Miguel Atencia
 

FACTORES CRECIENTES Y MENGUANTES EN LA ANCIANIDAD

 
Viernes 8 de abril de 2016 0 comentarios
 

Sobre la llamada “tercera edad”, se han escrito montañas de libros, estudios y ensayos de toda índole. Pero a veces no se abordan los temas más centrales que afectan a la última etapa de la vida, llena de luces y de sombras, de aspectos positivos y de inéditas novedades que distorsionan la paz de los mayores. Envejecer con dignidad es tarea compleja y repleta de renuncias. No pretendo hacer aquí la radiografía de la ancianidad, ni siquiera se me ocurre trazar un esbozo aproximado.
Para no pocos estudiosos la vejez sería “el estado de una persona que por razón de su edad avanzada sufre una decadencia biológica en su organismo y un retroceso en su participación social”. Al tener disminuidas sus facultades físicas y psíquicas casi no cuenta nada en su ambiente.
El proceso vital del envejecimiento lleva un conjunto de cambios y dificultades que retardan la adaptación. Cada persona experimenta este problema de forma diversa.
Las aptitudes y comportamientos que malogran un enriquecedor proceso de envejecimiento tiene una raíz común: la no aceptación de sí mismo. Lo importante es aceptar con realismo la nueva situación adoptando una postura abierta y positiva ante la última etapa, e intentar vivirla positivamente como su plena culminación. En la vejez es necesario, vencidos todos los obstáculos, descubrir el lado verdadero, bueno y bello de la vida que tiene su clave en el objetivo de la esperanza teologal. Para esto se requiere, como premisa, aceptar anteriormente, con humildad y alegría, la situación en que nos hallamos, por muy precaria que sea. “Solo envejece de manera correcta quien ha aceptado interiormente su envejecimiento. Cuanto más sinceramente se haga, cuanto más ahonde la mirada en su sentido y cuanto más pura sea la obediencia a la verdad, tanto más auténtica y valiosa será la fase de la vida que lleva ese nombre”.
Un corazón verdaderamente humano acepta con paz y sosiego su propia condición senil marcada por las limitaciones, pero abierta también a los horizontes luminosos que nos muestra la fe. Se ha escrito con perspicacia que una auténtica espiritualidad ayuda a apreciar, estimar y cultivar los valores alternativos que florecen en una ancianidad bien llevada. Serían, entre otros los siguientes: visión recapituladora de la vida; realismo mayor al enfocar cualquier cosa; capacidad de relativizar los problemas, aceptación serena de una decadencia progresiva, esperanza a toda prueba a pesar de tantos inconvenientes, silencio discreto y paciencia callada, agradecimiento al recibir atenciones cuidadosas.
Todos estos valores encajan perfectamente en el mensaje cristiano, iluminando con fuerza el último tramo de la vida. Predominan los serenos atardeceres en que destella la providencia que nos acompaña en cada paso de nuestra peregrinación por este mundo.

 

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