ENTREVISTA
 

Pascual Alba Seva “Pascu”: De primera como jugador y como persona

 
Sábado 27 de diciembre de 2025 0 comentarios
 

El futbolista santapolero repasa su trayectoria desde sus primeros pasos en la Peña Barcelonista hasta su etapa actual en el Racing de Ferrol. A los 12 años dejó su casa para cumplir un sueño: jugar en la cantera del Valencia. Hoy, con 25 años, habla de esfuerzo, raíces y ambición.

De la infancia en Santa Pola al primer salto

Pascual Alba sitúa su infancia en Santa Pola entre el colegio y el balón. Estudió Primaria en el Cervantes, al que fue “por cercanía, porque estaba al lado de casa”, y recuerda que allí empezó a “darle a la pelotita”. En Secundaria pasó por el Alonai, aunque solo un año: con 12 años ya estaba haciendo las maletas rumbo a Valencia.

En paralelo, su formación futbolística arrancó muy pronto. Comenzó a jugar con cuatro años en la Peña Barcelonista, primero en fútbol sala y luego en fútbol 7. Después pasó al Bahía Santa Pola, donde estuvo un año antes de marcharse. También participó en el multideporte del Cervantes, un programa semanal en el que rotaban disciplinas como balonmano o baloncesto y competían contra otros colegios los fines de semana.

La inscripción “por su cuenta” y el giro inesperado

El punto de inflexión llegó con una decisión propia. Pascual Alba cuenta que, con 12 años, vio una especie de convocatoria o solicitud de pruebas del Levante y se apuntó. Sus padres lo llevaron a Valencia para realizar la prueba. A partir de ahí, le plantearon jugar en el Lacross Babel (Alicante) durante el tramo previo a dar el salto definitivo.

Sin embargo, el camino cambió de dirección cuando apareció el Valencia. Tras unos partidos de captación, el club le propuso incorporarse a mitad de curso. Se marchó en enero, justo después de Navidad, y la transición fue tan rápida como emocional: “Nos lo dijeron un sábado y el lunes ya me dejaron allí”, recuerda.

Residencia, nostalgia y tres santapoleros juntos

A pesar de la ilusión, Alba no esconde que fue difícil al principio. Su padre no estaba del todo convencido y él tuvo que insistir para que le dejaran ir. Ya instalado, reconoce que la primera etapa estuvo marcada por la nostalgia: echaba de menos a sus padres y lloraba con frecuencia, algo que describe como “normal” por la edad.

La adaptación fue algo más llevadera gracias a una coincidencia: el primer año había otros dos chicos de Santa Pola en la residencia. Los tres compartieron habitación en la Ciudad Deportiva del Valencia, un apoyo clave en un entorno nuevo. Aun así, la rutina imponía disciplina: partido el sábado por la mañana, visita de los padres y regreso a casa siempre que se podía; el domingo, vuelta en tren con otros compañeros.

Cantera, Mestalla y los primeros pasos como profesional

Pascual Alba permaneció en el Valencia hasta los 19 años, alcanzando el Mestalla (filial) y llegando a disputar dos amistosos con el primer equipo. Sus compañeros santapoleros se marcharon antes, pero él se consolidó en la estructura del club y destaca que la cantera le inculcó hábitos propios de un profesional: alimentación, gimnasio, rutinas y exigencia diaria “desde el primer día en la residencia”.

Holanda, el idioma y la soledad del COVID

El siguiente gran salto fue internacional. En torno al año de la pandemia, con 20 años, Alba se marchó a Holanda para jugar en la Primera División. Lo vivió como una escuela acelerada: un fútbol distinto, una cultura distinta y un aprendizaje personal profundo.

La barrera más dura fue el idioma. Llegó sin dominar el inglés y, además, le hablaban en holandés desde el primer día. Recuerda aquella sensación de impotencia por no poder comunicarse ni entender lo que ocurría alrededor. Se obligó a ponerse las pilas: estudiar inglés, intentar aprender algo de holandés y avanzar a base de repetición y tiempo.

La pandemia endureció aún más el aislamiento. Alba pasó prácticamente toda la temporada allí, sin bajar a Santa Pola, y vivió unas Navidades solo, conectado con su familia por videollamada. Aun con esa parte amarga, se queda con lo aprendido: el idioma, los contactos que mantiene y el crecimiento que le dio “vivir otro fútbol”. Incluso guarda recuerdos cotidianos: moverse en bici, conocer ciudades como Ámsterdam o La Haya, y asumir que lo peor del país era “el tiempo”.

Humildad, entorno y el mismo agente desde los 12

En un mundo que él mismo describe como superficial, Pascual Alba cree que los pies en la tierra se sostienen con el entorno. Atribuye a la familia un papel determinante: ser joven, empezar a ganar dinero y vivir rodeado de halagos puede ser peligroso si no hay una base sólida. También menciona que el universo de los agentes es complejo y que es imprescindible rodearse de gente “realista”.

En su caso, mantiene al mismo agente desde que llegó al Valencia. Lo valora porque, según cuenta, prioriza su bienestar por encima del dinero o la fama y es capaz de decirle lo que no quiere oír cuando hace falta.

Ferrol, el Racing y una temporada que ilusiona

El presente de Alba se escribe en Galicia. Explica que su llegada al Racing de Ferrol se produjo por un vínculo profesional directo: el director deportivo con el que había coincidido en el CD Arenteiro firmó por el Racing y lo llamó. Alba vio claro el paso: un club con aspiración, con reciente pasado en Segunda y un contexto que, según él, le convenía para seguir creciendo.

La temporada, cuenta, ha empezado bien. El equipo va segundo, a cinco puntos del Tenerife, y él se siente a gusto: dice que está aportando goles y que el vestuario es “espectacular”. Le ha impactado el ambiente en A Malata, un estadio grande, con una afición intensa que define como “una caldera”.

A nivel humano, Ferrol le resulta familiar: encuentra en la gente un parecido con Santa Pola por la humildad, la amabilidad y la forma en la que “te adoptan” rápido como uno de los suyos.

Versatilidad, trabajo mental y obsesión por el uno contra uno

Dentro del campo, Pascual Alba se define como un jugador rápido, llegador y polivalente. Aunque puede actuar en varias posiciones, explica que este año se encuentra especialmente cómodo en banda, jugando de extremo, porque puede atacar espacios, ir hacia dentro, chutar y llegar con frecuencia al área.

En cuanto a su mejora individual, señala una meta muy concreta: el uno contra uno. Dice que lo trabaja cada día, con constancia. Y en la parte psicológica, explica que desde hace dos años trabaja con un psicólogo deportivo con quien habla cada tres semanas o una vez al mes. Antes de competir, prefiere música para activarse y asegura que no es de enfadarse: si pierde un balón, su primera reacción es pensar en recuperarlo.

Selección sub-18 y el año que cambió su rumbo

Entre los momentos más especiales de su carrera sitúa la selección sub-18, una convocatoria que considera inolvidable. Subraya un detalle que aún le impresiona: el seleccionador era Luis de la Fuente, hoy al frente de la absoluta. Recuerda la llamada, los entrenamientos en Madrid, el viaje a Reus y, sobre todo, que sus padres pudieron verlo en una final contra Italia, en la que jugó todo el partido.

Al mirar atrás, identifica su punto de inflexión con 18 años: la Copa del Rey juvenil, la llamada de la selección y el salto hacia el Mestalla. Ese momento, dice, fue también una conversación familiar sobre priorizar el fútbol mientras dejaba los estudios para retomarlos más adelante. Ahora, de hecho, ya ha realizado formación: curso de entrenador, gestión financiera y el objetivo de certificar un C1 de inglés.

Madrid, Barça… y la fidelidad al Valencia

Alba admite que en juveniles, cuando acababa contrato, tuvo opciones para salir y menciona que entre ellas estuvieron Real Madrid y FC Barcelona, además de otros clubes. Pero eligió quedarse: el Valencia era quien más apostaba por él y sentía que debía corresponder a la confianza recibida desde que tenía 12 años.

En su carrera ha coincidido y se ha enfrentado a futbolistas de primer nivel. En Holanda se midió a Huntelaar y Mario Götze, y en categorías formativas ha compartido campo con nombres como Ferran Torres o se ha enfrentado a Phil Foden. Si tuviera que elegir, dice que le gustaría volver a jugar contra Ferran.

Santa Pola, la paella y el sueño pendiente

Cada vez que vuelve a casa, hay un plan fijo: paella con sus padres y su abuela. Alba se declara muy casero y admite que, cuando piensa en echar raíces, su primera opción es Santa Pola; si no, un punto intermedio que también tenga sentido familiar, como Valencia o un lugar entre Santa Pola y Barcelona.

A un chaval de Santa Pola que sueñe con vivir del fútbol le lanza un mensaje directo: que es difícil, que hay que trabajar mucho, seguir estudiando, mantener la ilusión y no rendirse. Cree que la persistencia marca diferencias. Su gran objetivo sigue intacto: jugar en Primera División española, sin obsesionarse con el nombre del equipo, aunque admite que sería especial lograrlo con el Racing. Y si algún día pudiera volver por la Terreta, recuerda que de pequeño siempre fue del Elche.

Como cierre, Pascual Alba se queda con un compromiso: agradece el apoyo del pueblo y dice que intenta llevar el nombre de Santa Pola “lo más alto posible” allí donde juegue.

Sus padres, Yolanda Seva y Rafa Alba

¿Cómo era Pascual de niño: tranquilo, competitivo, líder…?

Yolanda Seva lo recuerda como un niño muy social, con facilidad para rodearse de amigos y con un perfil más de “querido” que de líder. Dice que tenía una personalidad que unía y que era especialmente de defender a sus amigos. En casa siempre había compañeros, y esa manera de estar con los demás acabó siendo un rasgo constante.

Además, subraya que le encantaba el deporte en general: practicó balonmano, multideporte, karate y hasta gimnasia deportiva. Según su madre, era él quien arrastraba a la familia a vivir fuera de casa, de actividad en actividad.

¿Qué sacrificio familiar recordáis más, en viajes, horarios u organización?

La madre sitúa el sacrificio más grande en el día que se marchó con 12 años. Recuerda que la decisión fue de Pascual, que se apuntó por su cuenta a un campus del Levante y que, a partir de ahí, el Valencia lo vio en Alicante y se lo llevó a la residencia en febrero. Yolanda insiste en que aquel momento fue especialmente duro para el padre, que no quería que se fuera tan pequeño.

Añade un segundo episodio difícil: la pandemia en Holanda. Cuenta que Pascual pasó el COVID solo, confinado, y que llegó a llamar de madrugada desde un hotel, enfermo y aislado. Para ellos, esas dos etapas —la marcha con 12 y la soledad en Holanda durante la pandemia— fueron las más duras de vivir.

¿Qué valor le habéis querido inculcar por encima del fútbol?

Yolanda señala la educación y el respeto como prioridad absoluta. Dice que en casa han insistido en que fuera respetuoso con todo el mundo y buen compañero, dentro y fuera del vestuario. También recalca un valor que consideran clave en él: el compañerismo entendido como ayudar a crecer al equipo, no sólo a uno mismo.

Como ejemplo, explica que Pascual tiende a quitarse mérito cuando le preguntan por su rendimiento: suele destacar el partido de otro o cómo él ha ayudado, algo que para ellos refleja lo aprendido en casa.

¿Qué orgullo te haría que la gente de Santa Pola supiera de él fuera del campo?

Su madre y su padre coinciden en una idea: que Pascual es buena gente y buena persona. Yolanda cuenta que en una conversación con un entrenador, lo primero que les trasladó no fue una valoración deportiva, sino personal: que Pascual era una buena persona. Para la familia, ese reconocimiento es lo que más quieren que se sepa.

Rafa Alba remarca que se sentía orgulloso de tenerlo en un equipo porque transmitía unión y valores. Su madre añade que es generoso y que se hace querer donde va.

¿Hay algún momento que os llenase más de orgullo?

Yolanda enumera varios: el oro en los Juegos del Mediterráneo con la selección sub-18, el salto a la Primera División de Holanda y el debut con el primer equipo del Valencia, aunque fuera un solo partido. Pero también destaca otro orgullo más reciente: la decisión de volver a España y demostrar su nivel y carácter en un contexto más humilde.

Para la familia tuvo mucho significado que pasara de una Primera holandesa a competir en un equipo modesto en España, mantenerlo en la categoría y firmar una gran temporada. Lo interpretan como una prueba de madurez, trabajo y disciplina, más allá del nombre del club.

Rafa, ¿cuándo os disteis cuenta de que lo de Pascual no era sólo una afición?

Rafa Alba lo tiene claro: desde muy pequeño. Recuerda la intensidad con la que vivía el fútbol, los entrenamientos constantes y su energía inagotable: no se cansaba. Dice que tenía “un show” en el sentido competitivo: le pegaba a todo, quería mejorar y repetía una y otra vez.

¿Destacó siempre o hubo un clic?

Rafa recuerda partidos concretos en los que entrenadores y gente del entorno ya intuían lo que podía llegar a ser. Describe a un niño con decisión, con capacidad para irse hacia portería y con visión de campo. Yolanda coincide en esa visión de juego y en que siempre fue trabajador.

¿Cuál fue el gran salto que ha marcado su carrera?

Sus padres apuntan a dos decisiones valientes: primero, marcharse con 12 años a Valencia; y después, irse a Holanda. La madre añade que el salto a Holanda fue, para Pascual, un aprendizaje cualitativo, tanto en nivel como en experiencia.

¿Os emociona más un gol o verlo trabajar para el equipo?

Ellos lo viven con intensidad, pero dicen que sufren más de lo que se emocionan. Aun así, valoran especialmente su actitud: que compita igual si juega todo el partido o si entra pocos minutos y aun así puede decidir. Mencionan el impacto que está teniendo y que, para ellos, lo más importante es que se le reconozca por su trabajo y por su forma de ser.

Cierre: “Que el pueblo sepa la gran persona que lleva el nombre de Santa Pola por todas partes”

En su cierre, Yolanda pide que Santa Pola sea consciente de la calidad humana de quienes salen del pueblo. Reivindica el orgullo de oír “el santapolero” en televisión y de ver cómo Pascual representa a su origen desde una familia humilde, “labrado por sus propios méritos”. Además, subraya su faceta de referente local: en verano acude a campus, firma a niños y participa en actividades cuando se lo piden.

 

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