Cuando el pueblo y la ciudad duerme, y los ruidos en la noche se encuentran apagados, y la ciudad callada, y el batir de las olas es la única sinfonía que escucha el oído y el alma.
Mirando al mar, al alba, cuando el sol empieza ha anunciarse en el horizonte y el cielo se torna con los tonos de multicolores: púrpura, amarillo y azul, y los colores se aclaran, así como los olores se vuelven más intensos, y las aves se despiertan, y nos invaden con sus cantos y piadas. Se inicia un nuevo día de propuestas inesperadas. Es porque llega la mañana. Y el perfume de la mar y de las flores nos envuelve, acaricia y embriaga, como gracia estimada. Y los residuos de las blancas caracolas, conchas y restos de algas, nos quedan, donde rompen las olas como dádivas, en la orilla de la mar con la playa. Es el momento de inflexión de la brisa de la mañana recién alumbrada, y antes de que inicien las sombras las plantas. Esta, -la brisa-, cambia de dirección y temperatura, sin ser propuesta, pero aconsejada. Es cuando descubrimos que estamos vivos y que tenemos cuerpo y alma. -Al Alba-.
Al alba, es cuando el ambiente húmedo de la atmósfera en los objetos se cambia, por duelo, e impregnarlo todo, con el rocío por lágrimas. Por haber llegado el día, fomentando un brillo inusitado en las cosas y objetos inesperadas. Porque llega la mañana. Es, como si la noche se despidiera llorando desconsolada, por haberle cedido el paso a la luz de los colores: azul turquesa, amarillo oro, rojo rubí y verde esmeralda.
En La Cala, Embarcadero Lucía, donde rompen las olas con fuerza, en la fresca mañana, aparece caminando encorvado lentamente, por la playa, y mirando al mar sin mojarse ni meter los pies en el agua. Una figura de un
hombre; de mediana edad, pelo rubio largo marinero.
Ángel Martín Medina









