ENTREVISTA
 

Marina Damer, la voz que salió de Santa Pola y llega a la Gran Vía

 
Martes 30 de junio de 2026 0 comentarios
 

La cantante, música y actriz santapolera afronta una nueva etapa profesional en El Alma al aire, el musical de las canciones de Alejandro Sanz, después de una trayectoria marcada por la formación, los escenarios, la televisión, Corea del Sur, Circlassica y una certeza íntima: “La música ha sido mi salvación constante”

DAVID POVEDA | 26/06/2026.-
Hay artistas que no se explican solo por los escenarios que pisan, sino por los lugares que llevan dentro. En el caso de Marina Damer, ese lugar tiene olor a sal, memoria de banda, aulas de música, tardes de ensayo y una Casa de Cultura donde, casi sin saberlo, una adolescente entendió que cantar no iba a ser una afición más, sino una forma de vida.

Santa Pola aparece en su relato como raíz. No como una postal. No como un simple punto de origen en una biografía artística. Aparece como una casa emocional. Como ese mar que echa de menos cuando vive en Madrid. Como una parte de sí misma que, según reconoce, le falta cuando no la tiene cerca.
“Si no tengo el mar cerca, siento que me falta algo. Y encima lo llevo hasta en el nombre”, dice.

Marina habla desde un momento especialmente significativo. Acaba de ser elegida como Viento y ensamble en El Alma al aire, el musical de las canciones de Alejandro Sanz producido por Stage Entertainment España. Un proyecto de gran formato, de Gran Vía, de esos que en el lenguaje teatral suenan a salto de división. Ella misma lo define así. Como jugar en “primera”.

Pero antes de esa primera división hubo una niña que estudiaba en el Colegio Hispanidad y después en el IES Santa Pola. Una niña a la que le gustaba la música, la plástica, la historia del arte, dibujar, crear y “hacer un poco el tonto”. Una joven que empezó a ver resultados en esa energía artística que todavía no tenía nombre profesional, pero sí dirección.

“Cuando miro hacia atrás, veo a una niña que tenía muchas ganas de crear, de disfrutar, de descubrir el mundo y el arte. Ahí nació lo que al final he sido de adulta”.

Su historia no es la de un éxito repentino. Es la de una carrera construida a base de formación, paciencia, castings, rechazos, viajes, televisión, teatro musical, trabajo mental, disciplina y una relación con el arte que Marina no vive desde el ego, sino desde una idea casi espiritual.
“Yo soy un canal a través del cual el arte fluye”.

Una niña de Santa Pola entre música, dibujo y escenarios

La primera Marina artística no nació en Madrid ni en un plató de televisión. Nació mucho antes, en Santa Pola, entre aulas, bandas y espacios culturales del municipio. Recuerda con cariño la etapa escolar, especialmente las asignaturas vinculadas al arte. La música ya ocupaba un lugar central, pero también la historia del arte, la plástica y el dibujo.

Aquellos intereses no eran compartimentos separados. Eran señales de una misma necesidad de expresión.

Su primera formación musical llegó en la Escuela de Música Mestre Alfosea, en el Centro Cívico. Recuerda los sótanos, el coro, la flauta travesera y a Manuela, su primera profesora. Después pasó por la Asociación Musical Mare de Déu de Loreto, donde tocó la flauta durante años, desde que era muy pequeña hasta entrada la juventud.

Esa pertenencia a la banda también marcó su manera de vivir las fiestas. No formó parte de una comparsa o filà, pero sí de los desfiles, pasacalles y actos festivos desde otro lugar, el de la música.

Fue el lugar donde aprendió a estar en grupo, a escuchar, a tocar, a formar parte de algo más grande que una sola voz. En una carrera que después la llevaría por teatros, programas de televisión, dinner shows, campañas publicitarias, resorts internacionales y grandes producciones, esa base local continúa teniendo peso.

La banda, el conservatorio y la base que sostiene una carrera

La trayectoria de Marina Damer se apoya en una formación sólida. Estudió piano, solfeo y flauta travesera en el Conservatorio Profesional de Alicante, donde cursó el Grado Medio, y se diplomó en Educación Musical por la Universidad de Alicante. Más tarde continuó formándose en canto, interpretación y teatro musical en distintos centros y con diferentes profesionales. No solo por el conocimiento técnico, sino por las herramientas que le ha dado para desenvolverse en una profesión imprevisible. En el mundo artístico, muchas veces hay que preparar una prueba en muy poco tiempo, resolver un casting, aprender una partitura con rapidez, adaptarse a un montaje o responder a exigencias distintas según el proyecto. “La base musical me ha dado mucha conciencia y muchas herramientas para ser resolutiva”, explica.

Esa palabra, resolutiva, resume bien una de las cualidades menos visibles del oficio artístico. Desde fuera se suele mirar el brillo, el foco, la canción, el aplauso, pero detrás hay lectura rápida, memoria, técnica, resistencia, oído, cuerpo, disciplina y capacidad de adaptación.

Marina no se formó en una sola línea. Su carrera fue bifurcándose. A la música clásica se sumaron el canto, la interpretación, el teatro musical e incluso disciplinas físicas como las artes marciales. Cada etapa le dio una pieza distinta de sí misma.“Cada etapa me ha aportado una cosa diferente. He jugado a ser muchos personajes y he trabajado haciendo muchos personajes”.

La artista que hoy llega a un gran musical no aparece de pronto. Es la suma de todas esas capas.

El día que la Casa de Cultura se convirtió en destino

Hay un momento que Marina recuerda con precisión. Un instante en el que la música dejó de ser solo una afición y se convirtió en una forma de vivir. Ocurrió en la Casa de Cultura de Santa Pola, durante el musical Barco a Venus, estrenado en torno a 2007.

Aquel montaje fue algo más que una experiencia juvenil. Fue una revelación. “Cuando se estrenó esa obra sentí que eso era lo que quería hacer el resto de mi vida. Estar en un escenario, cantar y disfrutar de esa sensación”.

Casi veinte años después, ese recuerdo conserva intacta su fuerza. Para Marina, ese momento sembró la semilla del teatro musical. De hecho, cuando habla de este formato, atribuye parte de la culpa a aquella primera experiencia y al entorno del Racó Jove, que le permitió acercarse a un mundo que después se convertiría en una de sus grandes pasiones profesionales.

El teatro musical, dice, siempre ha estado “un poco más arriba” dentro de su imaginario artístico. Ha trabajado en muchas cosas distintas, pero ese formato mantiene una importancia especial porque reúne todo lo que ella es capaz de hacer sobre un escenario.

El mar como casa y la música como refugio

Marina vive actualmente en Madrid. Allí está buena parte de su trabajo, de sus castings, de sus teatros y de sus oportunidades. Pero Madrid no tiene mar. Y para alguien nacida en Santa Pola, esa ausencia no es menor.

“Santa Pola y Alicante son mi casa”, afirma. La palabra casa se repite en su relato con varios significados. Casa es el pueblo. Casa es el mar. Casa es la música. Casa es también el lugar interior al que vuelve cuando la vida se complica.

Cuando se le pregunta qué le ha enseñado la música en los momentos difíciles, Marina no responde desde la técnica, sino desde la supervivencia emocional.

“La música ha sido mi salvación constante. Ha sido el refugio en el que siempre sentía que estaba todo bien. Ha sido mi hogar dentro de mí, la luz, el faro que me ha guiado siempre”.

La imagen del faro, en una artista de Santa Pola, tiene una resonancia inevitable. No parece casual. La música aparece como guía, pero también como orientación en medio de la incertidumbre. Y la incertidumbre, en una carrera artística, no es una excepción. Es parte del camino.

Cantar, para Marina, también ha sido una forma de sanar. Una manera de encontrar perdón, respuestas y belleza. No desde la idea de la cantante como protagonista absoluta, sino desde la sensación de ser una vía de transmisión.

“Cantando he sentido cosas increíbles. No desde la parte del ego, sino desde ser un canal que transmite”.

La primera de una familia que pudo dedicarse al arte

Uno de los pasajes más íntimos de su relato aparece cuando habla de su familia. Marina siente que el arte estaba presente en las dos ramas familiares, aunque no siempre pudo convertirse en profesión.

Por parte de padre, identifica una línea más vinculada a las bandas y a la música. Por parte de madre, una creatividad ligada al dibujo, la escritura, la ropa, la moda, los desfiles y otras formas de expresión. Sin embargo, por circunstancias históricas, económicas o vitales, muchas de esas inclinaciones no pudieron desarrollarse profesionalmente.

Ella siente que ha sido la primera en poder hacerlo. Y eso le emociona.
“Me emociona pensar que he sido la primera persona de mi familia que ha podido dedicarse profesionalmente al arte. Siento que les llevo a todos conmigo”.

En esa frase cabe una idea de herencia muy poderosa. Marina no vive su carrera solo como un logro individual. La entiende también como una forma de honrar caminos que otros no pudieron recorrer. Habla de abuelos, de guerras, de impedimentos, de generaciones que quizá tuvieron sensibilidad artística, pero no las condiciones para dedicarse a ella. “Ellos me han abierto el camino y yo lo he honrado siempre”.

Ese sentido de continuidad familiar explica también la gratitud con la que habla de su presente. No hay arrogancia en su manera de contar los avances. Hay conciencia de privilegio, trabajo y responsabilidad.

La dureza que no se ve detrás de la purpurina

La profesión artística suele mirarse desde el resultado, el aplauso, el cartel, la televisión, el foco, la imagen en redes. Marina insiste en que esa mirada es incompleta y, a veces, peligrosa. “Esta profesión es muy dura”, afirma sin rodeos.

Lo es, entre otras cosas, porque la apariencia brillante oculta una realidad mucho más compleja. Focos, purpurina, éxito o fama pueden atraer desde fuera, pero no son lo esencial. Para ella, lo importante es lo mismo que para cualquier persona, rodearse de gente buena, estar en paz con lo que se hace, sentirse bien y tener la conciencia tranquila.

La mitificación del artista, dice, deforma la profesión. Convierte el trabajo en fantasía y coloca a las personas en un pedestal que no es real. “Hay personas detrás. Personas que trabajan y viven”.

Esa normalización le parece fundamental. También cuando habla de grandes artistas con los que ha trabajado como corista o en distintos proyectos. La experiencia, asegura, le ha enseñado que cuanto más grande es una persona artísticamente, muchas veces más humilde y sencilla puede ser en el trato cotidiano.

Al final, detrás del nombre reconocido suele haber alguien que quiere trabajar, cantar y, como dice ella con humor, irse después a comer un bocadillo.

Esa mirada desmitificadora atraviesa toda la entrevista. Marina ama profundamente su profesión, pero no la idealiza. La considera preciosa y especial, sí, pero también feroz.

Los “no” de los castings y la fortaleza mental

Si hay una palabra que se repite en la vida de cualquier artista profesional es no. Marina lo sabe bien. Habla de rechazos constantes en castings, de finales que se escapan, de pruebas importantes que no terminan en contrato, de decisiones que muchas veces no tienen que ver con el talento, sino con el perfil que se busca en ese momento.
“Creo que nadie se puede hacer una idea de la cantidad de noes a los que nos exponemos los artistas”.

Esa exposición afecta a la autoestima, a la imagen personal y a la percepción de uno mismo. No siempre es fácil separar un rechazo profesional de una herida íntima. Aunque racionalmente se entienda que el motivo puede ser el perfil, la edad, la energía, el tipo de voz o una necesidad concreta del proyecto, emocionalmente el golpe existe.

Marina recuerda un momento especialmente duro en Madrid. Llegó prácticamente a la final de un casting muy importante y finalmente le dijeron que no. Sentada en un centro comercial, llamó a su padre y le dijo que no podía más, que quizá había llegado al límite.
No dejó la profesión. Decidió continuar.
“Con paciencia y fortaleza he podido conseguir mis objetivos. Me siento orgullosa de eso”.

En su caso, el trabajo mental y terapéutico ha sido imprescindible para sostener una carrera con tanta exigencia emocional. Lo expresa con claridad. Hace falta una cabeza fuerte para habitar una profesión que no se adapta del todo a una vida convencional. Los horarios van al contrario del mundo. Se trabaja cuando otros descansan, se viaja, se espera, se compite, se afrontan rechazos y se vive en una inestabilidad difícil de explicar desde fuera.

Y, aun así, la balanza sigue teniendo un lado luminoso. Porque lo que se siente en el escenario, cuando ocurre, compensa muchas de las heridas del camino.

Cantante, música y actriz

Marina se define, ante todo, como cantante y música. Es la parte en la que más se ha formado y con la que más se identifica. La interpretación llegó después, como consecuencia natural del teatro musical, aunque también se ha formado intensamente como actriz.

El teatro musical obliga a esa expansión. No basta con cantar bien. Hay que contar historias, hay que sostener personajes, hay que moverse, bailar o, al menos, dominar el movimiento escénico.
“El teatro musical son tres disciplinas en una”, explica.

Para ella, es probablemente el formato más difícil. También el más completo, el reto máximo. Una función exige voz, cuerpo, interpretación y presencia. Todo ocurre en vivo, todo se sostiene delante del público. No hay edición posterior, ni repetición limpia, ni posibilidad de corregir en una mesa de montaje.

Marina no vive la repetición de una función como un desgaste automático. Al contrario. Le gusta encontrar pequeños matices cada noche. Un gesto distinto, un guiño a un compañero, una manera nueva de habitar la misma escena. Lo más difícil, dice, no es repetir, sino sostener el cansancio o atravesar momentos personales mientras se mantiene la exigencia del escenario. Ahí vuelve a aparecer la fortaleza mental.

La Gran Vía como círculo que se cierra

Hay una imagen especialmente cinematográfica en su historia. Marina recuerda el primer musical que vio en Madrid. Fue La Bella y la Bestia, en el Teatro Coliseum. Viajó con el Racó Jove, pisó la Gran Vía por primera vez y quedó impactada. Tenía unos quince o dieciséis años. En el autobús de vuelta repetía el espectáculo en su cabeza, detalle por detalle.

Aquel recuerdo vuelve ahora con una fuerza inesperada, porque ese mismo teatro está vinculado a su nueva etapa profesional. La niña que miraba la Gran Vía como un sueño imposible va a trabajar en ese entorno que entonces parecía inalcanzable.

“Se me ponen los pelos de punta de pensarlo. La vida es loquísima. Para aquella niña era un sueño imposible pensar que podía estar en ese teatro trabajando en el futuro. Y al final es una realidad”.

No es solo una anécdota bonita. Es una escena de cierre y apertura. Cierre de un círculo emocional. Apertura de una nueva etapa profesional.

Marina llega a El Alma al aire después de años de trabajo, no por casualidad. Aunque ella reconoce que el proyecto le llegó de manera inesperada, también pasó por varios procesos de casting hasta conseguirlo. Antes había participado en un workshop de creación, trabajando con compañeros y con la directiva del proyecto. En aquel momento no imaginaba necesariamente que acabaría formando parte del musical.

Después llegó la oportunidad

Su papel será el de uno de los vientos, figuras vinculadas al Levante y a una dimensión narrativa de la historia. No quiere desvelar demasiado. Prefiere que el público lo descubra. Pero adelanta que será una parte “bucólica”, “etérea”, muy narrativa y sorprendente.

“Creo que nadie se espera lo que van a ser los vientos y el ensamble”.

Consolidación, cambio y expansión

Cuando se le pregunta en qué momento profesional está, Marina no elige una sola palabra. Se queda con tres. Consolidación, cambio y expansión.

Consolidación, porque son muchos años de carrera. Ha hecho teatro musical, conciertos, campañas, televisión, shows, trabajos como corista y experiencias internacionales. Cambio, porque entra en una etapa distinta, con un proyecto estable y de gran formato en la Gran Vía. Expansión, porque siente que este trabajo la llevará a aprender y crecer tanto artística como personalmente. “Creo que era lo que en este momento me tocaba vivir”.

También en lo personal percibe ese mismo movimiento. Su vida ha sido nómada, cambiante, marcada por viajes, proyectos y personas nuevas. Compaginar una vida personal estable con una profesión artística de ese tipo no siempre es sencillo. Pero ahora siente que se abre una etapa de mayor calma.

El hecho de poder estar en Santa Pola de vacaciones antes de comenzar el nuevo proyecto ya le parece una buena señal. “Estoy contenta de poder estar aquí, en mi pueblo, antes de empezar”.

La frase revela la importancia del regreso. Antes del salto, la raíz. Antes de la Gran Vía, el mar. Antes de una etapa de exposición, el refugio de casa.

La televisión como servicio militar artístico

La participación de Marina en La Voz amplió su reconocimiento ante el gran público. Ella cuenta que el programa la había llamado en varias ocasiones durante años, pero por trabajo o por circunstancias no había podido presentarse. Finalmente, en 2018 sintió que era el momento. Llegó con más madurez, más tranquilidad y más experiencia artística.

La experiencia fue potente, bonita y dura. Marina define la televisión con una imagen muy expresiva: “un servicio militar artístico”. Detrás de unos minutos de emisión hay días de grabación, horas de espera, cansancio, concentración, repetición y una exigencia mental que el público no siempre imagina.

El plató le impresionó. También el sonido. Recuerda especialmente a la banda, integrada por músicos de primer nivel, y la sensación de coger un micrófono espectacular en un escenario con una calidad sonora que no había experimentado antes.

“Me escuchaba tan bien, era tan increíble el sonido, que me quedo con ese momento. Fue de decir: esto es espectacular”.

También pasó por Factor X y Got Talent con el grupo vocal Belter Souls. La diferencia entre ir sola y formar parte de un grupo, explica, es enorme. En solitario, la espera pesa más. La sensación de soledad es más difícil de sobrellevar. Con un grupo, en cambio, las horas se reparten entre compañeros, bromas, apoyo y una sensación de casa compartida.

La televisión le dio visibilidad, pero no cambió su manera de entender el oficio. Una pantalla puede amplificar una voz. No sustituye el trabajo que hay detrás.

Corea del Sur, Circlassica y los retos de cantar fuera de lo conocido

La carrera de Marina también ha cruzado fronteras. Uno de sus grandes retos fue cantar en Corea del Sur, en resorts de Seúl, con una cultura, un idioma y unos códigos muy distintos. Allí tuvo que comunicarse con el público principalmente en inglés y adaptarse a una forma de estar en el mundo muy diferente a la mediterránea.

La experiencia le enseñó la importancia del respeto, la calma, el silencio, la paciencia y la honra. Valores que percibió de manera muy marcada en la cultura coreana.

Otro reto reciente fue Circlassica, el espectáculo en Ifema donde fue voz del montaje. Cantar cada día mientras artistas de circo se jugaban literalmente la vida en una cuerda o en números de alto riesgo le generó una tensión especial. La belleza del espectáculo convivía con la conciencia de que cualquier fallo podía ser grave. “Cantar a una persona que se está jugando la vida encima de ti me parecía increíble”.

Ese tipo de experiencias ensanchan la mirada de una artista. No se trata solo de cantar bien. Se trata de entender dónde está una, qué está pasando alrededor y cómo la voz puede sostener una atmósfera, una emoción o incluso un silencio.

Derechos laborales, humildad y futuro propio

Con los años, Marina ha aprendido también a elegir proyectos desde otro lugar. No basta con que una propuesta sea artísticamente atractiva. También deben existir condiciones laborales adecuadas. Lo dice con claridad, consciente de que en el mundo artístico muchas veces se aceptan trabajos por ilusión, por exposición o por esa parte de ego que desea estar en un escenario. Pero los derechos importan. “Es importante que tus derechos laborales estén bien. Deberíamos cumplirlos todos para que no haya abusos”.

La afirmación introduce un tema de fondo en la profesión artística. La vocación no debería justificar la precariedad. La pasión no debería ser excusa para trabajar sin condiciones dignas. Y el deseo de crear no elimina la necesidad de respeto laboral.

En paralelo a sus proyectos escénicos, Marina empieza a mirar también hacia la creación propia. En plataformas pueden encontrarse versiones y covers acústicos que durante años fue compartiendo, especialmente en YouTube, donde mucha gente la conoció. Pero ahora anuncia que vienen “sorpresas bonitas” vinculadas a canciones propias.

Le apetece explorar esa parte menos desarrollada. “Todavía quedan muchas cosas por escuchar y por ver”. Esa frase funciona como promesa. No de grandes titulares, sino de continuidad creativa. Marina no entiende la edad ni el paso del tiempo como una frontera para mostrar cosas nuevas. Al contrario, cree que nunca es tarde para seguir creando arte y compartirlo.

Volver a Santa Pola

A pesar de su trayectoria fuera, Marina mantiene una disposición abierta hacia su pueblo. Cuando se le pregunta si existe la posibilidad de verla en Santa Pola en el futuro, responde sin dudar.

“Yo a Santa Pola siempre estoy encantada de venir. Cualquier propuesta que venga de mi pueblo estaré encantada de recibirla”.

Hay escenarios que conservan un valor especial aunque el mundo profesional lleve a otros lugares. La Casa de Cultura, los espacios donde cantó por primera vez, los lugares vinculados a su juventud artística. Volver a ellos no sería para Marina un paso atrás, sino un regreso emocional. Cantar en Santa Pola sigue teniendo un significado propio. No sería solo una actuación, sería una manera de cerrar círculos, agradecer caminos y devolver al pueblo parte de lo recibido.

Gratitud y una nueva era

Al final de la conversación, Marina agradece a la gente de Santa Pola que siempre ha estado presente. Menciona a la Concejalía de Juventud, al Racó Jove y también al Periódico Santa Pola, por haber acompañado sus aventuras artísticas a lo largo del tiempo.

Porque esta historia, aunque mire ahora a la Gran Vía, empieza en un municipio junto al mar. En una niña que tocaba la flauta. En una joven que viajó a Madrid a ver La Bella y la Bestia y volvió en autobús repitiendo cada detalle en su cabeza. En una adolescente que, sobre el escenario de la Casa de Cultura, sintió que quería cantar toda la vida.

Ahora, muchos años después, Marina Damer entra en una nueva etapa. Consolidación, cambio y expansión. Tres palabras para nombrar un presente que une todo lo vivido y todo lo que está por venir.

La voz que salió de Santa Pola ha cantado en televisión, en teatros, en shows de Madrid, en Corea del Sur, en espectáculos de circo y junto a artistas reconocidos. Pero cuando habla de lo esencial, vuelve al mismo lugar, al mar. A la música como refugio, a la emoción como verdad, a esa niña que no tenía prisa, aunque todavía no lo supiera. Y a una certeza que atraviesa toda su carrera, cantar no ha sido solo su oficio, ha sido su forma de estar en el mundo.

 

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