Te viene hoy a la memoria aquella voz, aquel susurro que, poco después de nacer, y en un idioma que no tenías por qué conocer pero que entendiste perfectamente, te advirtió con cierta solemnidad:
“Muchacho, el azar ha querido que llegues a la vida con el comprometedor designio que señala a los creadores de empleo, de modo que no hay excusa válida para liberarte de la obligación. Si no cumplieses, e intentases pasarte al otro grupo, al grupo de los que reclaman empleo digno y salario de la misma categoría, sufrirás las consecuencias”.
Ya las estoy sufriendo. La mala suerte de haber errado en mi decisión nada más me concede derecho al pataleo, la manifestación o la algarada. Pero los pertenecientes al grupo al que yo renuncié ni se inmutan. Algunos incluso cometen la osadía de crear ¡un único empleo!, y se lo quedan para sí. Autónomos se ponen por nombre los muy caraduras. Pintores, cristaleros, fontaneros, albañiles, jardineros, mecánicos, sastres o modistos y mil trabajos más, pero que ejercen en solitario, en lo único que aportan a la sociedad, tan carente de puestos de trabajo. ¡No hay derecho! Voy a organizar otra manifestación, a ver si esta vez hay suerte.
Es raro; aquella voz nada me dijo de una posibilidad que se llama… Creo que cooperativa, que podría suplir con creces (y competir con muchas ventajas) a esos que crean empleo, sí, pero se chupan la mayor parte de las ganancias.
Voy a analizarlo detenidamente.
Filiberto Ramírez Yáñez









