Con el fallecimiento de un ser querido y ante este hecho, de esta naturaleza no sirven rebeldías ni buscar a quién o qué recurrir o que nos asistan, por encontrarnos indefensos, ante tal situación de angustia y desesperación, y es cuando nos damos cuenta de nuestra insignificante pequeñez. Y con la familia encuentros. Y, con algunos, recelos y recuerdos, de antiguos enfrentamientos.
Cuanta frialdad hay en el hecho de una incineración, se va y se acerca uno acompañando al difunto de una forma protocolaria ceremonial, carente de sentimientos, triste final para el olvido de muchos, de él que vivía solo, con asistencia, del fallecido, del abuelo.
Éstos que afloran sin protocolo, y se manifiestan de una forma espontánea no controlada, en los enterramientos, como una luz que nos invade el alma, en pleno goce y de acercamiento, a lugares desconocidos de ensueños, y cuando esto ocurre, es cuando el alma sufre una trasformación que nos acerca a Dios y a la humanidad, haciéndonos reflexionar: qué somos, qué hacemos, dónde vamos, y esta serie de preguntas que aquellos que no tienen creencia, filosofía o convicción en ninguna religión, por no creer en nada, o padecen la insensibilidad de las cosas inanimadas sin alma, sufren terribles dudas desorientados en sus pensamientos de adentro.
Diferente es la magia y el hechizo que tiene un enterramiento, como el silencio que existe en el duelo en los cementerios y su recogimiento, las flores floridas o ajadas, y marchitas pero frescas en la memoria posterior y grabadas en el recuerdo. El rigor del acompañamiento, las lágrimas y los sollozos de los más allegados sensibles o rozados al difunto, la pesadumbre y culpabilidad de algunos por no haber hecho tareas que ya no se pueden hacer, como escuchar su voz y sus consejos, o hacerle partícipe que comprendiera tus ideas y desacuerdos, en momentos anteriores, rectificando planteamientos, o prestarle la ayuda requerida alegrándole en momentos de tristeza, o sintiéndose uno culpable de haberle dado esquinazo en ocasiones necesarias y reprochables por no haber cumplido, con la servidumbre obligada por la edad y respeto. Y o no, haber atendido sus consejos, sabios, desinteresados y gratuitos propuestos.
Cuánto se le echa de menos, con su paso corto y lento, su espalda curvada por los años, respiración fatigosa, su delgadez extrema, su rostro aceitunado, cara toda piel difícil de afeitar, y del empleo del pañuelo constantemente limpiándose la nariz, sus dedos huesudos y largos, temblorosos por la edad, sus llamadas a deshoras a mi casa en auxilio como soporte y ayuda de centinela alerta encubierto.
La solicitud de masajes en sus piernas ateridas por falta de riego y de calor, de venas envejecidas y acristaladas por el tiempo.
Se echa en falta su tacañería, siendo esto su refugio de protección y de su seguridad. Ahorrando céntimo a céntimo, con tal de que sus hijos se alegraran de que les dejara una buena cuenta, para repartirse por igual y que tuvieran éstos motivos de agradecimientos y gratos recuerdos hacia él, compensando de esta forma las quejas de alguno de ellos, o algún reproche de antaño sin fundamento, por desconocimiento de su forma de ser, o por acaloramiento de no haber hablado la misma lengua, o por sus inquietudes de aquel momento.
Cuánto se te echará y cuántos te echarán de menos, con tus consejos o apoyos cuando se suscite alguna disputa banal o absurda, y como juez dabas tu criterio, y opinión sin tener en cuenta a quién favorecías con tus sentencias de anciana sabiduría de los hechos, o te callabas por ello, siendo políticamente correcto. Tus escritos en prosa y poemas, en tu vieja máquina de escribir, arrinconada sin papel. De hecho.
Nos hemos perdido la localización del nicho, la espera y el tabicado del féretro, en el sol de la mañana, encrucijada de propuestas: de juicios, de opiniones y pensamientos, de la templanza y la paz, de guerras familiares pasadas, por querer se todos, en todo el primero. Del acicalado personal de tiros largos, de las prisas por llegar no queriendo ser el último, en la despedida de allegado familiar del finado. Muerto. Con la incineración nos hemos perdido el llevarte flores por los Santos, “arreglar” y adecentar tu nicho avivando los recuerdos, pues a mí no me sirven tus cenizas olvidadas y perdidas que para mí no son un consuelo. Qué pena y sufrimiento, con el profundo respeto del sentimiento y del momento, y todo esto nos hemos quedado sin ello, por el criterio absurdo o económico de un boato de los nuestros, más le hubiera valido no haber impuesto su criterio, pues él será el primer olvidado por los suyos y los nuestros, de sus “desaparecidos” restos.
Recuerdo que una noche tuviste una crisis, y te traje a mi casa, pues estabas como un perrito pequeño, temblando, desprotegido, sin cariño, solo, y sin la seguridad tutelada y adecuada de un dueño, temiendo que saltaras al vacío etéreo, desde tu piso el tercero. Posteriormente acompañándote al psiquiatra para que la ansiedad y depresión te pusiera a “punto” y con medicación, bueno.
Cuánto echo en falta las charlas de diferentes criterios, hablando la misma lengua en temas y pensamientos parejos, nunca finalizados y empalmados con otros hechos, y un día asustado por la fuerza del aire, dejes abandonados de pesca los aparejos y el parasol, en ese lugar de ensueño, en el roquedal, Embarcadero de Lucía –ensenada del mar cerca de la Ermita del Carmen, patrona de pescadores con riesgos, donde rompen las olas por la fuerza del viento, perfumando y embriagándolo todo, de olores de mar y algas, pino, flores, té, tomillo y sueños.
Las llamadas para ir a por el butano, o los viajes a centros hospitalarios o médicos, a buscarte el paquete de tabaco negro Ducados –fumador de dos pelos–. Ya que apagabas el cigarro a la mitad, ¿así sabría más fuerte? y lo preservabas y reservabas para luego.
Ya no tendré que ir a por ti, cuando se te haga tarde por estar viendo el partido de tus sueños, y anticiparme para pedir que te reserven en Rest. Costa Hispania mesa y silla preferente para que disfrutes de tu querida afición deportiva de encuentros, y pedir que te pongan buen menú, sin tener en cuenta el precio. O aplazar para otro día el hacerte algún trabajo o arreglo casero… o capricho en e ordenador concreto. Cuánto echaré de menos tus largos paseos de mañana por la playa de Levante de Santa Pola, con el agua hasta las rodillas, por prescripción facultativa por hinchazón de tus pies enfermos, de tus 88 años, temiendo perderte entre la espuma de las olas del mar, por un mareo traicionero. A obligarte a comer sin que ganaras peso con la frase, dicha en broma: “O comes abuelo todo lo que te ponga tu hija, o te preparo la maleta, y ¡presto!” Por lo cual te ponías muy triste y serio, olvidándolo los dos al instante y al momento.
Siempre te dije con cariño y respeto: gasta tu dinero abuelo, que cuanto más dejes, más peleas habrá cuando tú faltes luego. Gracias a Dios parece que fue un mal augurio mío o nuestro, pues de una forma justa, se han repartido tus ahorros de euros. Pues me diste un mandato diciéndome: “No quiero que cuando falte yo, me maldiga ningún hijo”. Nombrándome como albacea delegado, para entregarles a todos copia de cuentas de últimas voluntades y testamento. Que por ello puedes estar tranquilo, feliz y contento, pues se efectuó estando todavía tú, teniendo forma y amortajado tu cuerpo, estabas presente, es cierto. Qué santificación y alegría teníamos con las cenas en casa de mi hijo el día de Noche Vieja y las comidas en restaurante el día de Año Nuevo, y en mi ordenador quedaron las fotografías como testigo de dichas reuniones: alegrías, celebraciones y festejos. Me consta que en el lugar que estás habrás encontrado la paz y la luz del espíritu prometido, en los escritos de todas las lenguas y tiempos y te encuentres con tus familiares queridos que te han reclamado en este momento. Espero que no me falle la memoria y olvide los gratos recuerdos, y para ello he escrito estas letras, haciendo memoria de recuerdos, pues me he quedado sin un amigo, un padre, un compañero… de respeto, cosa que cuanto lamento. Por tu necrofobia y exceso de mejora de salud en la última visita, en el 17 de mayo, del diez, a los médicos hospitalarios de un centro… ¡Pues cuánto se te echa en falta! y ¡Cuánto se te ha querido y se te recuerda en mi casa!, abuelo. Espero que cuando me llamen del más allá tú y los tuyos y los míos que ya se fueron, salgáis con júbilo y nos podamos abrazar en el encuentro.
Ángel Martín Medina









