Prólogo. El día 02/05/2010 se cumplirán 29 años de la epidemia llamada entonces del “síndrome tóxico” y luego rebautizada en medios como “de la colza”. Una epidemia cuyo transmisor no fue el aceite, sino los tomates, y cuyo elemento tóxico fueron los Organofosforados creados por una poderosa marca alemana. 700 muertos y 30.000 afectados. Hace 27 años, hubo gente que prefirió conscientemente señalar un culpable falso y prohibir las investigaciones que buscaran cualquier otra causa. La ocultación de la verdadera causa del síndrome tóxico impidió la curación de miles de españoles. Ese silencio, décadas después, nos deja a nosotros expuestos a que se repita. La ventaja de ser viejo es que muchas cosas ya no te pillan de nuevas. Algunos lectores, especialmente los más jóvenes, pueden pensar que una alianza de estrategias entre varios abogados de la acusación y de la defensa, como en el caso del 11-M, para aprovechar las lagunas de una investigación y los inevitables fallos de los investigadores y así colocar como cierta una teoría fantástica para la que no existe ninguna prueba es una idea innovadora. Pero no, la conocida como teoría de la conspiración del 11-M -que defienden los medios afines al PP- no es nueva, al menos en su estructura. No hace más que repetir las pautas que se siguieron en un proceso que también se celebró en dependencias de la Audiencia Nacional en la Casa de Campo, de Madrid, pero hace ya 22 años: el caso del síndrome tóxico o de la colza. Entonces, como ahora, una asociación de afectados y varios abogados de las defensas se conjuraron para enmarañar el proceso y tratar de sacarle el mayor beneficio posible. Cinco abogados, apoyados en los dictámenes de un perito de parte, Antonio Muro, sostuvieron que el origen de la enfermedad eran tomates cultivados en Almería que habían sido tratados con pesticidas de la multinacional alemana Bayer. Pero como no había el más mínimo indicio, según fue avanzando el proceso judicial, la tesis fue evolucionando. Los causantes seguían siendo los tomates, pero el envenenamiento masivo ya no era accidental, sino intencionado, con la finalidad de encubrir un accidente de guerra química, supuestamente ocurrido a finales de 1980 en la base militar que el Ejército de Estados Unidos tenía en Torrejón de Ardoz. La citada tesis sostenía que los americanos estaban haciendo experimentos con armas químicas que luego serían utilizadas en la guerra Irán-Irak. Un abogado listo, al que luego se sumaron varios más, había descubierto que en esa guerra habían aparecido supuestas etiquetas de armas químicas fabricadas en España y recordó que significativamente el primer fallecido había sido un niño de Torrejón de Ardoz, por lo que la base militar estaba en el origen del envenenamiento. La tesis era perfecta puesto que, además de exculpar a los aceiteros, ofrecía a las víctimas un culpable con dinero para pagar las elevadas indemnizaciones, y a la opinión pública un responsable que se veía en aquel momento -gobernaba el PSOE- más como un colonizador que como un aliado.
VICTOR MANAREL









