UNIDAD DE PREVENCIÓN COMUNITARIA DE CONDUCTAS ADICTIVAS
 

Volverse adicto a las dos rayitas azules y al me gusta es más fácil de lo que se cree

 
Viernes 7 de abril de 2017 0 comentarios
 

Según técnicos y expertos, Whatsapp ya se ha convertido en uno de los grandes distractores de la sociedad. Según Phone House, el 42% de los usuarios españoles no pasa más de 60 minutos sin consultar sus mensajes. Por otro lado, la consultora Oracle Marketing Cloud afirma que cada persona consulta su móvil un promedio de 150 veces al día. Según este estudio los más adictos a consultar su terminal son los Riojanos (92%), los castellano-manchegos (90%), los valencianos (87%), y los catalanes, madrileños y canarios con un 83%.
El aterrizaje masivo de la conectividad, nuevas tecnologías, teléfonos inteligentes, redes sociales, aplicaciones de mensajería y un larguísimo etcétera de herramientas insospechadas hace diez años, ha llevado al acuñamiento del término ‘tecnopatía’. Pero, ¿cuál es el punto donde todo esto deja de ser un distractor y pasa a considerarse un problema, una tecnopatía?

No es fácil de detectar
Raquel Hernández, de la Unidad de Prevención Comunitaria de Conductas Adictivas (UPCCA) explica que los síntomas no son fácilmente detectables, “porque se manifiestan cuando ya has perdido salud mental y bienestar emocional. Es decir, cuando no se puede estar separado de tu teléfono; cuando no se puede mantener la atención y la concentración; cuando se está incómodo si no se mira la pantalla”.
Irritabilidad, disminución de la atención, sueño trastocado son algunas de las primeras señales, “porque buscamos el placer que nos provocan las redes. Y para conseguirlo hemos de hacer uso de ellas continuamente”. Al final, se deja de prestar tiempo y atención a otras áreas importantes, “como puede ser el mero cuidado personal, abandonamos el gimnasio, dejamos de hacer deporte o comemos, simplemente, sin prestar atención al plato. Por no hablar del sueño, que es lo primero que se ve alterado”.
De la misma forma, y con mayor gravedad, afecta a un adolescente, “porque el cerebro se desarrolla en esta etapa de forma rápida e intensa. Todo lo que impida el no adquirir buenos hábitos dejará su marca”.

¿Detección precoz?
Lo primero que ha de llamar la atención a los padres, amigos, pareja, es el tiempo que dedica esa persona al día a estar conectada, “y la reacción que tiene cuando no lo está, muy importante”. Desde la UPCCA se ofrece formación, herramientas y material para dar pautas del buen uso, “pero, en el caso de adolescentes y preadolescentes, antes de dar el primer móvil hay que marcar unas pautas para su uso: desde las horas y el lugar donde estar conectado, hasta el contenido que se consulta en el mismo”.
El problema viene cuando los adolescentes no tienen buenos modelos delante, “porque los adultos tampoco lo han aprendido, teniéndolo continuamente conectado. Algo tan sencillo como no encender el teléfono hasta que no se ha desayunado, aseado, vestido y, si se realiza una actividad laboral, no se debería de coger hasta llegado el mediodía”.
Por lo tanto, comprobamos que el brillo del móvil nos deslumbra de continuo, porque se convierte en todo. Es quien nos despierta, el canal por el que hablamos, donde consultamos a la agenda. Sin pensarlo, estamos todo el día conectados, enganchados, quizás esclavizados.

Cavar y salir de la tumba
Ya que hemos cavado la tumba, al menos hemos de crear los primeros escalones para salir de ella. Como mínimo, durante comidas y cenas, “siempre manteniendo una conversación con la otra persona”, sin que nos acompañe la tele. “A partir de una determinada hora, no pasa nada por apagar el teléfono”.
Una experiencia muy buena para ver el grado de dependencia que tenemos del móvil es dejarlo en casa… “y ver qué pasa”. Cuando se está en el trabajo, se está trabajando. Cuando se estudia, se está estudiando. “La realidad es que, si se deja en casa, no ocurre nada. Así es para los mayores y más para los adolescentes”.

Centro de placer
En el caso de las aplicaciones de mensajería y redes sociales, lo adictivo está en primer plano. Da placer inmediato, “porque cualquier acción o actividad placentera activa el mecanismo de la dopamina. Sólo por el hecho de saber que lo que se ha dicho o colgado lo pone en marcha”.
Curiosidad, el hecho de saber si lo que uno realiza está bien o mal. Los humanos somos curiosos y sociales por naturaleza. El equivalente a estar en la Glorieta y poder ver las vidas de las personas que te rodean con sólo pensarlo. “¿Eso no da placer? ¿No te quedarías cinco minutos más?”, se pregunta Hernández, quien recalca que “ante esto, si no se sabe poner el tope, terminas abierto a los demás”.
Un placer inmediato, “porque nosotros contestamos de forma inmediata”. Otra lección para adolescentes, “no se contesta de inmediato al Whatsapp. No pasa nada si pasa un día o dos al mensaje que te han mandado. Tu entorno, con el tiempo lo sabrá”. De lo contrario, mensaje inmediato, lectura inmediata y respuesta inmediata, “termina en saturación, sobreinformación. Provoca estrés, sí, pero engancha, porque alguien se ríe, te ponen caritas, mandan vídeos”.
Paulov en estado puro. Se envía, campanita, emoticono, felicidad y vuelta al círculo. Porque queremos que nos sigan, que nos gratifiquen de forma inmediata cada vez que realizamos una acción. La acción-reacción nos sube la autoestima, pero, con las mismas, la puede hundir. “Si nuestra vida social se focaliza en lo virtual, la dependencia llegará rápido”.

 

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