Juan Rodenas Cerdá
 

UN LLAMATIVO BALCÓN

 
Viernes 1ro de julio de 2016 0 comentarios
 

Don Romualdo Gorgonzola de Bustamante y Sotillos, oriundo de las montañas cántabras, era amante de la mar Mediterránea y de su apelativo -el del mar-. Así no os extrañe, que, cuando se jubiló, comprara una casita de la villa marinera de Santa Pola en tierras alicantinas.
Don Romualdo, que no gustaba la calificación de jubilado y decía estar ritaired -con acento de Oxford-, porque allí acabó su vida laboral en el Computer Network Resources (que creo algo semejante a nuestro CSIC), no había perdido la curiosidad por el saber que siempre le caracterizó en sus tiempos de investigador científico, ni tampoco prestancia en su persona.
Don Romualdo Gorgonzola de Bustamante y Sotillos causó en su tiempo estragos entre las mujeres inglesas y no precisamente por eso que llaman pasión latina, sino por todo lo contrario. Flema mayor que la de don Romualdo no se encontraba en varón inglés alguno, ni porte tan elegante en cuerpo tan anatómicamente equilibrado. Eran las mujeres inglesas las que acudían a él, llamadas imperiosamente por un atractivo secular que sus maneras emanaban, y caían todas sin condición como moscas atraídas a un panal de rica miel (nunca metáfora más oportuna).
Por cosas de una Ley de costas derogada, don Romualdo tenía enfrente de su casita de Santa Pola -en la Playa de Levente- un hotel. Y no es que le molestara, pues su afán de saber le llevaba a imaginar y construir historias que le entretenían.
En el balcón de una de las habitaciones del hotel ocurrió algo chocante. Por las mañanas, colgadas de una cuerda, se veía una ringla de bragas y don Romualdo sintió curiosidad más que enfado aunque, realmente, aquello no era estético.
Vio las bragas durante unos días y uno de ellos a sus usuarias: un par de damas que evidentemente no eran españolas. Dos mujeres, seguramente también jubiladas, pero más jóvenes que él.
-Señorita, hay siempre unas bragas en el balcón de la habitación de unas damas…
- Sí. Lo sabemos y confiamos en que el buen sentido de esas damas inglesas les llamará a la cordura. Comprenda que nos resulte ingrato incomodarlas…-. Dijo la recepcionista, excusándose, que conocía a nuestro personaje por ser gente de condición en la Villa considerado hijo adoptivo.
- Si no le importa, seré yo quien hable con ellas.
Y así fue como don Romualdo entró en la habitación una y otra tarde pero, sorprendentemente, las bragas continuaron cada mañana a la vista.
No os llamará la atención, después de haberos descrito a don Romualdo Gorgonzola de Bustamante y Sotillos, e intentado hacer de él un semblante, si os digo que ahora, en ocasiones, entre la ringla de bragas se veía también colgados unos calzoncillos.
Fue entonces cuando por una cuestión estética, más que por un asunto moral, la dirección del hotel, muy moderna, tomó cartas en el asunto y el balcón se vio libre de prendas que llamaran la atención.

 

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