Como cada año, la Parroquia estaba abarrotada de fieles que concurrían a uno de los actos previos a la Semana Santa más queridos y seguidos. Se trataba del Descendimiento del Cristo de la Agonía. Hombres, mujeres y niños que se congregaban en el templo no pudieron evitar derramar alguna que otra lágrima cuando se acercaban a la imagen para besarla o, simplemente, pasar sobre sus pies o sus rodillas un pañuelo para, como nos contaban, “poder bendecir con su tacto a un enfermo, o bien, simplemente, para guardarlo en casa y que nos proteja”.









