“Es lamentable el poco respeto que han demostrado algunas personas por nuestros difuntos, los restos de mis padres, aquellos que un día fueron Miguel y Gracia, aunque para algunos sean solo huesos, han permanecido no sé por cuánto tiempo a la intemperie, a merced del sol y la lluvia, ya que su nicho estaba sin techo, pues parece ser que vigilar esto no es competencia de nadie”, denuncia la santapolera Soledad Calvero Ibáñez.
Asegura Soledad que en noviembre, después de que un operario del Cementerio Viejo, donde está la tumba de sus padres, le advirtiese de que había filtraciones fue a hablar con el edil de Cementerios, Javier Baile. Éste le comunicó que aunque el mantenimiento era cosa de los propietarios de los nichos, el Ayuntamiento se iba a hacer cargo del arreglo, porque así lo había hecho en otras ocasiones. En enero Soledad y su familia se volvieron a ofrecer a arreglarlo, pero el edil les volvió a insistir que lo haría el Ayuntamiento.
Pero la sorpresa de Soledad fue mayúscula cuando el Día de la Madre, el 6 de mayo y en compañía de sus hermanas, subió a limpiar la lápida y poner unas flores. “Se me ocurrió asomar la cabeza a ver cómo estaba el techo y cuando vi lo que había no podía parar de gritar, ojalá nunca me hubiera asomado”, dice desconsolada.
Javier Baile asegura que el techo de la tumba no cayó por sí solo y que fueron los propios operarios municipales quienes lo quitaron para repararlo. “Sí que es verdad que podrían haberlo cubierto con una lona el fin de semana”, reconoce. Indica que al lunes siguiente ya iban a seguir trabajando. Soledad y su hijo pidieron una entrevista con el alcalde que les dijo que el deterioro del ataúd era normal por los años que habían transcurrido (10 desde el último enterramiento). La tumba ya está arreglada y los familiares de Miguel y Gracia han pedido a un carpintero que les haga una caja nueva para poder volver a enterrarlos dignamente. “Pido perdón a mis padres por no haber vigilado personalmente lo que con mucho esfuerzo se pagaron toda la vida: su última morada”, concluye Soledad Calvero Ibáñez.









