Hace unos cuantos años, cuando nos sonreía la fortuna y nos creíamos ricos a crédito ajenos al precipicio final, una importante marca de cervezas tuvo una buena idea. Inundó las ciudades españolas con grandes carteles con la exhortación: ¡este verano, sé feliz! Al regreso de la
fugaz estrella vacacional, en la que los resultados nunca están a la altura de las expectaciones, los creativos publicitarios preguntaban: ¿has sido feliz? Este verano febril la publicidad no se ha atrevido a repetir la idea. Lástima, porque a pesar de la apisonadora que nos está laminando, los humanos tenemos una enorme capacidad para separar la vida personal de los acontecimientos públicos, por mucho que estos parezcan calamitosos.
El apático lenguaje con el que los poderes económicos nos cuentan la crisis me recuerda a las instrucciones de seguridad de los aviones, con la misma expresión de aburrimiento del que se lava los dientes después de un madrugón.
El FMI confirmó hace poco que nos vamos a la mierda otra vez, que hay que seguir podando el gasto social, que hay que trabajar más, que hay que cobrar menos, que hay que jubilarse más tarde, que hay que resignarse y no protestar y que, por supuesto, la banca privada necesita más dinero.
Dinero público. Tu dinero. La única solución que nos ofrecen es la de siempre: austeridad para las cuentas públicas, generosidad para la banca privada. Lo peor no es que la receta sea tremendamente injusta. También es una fórmula cuya eficacia, tres años después de que arrancase esta crisis, aún está por demostrar.
En Londres, en la democracia más antigua del mundo, hemos visto hace poco las revueltas del no futuro, en forma de nihilismo y vandalismo puro y duro.
En los últimos días, hay en España otro debate, esta vez por otro impuesto, los que ahora no están de acuerdo con el impuesto de Patrimonio argumentan que es un tributo injusto porque “castiga a la clase media”. Curiosa forma de verlo. En el año 2007, el último ejercicio antes de su abolición, pagaron este impuesto algo menos de un millón de ciudadanos: el 2,1% de la población (o el 5,5% de los que declararon el IRPF). El 94,5% de los contribuyentes españoles quedó exento ¿Tan pequeña es la clase media española?
Ante estos números, sólo quedan dos posibles conclusiones: o nos toman el pelo quienes dicen que este tributo grava a las clases medias, o es que viven rodeados de ese 5% de la sociedad española donde lo normal, lo medio, es tener un patrimonio de varias casas, un par de coches y ninguna hipoteca.
En mi modesta opinión creo que estamos viviendo un tira y afloja para ver con cuánto es capaz de conformarse la gente, hasta qué punto acepta una reducción de su nivel de vida para que las élites puedan mantener el suyo.
Con todo el foco puesto en los recortes presupuestarios, la economía estancada y el paro en aumento, ¿hay alguien que tenga una receta para crecer y crear empleo? Nos dicen que no existe una panacea universal ni
soluciones fáciles. Sin mapa de ruta, el centrifugado y la confusión nos seguirán acompañando en el otoño. A pesar de ello, sean felices.
Mariló López









