reo honestamente que las personas no deben perpetuarse en acciones de Gobierno, algunos ya hasta 24 años, porque se acomodan. Se endiosan. Parece, equivocadamente, que el Ayuntamiento les pertenece, que es su vida y, entonces, empieza a cambiarles la mentalidad. Olvidan para lo que entraron.
El fin de ello es para trabajar por Santa Pola, por cada barrio, por cada sector y por cada persona Y no, “ojo”, por cada uno que les idolatra o les va a recoger el oro a casa, “la mayoría de las veces”.
Por todo esto, ese partido, por el cual hemos luchado, trasnochado y sacrificado, no queremos que se hunda. Por lo menos en Santa Pola. Ya que, a nivel nacional, en estos momentos se encuentra tocado. Posiblemente por lo mismo: perpetuarse y bloquear la renovación.
No sé la fe, ni el protagonismo de las personas donde puede llegar. Pero debería existir un examen de conciencia que se preguntase ¿Pero realmente estoy haciendo bien? ¿Pero llevaré doce años equivocándome? ¿Pero hay cosas que deberían cambiarse? (...)
Varios representantes del equipo me estuvieron recriminando el por qué no dormíamos en el Hotel Ercilla, que era el hotel donde dormía Conejero y su séquito, que disponía de salones de baile... Estas son las dos facetas diferenciadoras de lo que no debe ser un representante local o político (claro, Conejero ya repetía tercera o cuarta legislatura “con mayoría absoluta”).(...)
Jamás en política debes creerte que tu protagonizas algo, si lo que representas en ese momento es Santa Pola. Y, cuando cumples tu objetivo, apartarse sin hacer ruido, como lo ha hecho, por ejemplo, J.L. Zaragoza; Luis M. Redondo, Rafael Carteta o, inclusive en la oposición, Joaquín Meleja o el querido y malogrado Manuel Martínez Monera.
Ejemplos que, tras pagar su tributo al municipio, desde donde cada uno de ellos creían podían aportar algo. Que además fue bastante… Por todo ello y por cosas que no debo decir aquí, salen las corrientes de oposición en los propios partidos. Y, cuando se les menosprecia y se detecta la lucha por el interés personal, por encima del ciudadano, es cuando los que denunciamos estos atropellos no encajamos y nos vemos obligados a dimitir o crearnos nuevas plataformas para poder desarrollar nuestras inquietudes o ideas que, la mayoría de ellas, son el futuro de nuestra villa. De esta manera, la historia de Santa Pola es como “la olla podrida”, donde se mete toda clase de carnes. En ella se encontrará cualquier tipo de ejemplos(...). Y siempre hubo dos Santa Polas, cada una negaba a la otra. Pero, dentro de ellas, había facciones que también, a su vez, deberían reconciliarse y luchar juntos por el bien de recobrar nuestra identidad y traer juntos el futuro lisonjero que merece nuestra villa. (...).









