuentas que le dejaron. Y cual cigarra remolona, se comió el pastel que heredó. ¿ Qué he de hacer para conseguir salir de la crisis?, se preguntaba a diario. No tenía ni idea, y sigue sin tenerla. Pensaba que “siete vidas tiene el gato” y que podría resistir la crisis. Se le acercaron otros gatos, los blancos y negros, grises y marrones, con guantes y con cascabeles. Todos gritando, todos maullando, sin saber hacer lo que el pueblo le pedía. Así, cada día, se encontraban con más gatos en el paro, con menos credibilidad exterior, con más cierre de ratoneras, con gatos pidiendo pan etc, etc, sin darse cuenta de lo inteligente que es la gente. “Gato Maullador, poco cazador”. Adios gato zapateril, adios, y como decía mi abuelo: “largo de aquí minino y a comer a otra parte”. Vete, aunque sea como el gato de Felipe González, que se marcha a Marruecos donde se está construyendo un palacete de más de 2 millones y medio de euros.
Joaquín Ramón García









