Hay veces, especialmente los fines de semana, que lo que a una le apetece es pasar de la dieta, del deporte, del tabaco, de las marchas nocturnas por locales de dudosa reputación y de los hombres peligrosos y sentarse, simplemente, ante una buena mesa, bien servida y con unos choricitos a la sidra.
Mi padre los preparaba con amor y cariño. Bien sabe Dios que era lo único que el pobre hombre hacía en la cocina, que manchaba más que arreglaba y que, en ocasiones, desesperaba a mi santa madre. Sin embargo, y tras un sano tiempo de cocción a fuego lento con la sidra que traíamos del pueblo, nos servía con un vermutito y trozos de pan generoso este exquisito manjar.
Esta pequeña tradición la he intentado mantener y potenciar pero, cuál ha sido mi sorpresa al conocer que era el equivalente médico, según la OMS, a poner la boca en un tubo de escape.
Si ni tan siquiera podemos darnos un lujo sin miedo... ¿merece la pena vivir a medias?









