ENTREVISTA
 

Pedro García Aguado: “Pedir ayuda no es de cobardes: es de valientes e inteligentes”

 
Lunes 29 de diciembre de 2025 0 comentarios
 

García Aguado orienta a adolescentes, familias y educadores sobre la importancia de la salud emocional, la educación, establecer límites, y tomar conciencia del peligro de las redes sociales como una adicción más

DAVID P.N. | 19/12/2025.-

Waterpolo, televisión y prevención. Pedro García Aguado vuelve a Santa Pola —donde ya estuvo con Hermano Mayor— para hablar de educación, límites, redes sociales y salud emocional. En esta entrevista, defiende un modelo educativo “democrático conciliador”, advierte de los riesgos de la sobreprotección y reclama formación para madres y padres en la nueva era digital.

La jornada, organizada por la Concejalía de Juventud de Santa Pola, se dividió en dos sesiones, una matinal dirigida a estudiantes de secundaria y una vespertina dirigida a familias y comunidad educativa.

Periódico Santa Pola entrevista a Pedro García Aguado realizando un recorrido por los interesantes temas tratados en sus ponencias.

P. Hola, Pedro, bienvenido a Santa Pola. ¿Había estado ya alguna vez en nuestra localidad?

R. Sí, he estado aquí, aunque he estado en tantos sitios que a veces me olvido. Me han recordado que vine hace tiempo por un caso del programa Hermano Mayor. Además, yo veraneo aquí al lado, en Urbanova, así que estoy cerca.

P. ¿Qué le gustaría que el público de Santa Pola se llevara de las charlas de hoy?

R. Depende del público. Para las personas adultas —padres, madres y quienes acompañan en la educación— me gustaría que se lleven información sobre qué modelos educativos dan mejor resultado. Si educar desde la sobreprotección, desde el autoritarismo o desde la cercanía tipo “colegueo” funciona, o si un modelo democrático conciliador puede dar mejores resultados. Este último se basa en normas y límites, y en consecuencias alineadas con lo que queremos que aprendan.

Y también quiero abordar la irrupción de las nuevas tecnologías: dibujar qué son, cómo afectan al comportamiento de hijos e hijas y por qué los adultos tenemos que ponernos al día para acompañarles mejor.

Para el alumnado, me apetece que se lleven mensajes de prevención sobre el uso o abuso de sustancias y pantallas, y también ideas sobre cómo el deporte, descubrir tu talento, manejar la presión y vencer el miedo pueden ayudarte a darle la vuelta a una situación cuando las cosas no van como quieres.

P. ¿Qué le motivó a dedicarse a la prevención y la educación emocional después de su carrera deportiva?

R. Todo nace en un lugar muy concreto: terminé en una comunidad terapéutica, en un centro para recuperarme de mi adicción. En esa silla de terapia me nació la idea de transmitir lo que estaba aprendiendo, lo que quizá no sabía cuando empecé a consumir, para prevenir que otros jóvenes pasaran por lo mismo. Porque incluso con una carrera exitosa yo no había sido del todo feliz, y eso tenía que ver con malos hábitos que había desarrollado.

Luego me formé, después de Hermano Mayor hice Intervención Familiar y más tarde estudié en la Universidad Pablo de Olavide como experto en intervención en violencia filio-parental. Todo eso me empujó a ayudar a familias y a divulgar para prevenir conductas como las que se veían en televisión.

P. Sus experiencias personales han marcado profundamente su mensaje. ¿Cómo decide qué partes comparte y cuáles reserva?

R. La verdad es que tengo pocas reservas. Eso me expone y me coloca en una posición vulnerable, pero siempre digo en broma que si no me mataron las drogas, no creo que una crítica o un ataque por contar lo que cuento vaya a dañarme. Me expongo mucho, hablo mucho y cuento todo lo que puedo de lo que he aprendido para ayudar lo mejor posible. Tengo poco filtro.

P. ¿Cuál diría que es el mayor desafío al que se enfrentan los adolescentes?

R. Para mí hay dos temas clave. Uno es la educación emocional: saber qué sienten, cuándo, cómo, con qué intensidad, aprender a regularlo y poner nombre a lo que sienten.

Y el otro es la educación financiera. Creo que son dos áreas que no se trabajan bien y eso hace que muchos jóvenes se sientan insatisfechos, frustrados y con baja tolerancia a la frustración.

Además, la irrupción de las nuevas tecnologías y las redes sociales les somete a mucha presión. Si no tienes educación emocional, esa presión te desborda.

P. Habla mucho de la toma de decisiones. ¿Qué consejo le daría a un joven que se siente perdido o presionado?
R. Lo primero: no eres culpable. Pero sí eres responsable de pedir ayuda y darte cuenta de que solo o sola no puedes. Pedir ayuda no es de cobardes: es de valientes y de inteligentes, porque implica reconocer que tú solo no puedes.
También le diría que interprete lo que siente, porque muchas veces lo que sentimos viene provocado por un pensamiento o por lo que está pasando alrededor. Según lo que te cuentes, así te vas a sentir. Si no sabes poner nombre a lo que te pasa, busca ayuda para aprender a nombrarlo y regularlo.

P. Las redes sociales influyen mucho en la autoestima. ¿Qué señales deberían tener en cuenta para saber que se enfrentan a una dinámica que les daña?

R. Las redes pueden provocar ansiedad, dependencia o no valorarte lo suficiente, pero la autoestima es muy individual. Depende de factores genéticos, familiares y socioambientales. No todo el mundo reacciona igual.

A un joven le diría que intente construir una buena marca personal y que entienda que la información que comparte puede usarse para bien o para mal. Y que la autoestima se construye más desde dentro que desde fuera hacia dentro. Si no tienes una base sólida, puedes ser más vulnerable al malestar que generan las redes. Y vuelvo a lo de antes: pide ayuda.

P. ¿Podemos mejorar la tolerancia a la frustración en un mundo donde todo es inmediato?

R. Sí, pero aquí el foco está mucho en la educación. La baja tolerancia a la frustración puede tener componente genético, pero tiene más que ver con lo educativo: si en casa no me enseñan límites o me satisfacen el deseo inmediato siempre, lo normal es que me cueste gestionar la frustración.

Yo aquí no le hablaría sólo a los jóvenes: le hablaría a padres y madres. Educar para que hijos e hijas sean capaces de valerse por sí mismos, gestionar la adversidad y tolerar la frustración.

P. ¿Cuál puede ser el error más frecuente que cometen los adolescentes en casa —o que cometemos como educadores— y no nos damos cuenta?

R. La sobreprotección. Para mí es muy dañina. No favorece que los chicos y chicas sean capaces de enfrentarse a las situaciones adversas que van a vivir. La sobreprotección viene del amor, sí, pero de un amor desordenado que hay que gestionar mejor.

P. En sus programas con jóvenes difíciles, ¿qué estrategias funcionan mejor para romper el ciclo de conflicto?

R. Depende del perfil. Hay jóvenes más conductistas que necesitan sanción; otros, firmeza; otros, firmeza desde el cariño.

En todos los casos, lo que más necesitan es comprensión. Comprensión no significa permitir: te comprendo y por eso puedo acompañarte. Hay que validar emociones —estás enfadado, triste, preocupado—, pero corregir el comportamiento si es disruptivo o hace daño a otros. Lo ideal es: valido tus emociones, pero corrijo la conducta.

P. Muchas familias se sienten desbordadas. ¿Qué es lo primero que recomienda cambiar cuando un conflicto estalla?

R. Lo primero que recomiendo —y suena provocador— es un “entrenamiento” como padres y madres antes de serlo. Hay un vídeo de José Mota que lo explica muy bien: hay que leerse los efectos secundarios y las consecuencias de ser padre o madre.

Dicho eso, recomendaría cursos y que la pareja —sea cual sea su modelo— ponga en común para qué educa, qué valores quiere transmitir y qué objetivo persigue. Muchas familias dicen “para que sean felices”, y yo digo: error, porque se interpreta como evitarles tristeza o adversidad, y entonces no aprenden la vida.

También es importante que no se desautoricen delante de hijos e hijas, que hagan fuerza común y que los adultos estén entrenados emocionalmente para gestionar lo que sienten cuando los hijos no se comportan como esperan.

P. ¿Cuál es la diferencia entre poner límites y ser autoritario?

R. Depende de desde dónde pones los límites y para qué. Si los pongo para coartar tu forma de pensar y obligarte a ser como yo quiero, eso suele generar rebeldía.

Poner límites desde el amor es distinto: te pongo límites porque la vida te va a poner límites. Y no es solo el límite: es entender el porqué de la norma y la consecuencia asociada si te lo saltas, que no tiene por qué ser un castigo.

La consecuencia natural es el ejemplo: si no como, tengo hambre. No es “te quito los videojuegos”. Si educáramos más desde consecuencias naturales, habría menos enfrentamientos.

El autoritarismo, en cambio, nace muchas veces del miedo: a que se equivoque, a que tenga problemas, a que desarrolle una adicción. Y ahí, autoritarismo y sobreprotección suelen ir de la mano. Si educo desde el miedo, consigo lo contrario de lo que busco.

P. Después de tantos años ayudando a familias, ¿hay alguna situación que le haya marcado especialmente?

R. Sí: cuando trabajas con una familia y planteas que el hijo tiene que cambiar, pero la familia también, y te encuentras con familias que no quieren cambiar. Sólo quieren que cambie su hijo. Eso es lo que más frustración me genera.

P. ¿Qué está fallando hoy en la comunicación dentro de las familias y cómo podríamos mejorarla?

R. Muchas veces educamos como nos educaron y hablamos como nos hablaron, pero el mundo es totalmente diferente. Hay que adaptarse.
Hay comunicación vertical —más autoritaria— y comunicación horizontal, que favorece el entendimiento. Hay comunicación afectiva y efectiva. Hay que escuchar más, no cortarles, y luego comunicar con claridad normas, límites y valores.
Y algo clave: cuando terminamos de hablar con nuestros hijos, casi nunca les preguntamos qué han entendido. Ese “no entendimiento” genera conflictos. Hay que formarse para aprender a hablar y hacerse entender.

P. Si una familia nos está leyendo ahora y está desesperada, ¿cuál sería el primer paso que pueden dar esta misma semana?

R. Pedir ayuda. Muchas familias creen que si piden ayuda se les va a juzgar, pero no: lo has hecho lo mejor que has sabido y no te ha dado el resultado que esperabas.
Pide ayuda para que te entrenen y te enseñen otra forma de acompañar. Eso no te hace peor padre o madre, ni más débil: significa que necesitas otra mirada.

P.¿Qué les recuerda a los jóvenes y a las familias de su visita a Santa Pola?

R. A los jóvenes: que se le puede dar la vuelta al argumento cuando las cosas no van como quieres. Que descubran su talento, se atrevan a mostrarlo, aprendan a manejar la presión, venzan el miedo —vencerlo no es no sentirlo, es lanzarte con él— y tengan cuidado con sustancias y tecnologías.
También: que aunque tengas razones para estar enfadado, eso no te da derecho a ser cruel.
A las familias: revisar qué modelo educativo están usando y si les está dando resultados. Y formarse en nuevas tecnologías para entender el “océano digital” en el que bucean sus hijos.

P. ¿En qué nuevos proyectos está trabajando?

R. Tengo varios. Uno es el proyecto FES (Formación, Educación y Sensibilización), que llevamos seis años. Soy embajador de un proyecto para prevenir adicciones comportamentales. También ayudo a comunidades terapéuticas: una en Toledo (Cebolla) y otra en Barcelona, que es mi centro, el Centro Tempus.
Y sigo dando conferencias para familias, chavales y empresas, donde puedo aportar sobre trabajo en equipo, liderazgo y gestión cuando no se obtienen resultados.

P. Y, por último, ¿qué le gustaría decir a quienes todavía piensan que sus hijos cambian solos, sin ayuda?

R. Que les están haciendo un flaco favor. Un hijo cambia si se siente comprendido, aceptado y validado, aunque su comportamiento no sea el adecuado. Ese mensaje de “abrázame cuando menos lo merezca, porque es cuando más lo necesito” es real.

Si tiramos la toalla pensando que el tiempo lo curará todo, no siempre. Hay que acompañar en todo momento, incluso cuando ya vuelan solos.

 

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