Durante siglos, la sociedad española ha considerado la soltería de la mujer como sinónimo de fracaso en la vida. Expresiones como “se ha quedado para vestir santos” o “se le ha pasado el arroz” se adjudicaban como un sambenito a las mujeres que optaban por no depender de una pareja para vivir. Y digo “depender” en el sentido más estricto de la palabra; hasta 1974, una mujer casada en España tenía que pedir permiso y autorización a su marido para poner un negocio o abrir una cuenta corriente.
Conozco a más de una señora, solteras, que ilustran de forma clara de falsedad de equiparar celibato con infortunio. Su vida según ellas ha sido feliz, plena y rica en experiencias. Una opción elegida no por motivos religiosos ni filosóficos, sino para no tener que someterse a los dictados de una sociedad donde el hombre, por el mero hecho de nacer varón, tenía la capacidad de doblegar a las mujeres de su vida (hermanas, esposas, hijas) e imponerles su criterio. Pero efectivamente, existen mujeres que eligieron vivir su vida libremente, sin tener que someterse a los caprichos de su marido. Y su testimonio nos demuestra, sobre todo, que la principal felicidad de un ser humano reside en ser capaz de gobernar su propia vida. La libertad es lo que nos convierte, como dirían estas mujeres, en ángeles fieramente humanos.









