Claveles, lirios, orquídeas o gladiolos. Entre la plétora de colores el abanico va desde el blanco hasta el rojo, sin olvidar el púrpura o el verde. La última palabra dependerá de cada una de las cofradías, que se ajustará a la tradición y, en estos tiempos de crisis que corren, al presupuesto con el que cuente.
A través de un elemento sencillo, una flor, se genera todo un complejo código orientado a enaltecer la belleza de las imágenes, así como a que el público reconozca el duro y complicado trabajo que, desinteresadamente, realizan muchos de los cofrades con el objetivo de engalanar el paso.
A tener en cuenta
Muchos son los factores que se barajan a la hora de decidir el adorno floral pero, sobre todo, dos son los aspectos fundamentales: el momento que representa el Trono y qué caracteriza a la cofradía. En resúmen, no es lo mismo lucir a un Cristo que a una Virgen.
Del mismo modo, también se juegan con las ideas de pureza, penitencia, sacrificio y sufrimiento. Todas ellas reflejadas en los rostros de las imágenes. Cada una de ellas viene simbolizada por una flor.
Formas y colores
Por ejemplo, el morado, dado por los lírios, refleja el sufrimiento del penitente. Blancos pétalos de rosas, orquídeas, gladiolos o claveles son los encargados de alabar la pureza de la Virgen. Con el rojo se consigue simbolizar el sacrificio, la sangre derramada por el Cristo para la redención de su pueblo. Así, grandes mantos florales sirven de lecho a los Cristos vivos y Cautivos.
La forma en la que se colocan los arreglos florales no se deja al azar. Pueden colocarse en los laterales, o en los fanales (jarrones). Tener una forma redondeada o una terminada en punta, si queremos, mediante esta última forma del adorno, transmitir espiritualidad y silencio.










