José Antonio Díez explica al alumnado del IES Cap de l’Aljub cómo ha cambiado el sector desde los años 80 y defiende al pescador como “primer interesado” en preservar el mar
La pesca no se presentó como una imagen romántica del pasado, sino como una profesión en plena transformación. Esa fue la idea central de la píldora formativa impartida por José Antonio Díez, representante de la Cofradía de Pescadores de Santa Pola, dentro de las XXVI Jornadas Gastronómicas “Gastroterreta 2026” del IES Cap de l’Aljub.
Presentado por la profesora María Sánchez, Díez —graduado en Derecho y especializado en abogacía, comercio internacional, transporte de mercancías y derecho marítimo— ofreció al alumnado una intervención centrada en la evolución de la pesca desde los años 80 hasta la actualidad, con un mensaje rotundo: la pesca moderna no es el problema del medio marino; forma parte de la solución.
“Pescador como forma de vida”
Bajo el título “Pescador como forma de vida”, el ponente situó desde el inicio la dimensión cultural y social del oficio en Santa Pola. Recordó que hablar de pesca en el municipio es hablar de una profesión vinculada históricamente a su identidad, desde los tiempos del Portus Ilicitanus hasta hoy.
De los años 80 a 2026: menos barcos, más control y más ciencia
Díez dibujó una comparativa clara entre la pesca de los años 80 y la actual. Explicó que aquella era una etapa de expansión, con más barcos, mayor esfuerzo pesquero, menos regulación, menor selectividad de artes y prácticamente sin trazabilidad. En ese contexto, recordó que España llegó a ser la segunda potencia pesquera mundial y que Santa Pola fue el segundo puerto más importante de España, solo por detrás de Vigo.
Frente a ese modelo, describió la situación actual como un escenario profundamente transformado por la regulación europea, la información científica y la propia adaptación del sector. Entre los cambios citados, destacó:
- • implantación de cupos y planes plurianuales,
- • reducción obligatoria del esfuerzo pesquero,
- • límites de días de actividad,
- • controles selectivos,
- • diario electrónico,
- • y trazabilidad total desde el barco hasta el consumidor.
Su conclusión fue directa: el pescador ha pasado de ser visto como “extractor” a convertirse en gestor del recurso.
Arrastre: una modalidad cuestionada, pero profundamente transformada
Uno de los bloques más relevantes de la intervención se centró en la pesca de arrastre, una modalidad que suele generar recelos en el debate público. Díez lo abordó de frente y defendió que la imagen social del arrastre está, en muchos casos, desactualizada.
Según explicó, la flota de arrastre en Santa Pola ha pasado de 150 embarcaciones en los años 80 a 39 en la actualidad, y también ha cambiado radicalmente su forma de trabajar:
- • reducción de días hábiles de actividad (de una cifra muy superior a la actual a 140 días),
- • establecimiento de horarios de entrada y salida,
- • prohibición de faenar en fondos de menos de 50 metros,
- • trabajo preferente sobre fondos arenosos,
- • aumento del tamaño de malla,
- • dispositivos de escape (incluidos sistemas pensados para tortugas),
- • geolocalización permanente,
- • y vedas propuestas por los propios pescadores en zonas y épocas sensibles.
Además, subrayó la evolución tecnológica de elementos como las puertas de arrastre, que antes eran más pesadas y podían impactar más sobre el fondo, y que hoy han reducido peso y comportamiento gracias a mejoras técnicas.
Para Díez, el mensaje era importante: la pesca de arrastre actual no puede analizarse con los parámetros de hace 40 años.
Artes menores, selectividad y reservas marinas
La charla también repasó otras modalidades de pesca presentes en Santa Pola, como las artes menores (trasmallo, palangrillo o nasas), explicando de forma sencilla su funcionamiento y sus mejoras en selectividad.
En este punto, el ponente insistió en que muchas de las medidas de control y protección no nacen sólo de la administración, sino también del sector: tallas mínimas, planes de gestión, vedas naturales y ajustes de artes para proteger especies y garantizar continuidad.
Mencionó también el papel de espacios protegidos como la Reserva Marina de la Isla de Tabarca, recordando su valor en la conservación del ecosistema y en la gestión del recurso pesquero.
El pescador como “primer ecologista”
Uno de los mensajes más repetidos durante la ponencia fue que el pescador es, en la práctica, el primer ecologista, porque su modo de vida depende directamente de que el mar siga siendo productivo.
Díez defendió esa idea con varios ejemplos:
- • colaboración con instituciones científicas como el Instituto Español de Oceanografía,
- • embarques de observadores,
- • recopilación de datos útiles para la investigación,
- • y participación en proyectos de retirada de residuos marinos.
En este último apartado aportó una cifra llamativa: en la provincia de Alicante se recogieron en 2024 más de 50 toneladas de basura marina con colaboración del sector, incluyendo objetos tan insólitos como bombonas, hornos, lavadoras o motores.
La imagen que quiso desmontar fue clara: el pescador no sólo extrae pescado; también detecta, recoge y reportaproblemas que afectan al mar.
Cofradía: gestión económica, apoyo social y producto local
Más allá de la actividad en el mar, José Antonio Díez dedicó parte de su intervención a explicar qué es y qué hace una cofradía de pescadores. La definió como una entidad con larga tradición, organizada en torno a barcos y marineros, que combina una función económica con una función social.
En esa doble dimensión, destacó varias líneas de trabajo:
- • apoyo al relevo generacional,
- • programas para mejorar condiciones del marinero,
- • campañas de impulso al comercio local,
- • acuerdos con ópticas y dentistas,
- • y medidas para optimizar costes del sector (como la mejora en sistemas vinculados a la fábrica de hielo y al consumo energético).
También puso el foco en la necesidad de dar valor añadido al producto pesquero, especialmente tras las dificultades vividas desde la crisis de 2008.
Del pescado en lonja al valor añadido: caldo, quinta gama y marca Santa Pola
La parte final de la ponencia conectó directamente con el alumnado de cocina y hostelería. Díez explicó cómo la cofradía y sus afiliados han ido evolucionando desde la venta de materia prima hacia propuestas con mayor elaboración y mejor posicionamiento en mercado.
Entre los ejemplos mencionados:
- • impulso de productos como el caldo de caldero,
- • desarrollo de líneas de quinta gama por parte de empresas vinculadas al sector,
- • y proyectos para reforzar una marca Santa Pola asociada, por ejemplo, a la gamba blanca, una de las especies más representativas de la lonja local.
La idea de fondo fue clara: la pesca actual no sólo busca capturar, sino clasificar mejor, conservar mejor, transformar mejor y vender mejor.
Un cierre con una pregunta y una imagen de realidad
Ya en el tramo final, Díez recuperó la pregunta inicial y la respondió sin rodeos: el principal interesado en preservar el medio marino es el pescador. No por discurso, sino por supervivencia del oficio.
Su intervención dejó al alumnado una fotografía muy completa del sector: tradición e identidad, sí; pero también normativa, tecnología, ciencia, sostenibilidad, economía y transformación del producto. En una jornada gastronómica centrada en “la terreta”, la cofradía aportó una idea fundamental: sin mar cuidado, no hay pesca; y sin pesca, Santa Pola pierde una parte de sí misma.







