El músico santapolero pronunciará el pregón de las Fiestas Patronales y de Moros y Cristianos 2026 el 31 de agosto, a las 22:30 horas, ante la muralla del Castillo Fortaleza
DAVID POVEDA | 28/08/2026.-
Hay escenarios que pueden impresionar por su tamaño, por sus luces o por las miles de personas que esperan al otro lado del telón. Y después están aquellos en los que el peso no lo pone la distancia recorrida, sino todo lo que uno lleva detrás. Para Pepe Andreu Garzón, la noche del próximo 31 de agosto será una de esas ocasiones. A las 22:30 horas, ante la muralla del Castillo Fortaleza y con la Glorieta llena, el músico santapolero tendrá delante probablemente uno de los públicos que más respeto pueden imponerle después de tantos años de carrera, su propio pueblo.
Será el encargado de pronunciar el pregón de las Fiestas Patronales y de Moros y Cristianos 2026 en honor a la Virgen de Loreto, después de que su elección se hiciera pública el 7 de julio en el Baluarte del Duque.

La noticia le llegó por sorpresa. No entraba en sus planes y, durante unos instantes, esa fue precisamente la primera sensación. Después llegó la ilusión. Y, casi inmediatamente, la conciencia de la responsabilidad que asumía. No solo porque iba a representar a Santa Pola desde uno de los actos más simbólicos de sus fiestas, sino porque siente que detrás de él estará también buena parte del colectivo musical al que pertenece desde niño.
«Es un orgullo y un honor muy grande poder representar a mi pueblo y, sobre todo, al colectivo musical de Santa Pola», resume.

Las caras que lo dijeron todo
Hubo un momento, sin embargo, en el que aquel nombramiento dejó de ser una llamada o una comunicación formal para adquirir rostros concretos. Fue durante su presentación en el Baluarte del Duque.
Le habían pedido que no llegara antes de tiempo. Acudió acompañado de su familia sin saber exactamente qué se iba a encontrar, y entonces comenzó a observar las caras.
Las sonrisas de quienes lo reconocían, la sorpresa de amigos y conocidos al descubrir que sería él, el afecto de tantas personas reunidas allí. Eso es lo que permanece especialmente vivo en su memoria. A ello se sumó la presencia de la corporación municipal y de anteriores pregoneros a los que admira.

Aquella tarde comenzó a dimensionar lo que significaba la elección. Aun así, sospecha que la verdadera dimensión no llegará hasta que se encuentre frente al atril.
Andreu conoce perfectamente el pregón desde el otro lado. Como músico de banda ha participado en numerosas ocasiones en este acto y ha acompañado con su instrumento a otros encargados de abrir las fiestas. Ha visto la Glorieta llena, ha escuchado discursos y sabe lo que representa ese momento. La diferencia es que esta vez no estará entre los músicos esperando una entrada en la partitura. Esta vez tendrá que hablar.
El texto ya está escrito. Lo relee y todavía le impresiona imaginar que todas esas palabras tendrán como destinatarios a cientos de vecinos. Quiere que lleguen exactamente con la intención con la que las ha escrito, con cariño.
El niño del Barranco de Catarra
Para comprender buena parte de lo que Pepe Andreu quiere contar desde ese escenario hay que regresar varias décadas atrás. A una Santa Pola con menos tráfico, más juegos en la calle y una infancia que hoy reconstruye desde la nostalgia.
Se crió en el Barranco de Catarra, entre su casa y la zona de las calles Margarita Bascuñana y Castaños, donde vivía su abuela. En sus recuerdos aparecen niños corriendo sin demasiadas restricciones, partidas de canicas, tellos (chapas) y juegos callejeros; aparecen también el Castillo y aquellos pequeños puestos en los que los domingos se compraban sobres de figuritas.
Eran otros tiempos, dice. Y las fiestas se esperaban de otra manera. Las calles se engalanaban y aquella transformación cotidiana era suficiente para advertir a los niños de que los días grandes estaban a punto de llegar. La espera formaba casi tanta parte de las fiestas como las fiestas mismas.
En casa de su abuela, el día de la Virgen de Loreto reunía a la familia alrededor de la mesa. Llegaban su padrino y sus tíos y podía haber caldero o paella, precedidos del bacallaret, el pescado frito o el marisco. Había también pequeños rituales que hoy parecen postales de otra Santa Pola, bajar las sillas con antelación para los desfiles o preparar el piso de un tío desde cuya ventana podían contemplarlos cuando el recorrido terminaba por la zona del restaurante Las Vegas.
Y estaba la libertad que para un niño suponían esos días. Su padre no tenía que salir al mar durante aquella semana, podían acostarse más tarde y aparecían las inevitables espadas y escudos comprados en los puestos ambulantes.
Todo aquello formaba parte de una excitación previa que todavía recuerda: «Ya llegan, ya llegan».
Algunas costumbres han cambiado, pero otras sobreviven. En su familia continúa siendo especial la mascletà del día 1 y el pasacalles previo. Intentan estar juntos porque la música continúa atravesando varias generaciones de la casa: su padre toca, su sobrino se incorporó también a la banda y él ha participado siempre que su actividad profesional se lo ha permitido. El día 8 sigue teniendo otro ritual sencillo pero fundamental, intentar sentarse todos alrededor de la misma mesa y terminar la comida con unos pasteles.
Una Santa Pola distinta, pero todavía reconocible
El pueblo de aquel niño ha cambiado mucho. Andreu observa una Santa Pola que ha crecido y que se ha abierto a personas llegadas desde otros lugares, no únicamente como visitantes durante unas vacaciones, sino como vecinos que han acabado integrándose en la localidad. A su juicio, esa evolución ha aportado variedad y ha contribuido a transformar un municipio que ya no se apaga cuando termina el verano.
Utiliza una comparación que le sale espontánea. Basta bajar a la Glorieta una tarde de invierno para encontrar terrazas llenas, comercios abiertos y movimiento: «Parece la Gran Vía de Madrid», bromea.
Pero lo que más valora es que ese crecimiento no haya borrado completamente algo que considera esencial. Santa Pola puede ofrecer cada vez más servicios y actividad y, al mismo tiempo, conservar la sensación de vivir en un lugar donde todavía se conoce a mucha gente y donde, cuando ocurre algo, resulta fácil encontrar a alguien dispuesto a ayudar.
Para él, esa es una de las grandes conquistas, crecer sin perder del todo la escala humana del pueblo de antes.
Cuando se le pregunta qué echa en falta, su respuesta no apunta a infraestructuras ni a grandes proyectos. Habla de participación.
Le preocupa que buena parte de la vida cultural, festera y asociativa continúe dependiendo de un grupo de personas que lleva años empujando. Y se pregunta quién vendrá detrás cuando esas generaciones ya no puedan hacerlo.
No quiere únicamente más público. Quiere más implicación. Personas que no se limiten a asistir a los actos, sino que entren en una banda, participen en grupos de teatro o baile, se incorporen a asociaciones, colaboren y ayuden a crear.
Esa preocupación terminará convirtiéndose también en uno de los mensajes de su pregón, el patrimonio cultural no se conserva contemplándolo desde fuera.
Una trompeta desde los nueve años
En la biografía de Pepe Andreu resulta difícil localizar el momento exacto en el que comenzó su vocación musical porque, en realidad, parece haber estado siempre allí.
Empezó en la Escuela de Música Mestre Alfosea con siete u ocho años y a los nueve cogió por primera vez una trompeta. Cuando tenía alrededor de once años ya vivía desde dentro esas primeras fiestas, Santa Cecilia, Semana Santa y los actos en los que una banda convertía las calles del pueblo en su primer escenario. Lo recuerda como una colección de primeras veces imposible de repetir.
Estaban los compañeros de su misma edad, las marchas moras que deseaban tocar, los pasodobles favoritos y esa obra concreta para la que estudiaban incansablemente en casa porque sabían que se acercaba el día del concierto o del desfile.
Mientras otros niños podían fijarse en cualquier otro elemento de las fiestas, la mirada de Pepe se desviaba irremediablemente hacia los músicos. Los timbales, las trompetas, los saxofones.
Y mientras otros pedían un globo o una espada en los puestos, él quería instrumentos de juguete.
No recuerda haber tomado conscientemente la decisión de convertirse en músico. Sencillamente, nunca contempló seriamente otro camino.
Alicante, París, Madrid y una vida en la carretera
Después de aquellos primeros pasos llegó el Conservatorio de Alicante. Los años de estudio y distintos premios de trompeta terminaron abriéndole una oportunidad que lo llevaría mucho más lejos de las calles en las que había comenzado.
Se marchó a París para realizar un curso de perfeccionamiento con Éric Aubier. Permaneció allí un año. La ciudad era demasiado cara para prolongar aquella experiencia, pero aprovechó el tiempo, finalizó el curso con medalla de oro por unanimidad y felicitación del jurado.
Al regresar a Santa Pola sabía que, si París no podía continuar, el siguiente destino debía ser Madrid. Y allí volvió a ocurrir algo decisivo.
Mientras proseguía su formación superior, coincidió con músicos procedentes de Alicante y Madrid que estaban dando forma a un proyecto llamado El Bicho. Entró en el grupo y comenzó una etapa de alrededor de diez años de giras. Cuando aquel ciclo terminó y Miguel Campello, vocalista de El Bicho, inició su carrera en solitario, Andreu se incorporó a su proyecto. Lleva aproximadamente quince años acompañándolo. El propio músico resume la trayectoria en casi cuatro décadas tocando la trompeta y más de 25 años recorriendo escenarios.
Hay una imagen especialmente sencilla que utiliza para explicar cuándo comprendió que aquello podía convertirse verdaderamente en su profesión. No fue un gran escenario. Fue un alquiler.
Llegó un momento en Madrid en el que pudo pagar por primera vez la vivienda con el dinero que había ganado tocando. Aquello fue suficiente para decirse que debía continuar. «Sigue por ahí, sigue así, que va bien», recuerda que pensó.
Volver siempre
Los viajes, los conciertos y los años fuera podrían haber construido una distancia. En su caso ocurrió lo contrario.
Preguntado por la fórmula para recorrer escenarios sin perder las raíces, Pepe Andreu no habla de ningún secreto complejo. Basta, dice, con mantener el arraigo. Santa Pola ha viajado con él.
Encontrarse fuera con un santapolero, aunque apenas se conocieran de verse por el pueblo, era motivo de alegría. Y siempre que ha podido ha regresado.
Porque volver significa reencontrarse con los amigos de toda la vida y con la familia, pero también con una sucesión de lugares que enumera casi como si fueran miembros de esa misma familia: la Glorieta, el Castell, las calles, el muelle.
Ahí aparece una de las frases que mejor sintetiza toda la conversación: «Cuando llegas aquí y ves esto, da igual el éxito que estés teniendo por ahí. Tú eres de aquí». En su caso, asegura, nunca se le olvidó dónde quería volver.
Si no hubiese sido músico, quizá camarero
Hay otra profesión que aparece inesperadamente en su biografía.
Durante años trabajó como camarero en el Batiste. Si la música no hubiera terminado convirtiéndose en su vida profesional, cree que posiblemente habría continuado por aquel camino.
No idealiza el oficio. Recuerda las muchas horas de pie y el poco descanso. Pero sí conserva fascinación por algo que denomina el arte de servir.
Observaba a camareros experimentados manejar la bandeja, atender una mesa con elegancia, aplicar el protocolo y, sobre todo, interpretar al cliente desde el momento en que atravesaba la puerta. Le parecía casi un ejercicio psicológico.
Aquel trabajo, curiosamente, compartía con la música algo que continúa interesándole, hacer bien un oficio delante de otras personas.
De tocar para otros a enseñar a tocar
Después de tantos kilómetros, la carrera de Andreu ha encontrado también un espacio importante en la docencia y la dirección de bandas.
Le apasiona trabajar con niños por lo que denomina su «inocencia musical». Disfruta transmitiendo conocimientos, pero principalmente contagiando la pasión que todavía siente por la música. Con los adultos, especialmente en las bandas amateurs, el reto es diferente.
Sabe que muchos músicos llegan al ensayo después de completar su jornada laboral. Llegan cansados y, aun así, acuden. Como director, su propósito ha sido conseguir que ese tiempo tenga sentido: motivarlos, hacer que crean en sus posibilidades y lograr que la música que están preparando les produzca suficiente entusiasmo como para querer regresar a casa, estudiar el instrumento y volver al siguiente ensayo con más ganas.
Ahí ha encontrado una parte importante de su sitio. «Yo no necesito estar en un conservatorio ni en una orquesta. Creo que mi lugar está ahí, en acercarme a esas personas y transmitirles todo lo que yo siento por la música», afirma.
El himno que empezó caminando por la sierra
Esa unión entre música y fiestas encontró el pasado año una de sus expresiones más especiales con la composición del Himno Oficial de los Moros y Cristianos de Santa Pola.
El encargo llegó desde la Junta Directiva de la asociación. La propuesta contenía, además, una dificultad singular, debía ser una pieza que reuniera una marcha cristiana y una marcha mora. El reto le gustó precisamente por eso.
Consideraba justo que un himno destinado a representar al conjunto de la fiesta diera espacio musical a ambos bandos. Y empezó a darle vueltas.
La inspiración apareció mientras caminaba por la sierra.
Tenía claro que la melodía debía cumplir tres condiciones: resultar sencilla, pegadiza y fácil de cantar. Los dos motivos principales aparecieron con relativa rapidez. Lo verdaderamente complicado fue encontrar el puente capaz de unir ambos universos musicales sin que parecieran dos piezas pegadas artificialmente.
Había que resolver el cambio de tempo y hacer que una marcha condujera naturalmente hacia la otra. Finalmente apareció la solución.
Y cuando comenzaron los ensayos no fue necesario modificarla, el himno quedó tal y como había sido concebido.
Pero componer frente a un ordenador no era lo mismo que escucharlo. Durante semanas había trabajado con sonidos MIDI intentando imaginar dentro de su cabeza cómo responderían realmente los instrumentos. La respuesta llegó en el primer ensayo en Ramón Cuesta. Al recordarlo durante la entrevista vuelve a emocionarse.
Entró la percusión. Después la colla junto a la banda. Y aquello que hasta entonces solo había existido en la imaginación y en los altavoces de un ordenador adquirió de golpe cuerpo y volumen.
Cuando se incorporó el coro, la sensación terminó de desbordarlo.
«Se me están poniendo los pelos de punta de recordarlo», reconoce.
Después llegaría la interpretación dentro del Castillo, rodeados por las murallas y por la resonancia de uno de los espacios más simbólicos de Santa Pola. Cuando terminó el himno y llegó la ovación del público sintió, dice, un enorme subidón.
Un pregón pensado para dar las gracias
Con semejante trayectoria podría parecer lógico que el pregón se convirtiera en una revisión autobiográfica. Pepe Andreu ha decidido hacer prácticamente lo contrario.
Tiene muchas cosas que contar, pero sobre todo tiene muchas cosas que agradecer.
Por eso ha construido el texto pensando menos en sí mismo que en las personas y colectivos que lo han acompañado y le han aportado algo durante su vida. La escritura no ha sido rápida.
Se define como una persona nerviosa y reconoce que, cuando algo se le mete en la cabeza, se entrega por completo. Ha escrito, corregido, vuelto a escribir y leído tantas veces el pregón a su mujer que bromea con haberle puesto «la cabeza como un bombo».
El principal problema no era encontrar palabras. Era comprobar si esas palabras conseguían contener exactamente lo que quería transmitir.
Y una parte especialmente agradable del proceso ha sido bucear en las fotografías que le han ido llegando. Algunas estarán presentes aquella noche y otras quizá no, pero todas han conseguido devolverle escenas, personas y momentos que parecían guardados en algún rincón de la memoria.
La trompeta también hablará
El secreto sobre lo que ocurrirá el 31 de agosto no es absoluto. Andreu admite que resulta difícil imaginar un pregón suyo sin música.
Lo explica con humor: si fuera cocinero, quizá subiría al escenario con unas ollas para preparar un cocido, un caldero santapolero o una paella. Siendo músico, entiende que la gente espera también verlo ejercer como tal. Por tanto, habrá actuación musical.
No desvela todos los detalles, aunque sí adelanta que estará muy bien acompañado y que pretende mostrar de alguna forma aquello que ha aprendido durante su trayectoria.
Más que una exhibición individual, sus palabras vuelven a llevar el protagonismo al grupo. Cuenta con personas que desde el primer momento le han demostrado apoyo y cariño y que se han sumado a esa idea que lleva tiempo rondándole la cabeza.
Los que estarán sin poder estar
Entre los nombres y rostros que acompañarán emocionalmente el pregón habrá también ausencias.
Quiere acordarse de los músicos que fueron referentes para generaciones más jóvenes y que ya no podrán presenciar este momento.
Pero después la memoria vuelve otra vez a las calles.
A su abuela. A la tía Victoria. A las vecinas de la calle de su abuela. A los vecinos de la calle de sus padres. Personas que conocieron a Pepe antes de los conservatorios, París, Madrid, El Bicho, Miguel Campello, las giras y los escenarios.
Personas que conocieron simplemente a «Pepe, el chiquet del carrer». Le gusta pensar que se sentirían orgullosos de verlo convertido en pregonero de su pueblo.
Ocho días para entender Santa Pola
Cuando intenta explicar las fiestas a alguien que nunca las ha vivido, Andreu encuentra difícil escoger un único acto.
Empieza por el propio pregón, al que considera mucho más que el anuncio de que las celebraciones comienzan. Después aparece el desembarco, especialmente singular por celebrarse en una localidad pesquera y marinera; los días de Moros y Cristianos, con combates y desfiles; y unas jornadas posteriores que percibe como especialmente populares y abiertas a todos los vecinos, formen o no parte directamente de una comparsa.
Entre ellas destaca el Sopar del Cabasset. Le fascina por una razón sencilla, el pueblo se echa a la calle. Las mesas compartidas, la calle Elche ocupada por vecinos y la convivencia representan para él una de esas estampas que hacen que una fiesta deje de ser programación para convertirse en comunidad.
Después vendrán el desfile multicolor, la ofrenda, la decoración de la Virgen dentro del Castillo, la serenata, el motete y, finalmente, la procesión recorriendo el casco antiguo entre miles de personas.
El resultado, explica, son ocho días capaces de ofrecer experiencias muy diferentes y que solo se comprenden completamente viviéndolos.
Proteger aquello que otros construyeron
Cuando se le pregunta qué quiere que permanezca en quienes lo escuchen aquella noche, la respuesta termina conectando prácticamente todos los caminos recorridos durante la entrevista. Quiere hablar del orgullo de pertenecer.
De un pueblo que considera extraordinario y que merece ser descubierto por quienes llegan de fuera, pero también valorado por quienes viven dentro.
Y quiere introducir una responsabilidad. Respetar Santa Pola implica, en su manera de entenderla, proteger su cultura y sus tradiciones. No darlas por garantizadas. No pensar que continuarán existiendo simplemente porque siempre estuvieron ahí.
Por eso regresa a aquella preocupación que aparecía al hablar de la participación ciudadana, hacen falta personas dispuestas a recoger el testigo.
Vecinos que entren en asociaciones, colectivos culturales, bandas y agrupaciones. Gente que participe, ayude y construya para que aquello que otras generaciones levantaron durante décadas no desaparezca. «Que protejan la cultura y la tradición de nuestro pueblo. Que se sumen a los colectivos y que intenten que todo lo que hemos construido a lo largo de todos los años de historia no se pierda», pide.
Quizá por eso define ser pregonero como una de las mayores distinciones que puede recibir un santapolero. No únicamente porque permite ocupar durante una noche uno de los lugares centrales de las fiestas, sino porque concede algo que para él tiene todavía más valor, la posibilidad de dar las gracias.
El próximo 31 de agosto, Pepe Andreu volverá a encontrarse frente a la Glorieta, el Castillo y muchas de aquellas calles que han permanecido al fondo de su vida aunque los kilómetros lo llevaran lejos. Esta vez tendrá una trompeta cerca, pero antes tendrá que utilizar otro instrumento. La palabra. Y detrás de ella estarán la abuela, el padre que tocaba, el sobrino que continúa haciéndolo, los amigos, los músicos que estuvieron antes, las bandas, los alumnos, los vecinos de siempre y aquel niño que miraba pasar los instrumentos durante las fiestas mientras otros niños elegían espadas y globos.
Después de casi cuarenta años haciendo música y más de veinticinco recorriendo caminos, la idea que sostiene su pregón podría resumirse en una frase mucho más sencilla. Ha viajado mucho, pero siempre supo dónde estaba su casa.








