Antonio Fuentes Romero, vicario de la parroquia santapolera, demostró en su Pregón de Semana Santa que la prosa detallista, colorida, florida, casi barroca en adjetivos, sigue siendo capaz de conmover a la audiencia. Enfocó toda su intervención en los pasos, valga la literalidad, de la vida, Pasión y Muerte de Jesús, “reflejada tan bellamente por los pasos de nuestra Semana Santa”.
Y dijo bien “nuestra” porque, aunque es andaluz de cuna, se siente santapolero ya que le unen a la villa más de 25 años de dedicación.
Tres partes y un epílogo
Con la estancia en Betania arrancaron las tres partes y un epílogo que compondrían su intervención, describiendo con mimo y delicadeza desde a sus discípulos hasta la disposición de la última cena, a quienes, con manto remangado lavó los pies, “y todos se conmueven. Le dejan hacer, hasta el mismo Judas”. La noche de “plenilunio de primavera, clara, perfumada, limpia y vaporosa” que pasó con sus discípulos, “quien uno de ellos se ha dejado caer lánguidamente sobre Su pecho y siente los latidos rápidos y violentos del corazón de Cristo”. Así continuó describiendo toda una cena y la bendición de sus dones, que culmina en la detención.
Describió preciosamente los momentos de la Pasión, la subida al Calvario de un Jesús rodeado de una “una muchedumbre ávida de sangre”; realizó un paralelismo entre los cascos de los caballos, que levantan chispas en los corazones de los que lo odian, “pero también de ternura entre las mujeres que lo contemplan”, entre ellas la Verónica y María la de Magdala.
Calvario y Resurrección
Los “perfiles de tres cruces se alzaron en el cielo” en las inmediaciones del Calvario, que se vio nutrido con las figuras de los dos ladrones y un Dios hecho carne que exclamó “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Longinos, la lanza y el costado, “del que manó agua y sangre”, para culminar en un estertor de muerte, postergado hasta la Resurrección “en un sepulcro nuevo”, dando así fin al segundo acto.
El tercer acto se centró en la Resurrección, en el encuentro con las mujeres, siempre tan presentes en la vida de Jesús: su Madre, la Magdalena... Y, finalmente, en las palabras de San Pablo, quien resume el espíritu de la Pascua: “si Cristo no hubiera resucitado, falsa sería nuestra religión”. Jesús resucitado es la figura que deja “a las tinieblas vencidas. Cristo es un canto al sol ungido, que difunde su luz y perfume a los creyentes del mundo”.
El violín
Ya, en su epílogo, habló de la figura del peregrino, quien su finalidad no es tanto saber el camino como el recorrerlo. Contó, además, una graciosa anécdota sobre un violín desafinado (en clara referencia al alma humana), siendo la fe, tocada con las manos de un maestro, quien la afina, la pone a un tono que hace que todo suene como música divina.
Ya centrados en estos días de devoción y pasión, aseguró que las procesiones responden “al sentimiento popular de necesidad de Dios”. Un sentimiento que ha de ser sinónimo de ayuda al prójimo. Finalmente, quiso agradecer Fuentes Romero los “veinticinco años que llevo entre vosotros, entre el pueblo de Santa Pola” al que equiparaba con el “pueblo santo” de los Hechos de los Apóstoles. Un pueblo marcado por sus “gentes del mar, que nos ayudan a reflejar nuestra alma de marineros” y un recuerdo a los antepasados “que nos enseñaron a guardar las fiestas en honor a la Virgen de Loreto y la Semana Santa”.
En los cerrados aplausos finales, declaró: “sois mi alegría y mi esperanza. Hasta el último momento de mi vida os llevaré en el corazón”.









