Oscar Ventura, el terapeuta y psicoanalista encargado de conducir la charla-coloquio del martes en el Baluarte del Duque tiene, quizás, un enfoque radicalmente distinto al que se está realizando para acabar con la violencia de género en la sociedad. Argumenta que la “violencia está presente en el género humano, es intrínseca a él. Erradicarla, en sí misma, es imposible. Otra cosa es que contemos con la posibilidad de una aproximación no coercitiva a la violencia de género, en la que cada caso se trate pormenorizadamente, donde se estudie el entorno en que se genera, las vicisitudes por la que atraviesa o ha atravesado la pareja, etcétera”.
Robotizar a un ser humano
Entrar y analizar la psique del maltratador es complicada. Puede que tenga antecedentes familiares, puede que sea provocada por el entorno (en el caso de los adolescentes) o puede que sea reflejo de la frustración interior. “Lo que sí plantea es la pregunta, en lo referente a los hombres, de hasta qué punto le es soportable o tolerable estar con una mujer que no responda exactamente en cada momento como él quiere”.
Es decir, el maltratador quiere un robot que se adelante a sus deseos y, afortunadamente, las mujeres no quieren convertirse en un robot. Es, precisamente, por esa necesidad de convertir a un ser humano en cosa, “por lo que la raíz del maltrato comienza con la anulación de la personalidad de la mujer, primer paso y base para programarla, para convertirla en objeto”.
Saber reaccionar
Es ante ese panorama cuando la mujer ha de saber reaccionar, “salir de ahí y actuar, pedir la ayuda necesaria y utilizar todos los instrumentos a su alcance”. Sin embargo muchas se quedan atrapadas por este discurso. Denuncian, sí, pero vuelven “casi patológicamente, con el maltratador. Casos de esos, por desgracia, se ven a diario. Uno se quedaría boquiabierto si conoce las estadísticas”. Aseguraba que, ese regreso, no está motivado en la mayoría de los casos por el miedo a la soledad, la inseguridad económica o la presión social, “es el amor, un amor enfermizo que se aferra a una espiral de repetición: no lo va a volver a hacer, va a cambiar, voy a perdonarlo…”.
Todas las clases
Esta espiral va más allá de las clases sociales, el nivel económico, educativo o el entorno familiar, “puesto que el maltrato”, indicaba Ventura, “atraviesa clases sociales, está presente en todos lados. Otra cosa es que, en las capas más acomodadas de la sociedad, se disponga de más medios para ocultarlo”.
Centrándose en finales del siglo XX y principios del siglo XXI, exponía el dato de que “son los países más acomodados de Europa, Noruega, Finlandia, Dinamarca, donde las tasas de faminicidios es más elevada. De hecho, se han llegado a cifras de un 10,53 por millón, siendo España de un 3.6 por millón”.
Son, curiosamente, éstos los países en los que más se ha insistido sobre la igualdad, la presencia de la mujer en la sociedad. “Al abrir las puertas a la vida pública, ha comenzado a generalizarse la violencia de género. Todos los años se incrementan los casos y, por desgracia, desconocemos a ciencia cierta si ese incremento en las denuncias viene provocado porque las mujeres ya no tienen miedo a denunciar o porque, realmente, ha aumentado el número de maltratos”.
Finalmente, apostaba por la terapia individualizada, por el tratamiento personalizado y el estudio y monitorización de cada caso en sí mismo como la forma más adecuada “para erradicar la violencia. La judicialización no está dando frutos”.









