La pequeña trinchera donde Santa Pola mantiene vivo el rock

 
Martes 30 de junio de 2026 0 comentarios
 

Periko Ruiz y Daniel Paraíso, dos de los impulsores de la Asociación Rock’N’Pola, reivindican el valor de los festivales de pequeño formato, el papel de las bandas locales y la necesidad de un relevo generacional para que la escena musical no pierda su pulso

DAVID POVEDA | 26/06/2026.-
Hay músicas que no nacen para sonar de fondo. Músicas que no caben del todo en una terraza doméstica, ni en la lista rápida de una plataforma, ni en ese consumo acelerado que convierte las canciones en ruido pasajero. El rock y el metal, cuando se viven desde abajo, desde un local de ensayo, desde una furgoneta cargada de instrumentos o desde un escenario levantado con más voluntad que medios, tienen algo de resistencia. En Santa Pola, esa resistencia tiene nombre propio, Rock’N’Pola.

Detrás no hay una gran empresa, ni una maquinaria profesional, ni una estructura sobrada de recursos. Hay, como dicen sus propios impulsores con una mezcla de ironía y honestidad, “cuatro gatos”. Cuatro gatos, sí, pero rodeados de familiares, amigos, voluntarios, músicos y público. Una pequeña comunidad que, año tras año, sostiene una propuesta cultural que ha ido creciendo hasta hacerse un hueco en la escena underground de la provincia y más allá.

Pedro Ruiz (Periko) y Daniel Paraíso hablan de Rock’N’Pola sin solemnidad, pero con una convicción difícil de disimular. Lo hacen desde la experiencia de quienes han sido músicos antes que organizadores, desde la memoria de una época en la que se podía tocar en pubs con más facilidad y desde la conciencia de que, hoy, levantar un festival independiente exige tiempo, permisos, llamadas, seguros, carteles, escenarios, barras, limpieza, logística y muchas horas robadas a la familia y al descanso.

Pero también hablan desde el orgullo

Porque Rock’N’Pola no nació solo para programar conciertos. Nació para cubrir un vacío. Para ofrecer un espacio a las bandas que no suelen aparecer en los grandes escaparates. Para defender la música en directo como cultura. Y para recordar que, antes de los macrofestivales, de las pulseras masivas y de las grandes marcas, hubo pequeñas salas, asociaciones locales y escenarios modestos donde muchas bandas aprendieron a mirar al público de frente.

Algún día se darán cuenta de que las pequeñas asociaciones, los pequeños festivales y las pequeñas salas de conciertos somos la columna vertebral de la cultura musical en este país”. La frase es de Periko Ruiz. Y resume buena parte del espíritu de Rock’N’Pola.

De los pubs al festival

La historia de Rock’N’Pola hunde sus raíces en una inquietud compartida por músicos locales. Antes de la actual asociación, existió Barrock, una entidad que impulsó circuitos de rock, concursos de bandas y distintas iniciativas para mantener viva la música en directo. Con el tiempo, y especialmente tras las dificultades para seguir tocando en determinados locales, aquella energía se fue concentrando en un formato más estable y visible. Un festival.

Éramos todos músicos y nos preocupaba dejar de tocar”, recuerda Periko. Primero llegaron los circuitos y los concursos. Después, el festival fue tomando cuerpo hasta convertirse en el proyecto que más público atraía. En 2022, la antigua asociación Barrock dio paso formalmente a Rock’N’Pola, con una nueva etapa en la que Daniel Paraíso se incorporó de lleno a la organización.

El cambio no fue solo administrativo. Respondía también a una transformación del contexto. Durante años, la música en directo en bares y pubs tuvo más margen. Después, con nuevas normativas, restricciones y dificultades para programar actuaciones, aquel circuito se fue estrechando. La respuesta fue sacar la música a un formato concentrado, más visible y con vocación de continuidad.
Se nos ocurrió llevarlo a un festival de dos días”, explica Daniel. “Era un festival pequeñito, pero poco a poco hemos ido creciendo”.

Ese crecimiento ha obligado también a ampliar la mirada. Si al principio el proyecto estaba muy vinculado a las bandas locales, con el paso del tiempo Rock’N’Pola ha abierto el escenario a grupos de la provincia, de la Comunitat Valenciana, de Murcia, de Madrid y de otros puntos. La asociación recibe muchas propuestas de bandas que quieren tocar en Santa Pola. Tantas, de hecho, que aseguran llevar “dos años de retraso” en la lista de grupos interesados.
Lo que antes era llamar puertas, ahora es atender peticiones.
Para una asociación pequeña, ese cambio tiene algo de victoria silenciosa.

“Somos cuatro gatos”

La frase sale con naturalidad. Sin dramatismo y con un toque de humor. Cuando se les pregunta quién forma actualmente la asociación, Periko no recurre a una explicación burocrática ni a una enumeración de cargos. Responde con una imagen sencilla. “Somos cuatro gatos”.

La realidad organizativa de Rock’N’Pola se sostiene sobre un grupo reducido. El grueso del trabajo, explican, lo llevan entre Periko y Daniel, especialmente en lo relacionado con bandas, gestiones, permisos, coordinación con el Ayuntamiento y programación. Pero alrededor de ellos hay una red imprescindible de voluntarios que hace posible que el festival funcione.
Familiares, amigos, gente que ayuda en la barra. Personas que colaboran en el escenario, en el montaje, en la logística, en el desmontaje o en la limpieza del recinto.
Sin ellos sería imposible hacerlo nosotros solos”, reconoce Daniel. Esa es una de las paradojas más habituales de la cultura local. Muchas veces, lo que el público ve como un concierto de unas horas es, en realidad, el resultado de meses de trabajo invisible. Llamadas, reuniones, diseños, horarios, seguros, permisos, coordinación técnica, pruebas, necesidades de las bandas, montaje de escenarios y resolución de problemas que casi nunca llegan al espectador.

Parece fácil juntar a diez bandas en dos días y luego cinco en Navidad, pero cuesta bastante”, resume Daniel.

El cansancio existe. Y lo reconocen. La asociación, dicen, ha evolucionado a peor en medios humanos. No porque el proyecto haya perdido sentido, sino porque trabajar gratis durante años pesa. Hay que quitar horas a la familia, al ocio y al descanso. Hay que seguir empujando cuando no siempre hay relevo.

Pero, al mismo tiempo, el proyecto ha crecido en apoyo técnico, institucional y musical. Periko destaca que en los últimos años han conseguido implicar más al Ayuntamiento y a distintas concejalías. Ese respaldo, afirma, se nota en la calidad de los festivales y en la posibilidad de seguir avanzando.

La otra gran evolución está en las bandas. Cada año, aseguran, el nivel es más alto.
Está viniendo gente que perfectamente podría estar triunfando y llenando estadios”, dice Daniel. “Pero la vida es así. Lo que está de moda es una cosa y esto no está de moda”.

En esa frase aparece una de las ideas centrales de la entrevista. El metal, el rock y la escena underground no siempre cuentan con el escaparate que merecen. Pero eso no significa que falte calidad. Al contrario. Según los impulsores de Rock’N’Pola, muchas de las bandas que pasan por el festival tienen una puesta en escena profesional, un nivel técnico muy alto y una entrega que sorprende incluso a quienes no son seguidores habituales del género.

La escena underground como identidad

Rock’N’Pola nació con un objetivo claro. Darse a conocer dentro de su escena. No aspiraba a competir con grandes festivales, ni a levantar un evento masivo, ni a perder su identidad en busca de modas pasajeras. Su territorio natural es otro. El de la escena metal, el rock alternativo y las bandas que se mueven en circuitos pequeños, pero fieles.

Daniel explica que ese primer objetivo se ha cumplido. No se definen como un referente absoluto, pero sí perciben que se les tiene en cuenta en Alicante, Valencia, Murcia o Madrid.

Periko lo resume de forma directa. “La escena underground la estamos cubriendo bastante bien”. Ese reconocimiento no llega por casualidad, llega por una filosofía de trabajo, por cuidar a las bandas, por tratarlas “de tú a tú”, por ofrecer un escenario digno y por intentar que quienes aceptan tocar se sientan valorados.

Intentamos cuidar y mimar mucho a las bandas que vienen”, insiste Daniel. “Les damos el trato que se merecen”.

Ese trato tiene un valor especial en un contexto dominado por grandes formatos. Los macrofestivales, reconocen, pueden ser positivos porque permiten ver a muchas bandas y concentran una gran oferta musical. Pero también creen que, en los últimos años, parte de la esencia se ha desplazado. La música, dicen, a veces parece quedar en segundo plano frente a la experiencia social, la foto, la marca o la obligación simbólica de “haber estado”.
Si no has ido a tal festival parece que no existes”, lamenta Periko. Frente a eso, Rock’N’Pola defiende otro camino, un camino más lento, más pequeño y más cercano, dar oportunidades a bandas de gran calibre que quizá no tienen hueco en los grandes circuitos, apostar por grupos que componen sus propios temas.

No se trata de negar los macrofestivales, se trata de recordar que la música también necesita raíces pequeñas, lugares donde crecer antes de aspirar a cualquier otra cosa.

Santa Pola y la música en directo

Santa Pola no ha sido históricamente, según Periko, un pueblo “culturalmente metalero”. La afirmación no pretende ser una crítica sino una constatación. La localidad ha tenido músicos, grupos y afición, pero no necesariamente una tradición fuerte vinculada al metal o a la cultura rock en directo.

Precisamente por eso, lo conseguido en los últimos años tiene para ellos un valor especial. “Para mí es un sueño”, reconoce Periko, “somos músicos de toda la vida, hemos tenido bandas, hemos tocado y ahora estamos ayudando a gente cuando a nosotros nadie nos ayudaba”.

Ellos tuvieron que buscarse la vida, ahora intentan que otros tengan un escenario, una oportunidad y un público real.

Daniel coincide en que Santa Pola siempre ha gozado de buena salud musical en cuanto a músicos y bandas. Rock’N’Pola, dice, ha aportado “un granito más”, un granito importante, especialmente en un contexto cultural donde la música en directo convive con hábitos de consumo cada vez más rápidos y con géneros mayoritarios que ocupan casi todo el espacio.
En este mundo globalizado, donde ahora todo es reguetón, para nosotros es un orgullo seguir a flote”, afirma.

La salud musical local se percibe también en el número de grupos. Entre bandas con proyectos propios, grupos de versiones, tributos y formaciones activas, calculan que en Santa Pola puede haber alrededor de once o doce bandas. No todas trabajan con composiciones originales, muchas se han adaptado a los tiempos y a las demandas de los locales, donde a menudo se prefieren versiones conocidas. Pero el tejido existe.

La dificultad está en abrir camino a quienes quieren crear canciones propias. Ahí, coinciden, el reto es mayor. Hace falta un escenario en condiciones, un circuito donde tocar y un público dispuesto a descubrir algo que no conoce previamente.

Si no vas a los conciertos a descubrir una banda nueva, no te vas a saber sus canciones. Y si no te las sabes, nunca las vas a conocer”, reflexiona Daniel.

Ese círculo vicioso es uno de los grandes obstáculos de la música emergente. El público pide canciones reconocibles, los locales programan lo que saben que funciona, las bandas originales tienen menos espacios y al tener menos espacios, les cuesta más construir público. Romper esa dinámica es una de las batallas culturales de Rock’N’Pola.

El público que ya espera en la puerta

A pesar de las dificultades, la respuesta del público ha ido creciendo. Periko recuerda que hace dos o tres ediciones las puertas abrían a las ocho de la tarde y la gente empezaba a entrar una o dos horas después. En los últimos años, en cambio, cuando se abre el recinto ya hay personas esperando fuera.

Algo estaremos haciendo bien”, dice.

Para una asociación pequeña ver al público responder es una forma de confirmación. Cada entrada, cada persona que llega temprano, cada asistente que pide que el festival siga o crezca, se convierte en combustible para continuar.

La reacción habitual, aseguran, es de apoyo absoluto. “Que lo hagamos más”, les dicen. Esa demanda del público contrasta con la fragilidad interna de la organización. Hay ganas de festival, hay bandas interesadas, hay reconocimiento fuera, pero falta relevo humano. Y ahí aparece una preocupación de fondo.

Navirock, cantera joven y miedo escénico

Rock’N’Pola no se limita al festival principal. A lo largo del año, la asociación concentra su actividad en dos grandes citas. Rock’N’Pola y Navirock, el festival de Navidad con el que buscan dar espacio a músicos más jóvenes.

Navirock tiene una dimensión especialmente importante. En él han participado jóvenes vinculados al IES Cap de l’Aljub, cuya banda ya ha tocado en ediciones anteriores, y también se prevé la colaboración con escuelas de música de la Vega Baja. El objetivo no es solo programar actuaciones, es ofrecer un escenario real a chavales y chavalas que están empezando.

Periko habla de jóvenes de entre 8 y 16 años que pueden subirse a tocar ante público y empezar a perder el miedo escénico. “Les intentamos dar un espacio para poder tocar ante un público real”, explica.

Daniel confirma que la colaboración con el instituto es ya una apuesta clara. Este será el tercer año en el que Navirock mantiene esa línea de trabajo con jóvenes músicos. La asociación entiende que no puede haber escena futura si no se acompaña a quienes están empezando ahora.

La cantera no aparece sola, hay que cuidarla, hay que darle oportunidades, hay que permitir que los primeros errores, los nervios y los primeros aplausos sucedan en algún sitio. Ese sitio, para muchos, puede ser Navirock.

Una cultura que necesita espacios

Uno de los grandes retos para la música en directo en Santa Pola es la falta de espacios estables. La idea de una sala con programación regular aparece durante la conversación casi como un deseo compartido. “Si hubiera una sala de directo en Santa Pola sería maravilloso”, afirma Daniel.

Periko recuerda que salas ha habido, pero no han terminado de funcionar. La explicación, para él, no es sencilla. Una sala local no puede sostenerse solo con cuatro personas de aquí y cuatro de allá, necesita apoyo desde dentro, necesita que el pueblo acuda, se implique y entienda que la música en directo no se mantiene únicamente con buenas intenciones. “Hay que apoyar desde dentro, desde el pueblo”, resume.

También existen dificultades en bares, terrazas y espacios privados, especialmente en verano, cuando los horarios, las restricciones y la convivencia con vecinos complican la programación. Periko pone como contraste el caso de Gran Alacant, donde percibe una mentalidad diferente marcada por una población extranjera acostumbrada a una cultura de pub, taberna y música en vivo. Allí, dice, es más común que la gente salga a tomar algo y encuentre una actuación, ya sea jazz, rock u otro estilo. En Santa Pola, considera, ese arraigo no está tan consolidado.

Daniel añade otro matiz. Los locales privados miran por su negocio y programan aquello que saben que puede gustar a su público. Es lógico desde el punto de vista empresarial, pero limita el margen para propuestas más arriesgadas o desconocidas.

Locales de ensayo y apoyo institucional

No todo el diagnóstico es negativo. Periko reconoce avances en los últimos años, especialmente en la existencia de locales gratuitos para ensayar en la zona del skatepark. Para muchas bandas, contar con un espacio donde poder tocar sin asumir el coste de un local privado es una ayuda relevante.

El problema, como casi siempre, está en las condiciones concretas. No todos pueden utilizar esos espacios. Quien ensaya en un local propio tiene que afrontar aislamiento, convivencia vecinal y las dificultades habituales asociadas al ruido. Aun así, Periko considera que el Ayuntamiento está mostrando interés en que la música siga adelante en Santa Pola.

Ese apoyo institucional, unido al trabajo voluntario y al crecimiento de la respuesta pública, configura un escenario de avance lento, no de pasos gigantes. Periko lo tiene claro, “si das pasos de gigante, la leche que te pegas es gorda”. La frase, coloquial y certera, define bien la prudencia con la que quieren crecer. Rock’N’Pola no aspira a convertirse de golpe en un macroevento prefiere consolidar lo conseguido, ampliar su alcance sin perder identidad y seguir construyendo una referencia comarcal desde la base.

Mujeres dentro del metal

Entre las señas de identidad que Daniel destaca hay una especialmente relevante. La asociación intenta dar presencia a la voz femenina dentro del metal. En un género y en un circuito donde muchos carteles siguen dominados mayoritariamente por hombres, Rock’N’Pola procura que cada año varias bandas estén lideradas o integradas de forma destacada por mujeres. “Hay muchos festivales que son todo maromos”, señala Daniel. “ Hay mujeres que cantan también dentro del metal y nosotros intentamos ser fieles a eso ”.

La intención es que cuatro o cinco bandas, casi la mitad de la propuesta, cuenten con presencia femenina relevante, no como gesto decorativo sino como parte de una realidad musical que existe y que merece escenario.

Diez años, una década y una memoria pendiente

Para Periko, una de las ediciones más memorables fue la del año pasado, marcada por el décimo aniversario. Aunque el origen del festival se remonta a 2010, diferentes circunstancias, entre ellas la pandemia y un año de obras en el recinto, hicieron que la actual sea la undécima edición.

El aniversario dejó también una idea pendiente. Reunir a las bandas locales que participaron en los primeros años, cuando el proyecto nació desde la propia escena de Santa Pola. Aquellas bandas fueron las que tocaron gratis, las que empujaron el comienzo y las que dieron sentido al festival cuando todavía era una apuesta más frágil. No pudo hacerse entonces pero sigue en la cabeza,“lo tenemos pendiente”, admite Periko.

Esa deuda simbólica con los inicios revela hasta qué punto Rock’N’Pola es más que una programación anual. Es también una historia de vínculos, de bandas que se cruzan, de generaciones que han compartido escenario y de una escena que trata de reconocerse a sí misma.

El relevo que no termina de llegar
La pregunta sobre el relevo generacional abre una de las partes más delicadas de la conversación. Hay jóvenes músicos, hay cantera, hay bandas, hay público, pero no está tan claro que haya personas dispuestas a asumir la organización. “ Estamos en ello, pero nadie quiere ”, dice Periko.

La frase vuelve a mezclar humor y preocupación. Todo el mundo quiere venir, disfrutar y pasarlo bien, es lógico, ellos también querrían hacerlo, pero organizar implica otra cosa, implica llegar antes, irse después, resolver problemas, cargar material, hablar con administraciones, cuadrar presupuestos y asumir responsabilidades.

Daniel apunta una de las razones posibles. En Rock’N’Pola no se cobra, los únicos que cobran son los técnicos de sonido y los músicos. Quienes organizan lo hacen por pasión,“esto lo hacemos por amor a la música”, explica, el problema es que la pasión también se cansa, y los años pesan.

Cuando se les pregunta dónde se ven dentro de cinco años, los dos expresan un deseo y una advertencia. A Daniel le gustaría verse allí, quizá con más público, quizá en un espacio mayor, pero sabe que necesitarán relevo. Periko es más contundente. Si no entra gente pronto, si no se transmite la filosofía de la asociación y el valor de lo que se está haciendo, el proyecto corre el riesgo de desaparecer. “Si no hay relevo, mucho me temo que morirá el rock and roll”.

No lo dice como amenaza lo dice como diagnóstico. Las asociaciones culturales no se mantienen solas, necesitan personas que aprendan, que asuman responsabilidades y que entiendan que detrás de cada concierto hay una forma de militancia cultural.

La artesanía invisible de un festival

Además de la música, Rock’N’Pola ha incorporado otros elementos que refuerzan su dimensión local. En el recinto se da espacio a puestos de artesanía, invitando a personas del pueblo a mostrar sus trabajos de manera gratuita. También colaboran, en la medida de sus posibilidades, con otras asociaciones y colectivos, como Altet Alternativo o iniciativas vinculadas a actividades artísticas en la calle.

Un festival pequeño no es solo un escenario, puede ser también un espacio de convivencia, de circulación de talento local y de encuentro entre distintas formas de cultura. Música, artesanía, juventud, voluntariado y tejido asociativo conviven en un mismo ecosistema.

La columna vertebral
Al final de la entrevista, Periko lanza una invitación que va más allá de Santa Pola. Anima a apoyar no solo Rock’N’Pola, sino cualquier festival pequeño, sala local o asociación que apueste por bandas emergentes en pueblos y ciudades cercanas. Su reflexión funciona casi como una declaración de principios. “Las asociaciones y los festivales de pequeño formato como el nuestro son los que mantienen la cultura musical en este país”. La cultura no vive únicamente en los grandes titulares, vive también en las personas que montan vallas, revisan horarios, llaman a bandas, diseñan carteles, cargan equipos, sirven en una barra y se quedan al final para recoger. Vive en quienes no cobran pero responden, en quienes se cansan pero repiten, en quienes saben que una banda nueva necesita una primera oportunidad antes de que alguien pueda corear sus canciones.

Rock’N’Pola es eso. Una pequeña trinchera musical en Santa Pola, un lugar donde el rock y el metal encuentran escenario, comunidad y futuro posible. Un proyecto frágil porque depende de pocas manos, pero fuerte porque esas manos llevan años sosteniendo algo que ya forma parte de la vida cultural local. El desafío ahora es que otras manos se sumen.

Porque si la música en directo quiere seguir sonando, alguien tendrá que abrir la puerta, encender las luces y preparar el escenario antes de que llegue el primer acorde. Y mientras eso ocurra, habrá rock.
Rock and roll para todos y para todas.

 

Comparte este artículo

 
 
 

Comentarios

 

Artículos relacionados

 

 

Periódico Santa Pola © Copyright 2016, todos los derechos reservados.

Diseño: Baluarte Comunicación s.l.