Víctor Corcoba Herrero
 

TIEMPO DE GRATITUD Y GRATUITDAD

 
Miércoles 12 de abril de 2017 0 comentarios
 

Nunca es tarde para poner en valor la gratitud y que reverdezcan los horizontes de la vida. Mostrar agradecimiento es lo propio de un ciudadano de bien, dispuesto a sentir el gozo de la interdependencia entre las personas y la variedad de especies con las que compartimos nuestro andar. De ahí, la importancia de protegernos unos a otros y de alumbrar la emoción de la poesía que nos alienta. Ojalá aprendamos a embellecernos con la bondad de unos y de otros, a ser cada día mejores con la esperanza de un porvenir mejor para todos, y a desvivirnos por la Madre Tierra y la Familia Humana.
Así, con mayúsculas, la Tierra es la casa colectiva, en la que no han de consentirse privilegios alguno, sino justicia para todos. Al igual que cada árbol cumple su función en la biosfera, también deberíamos hacerlo nosotros como seres humanos, preocupándonos mucho más por nuestro hogar común. Por otra parte, la frágil estirpe debe tomar el firme propósito de ser más caritativa, más respetuosa con la poética de la creación y hacer un uso moderado de las cosas. Quizás nuestro descontento, por aquello de lo que escaseamos, proceda de nuestra falta de reconocimiento hacia lo que tenemos. Sería saludable, por consiguiente, hacer un serio examen de conciencia y llenos de arrepentimiento, activar un cambio de modos y maneras de vivir, a fin de mejorar, ya no solo nuestros habitables espacios, también la convivencia, o lo que es lo mismo, el sencillo arte de vivir como hermanos.
Por desgracia, nos hemos acostumbrado a que todo es cálculo y medida, precio y posesión, algo que no puede concebirse en un mundo en el que todo nace porque sí, y en el que nadie se lleva nada consigo. En el jueves santo, precisamente, la iglesia católica celebra la generosidad por excelencia, como una superabundancia de compasión y clemencia, de luz y caridad fraterna, sabiendo que al atardecer de nuestra existencia seremos examinados del amor. Recordemos el gesto del Señor de lavar los pies a sus discípulos como un acto de afecto y servicio. Al día siguiente, con la pasión y muerte, lo envolverán todo en tinieblas y oscuridad, como si el poema de la vida se borrase de nuestro iris viviente. No obstante, cuando todo parece haberse derrumbado en la nada, surge el día y prevalece como un floreciente verso, cuando el Padre arranca a su Hijo amado del abismo de la muerte, bajo una atmósfera verdaderamente embellecedora, tras derribar todas las barreras del odio. De igual forma, los no creyentes han de aprender de este don de la naturaleza, de esta fuerza armónica, a cooperar con sus análogos de modo constructivo. Sin duda, este es el primer pulso en el camino de la transformación.
Estoy convencido de que si practicásemos más la gratuidad con nosotros mismos, viviríamos mejor, pues uno siempre ha de poseer el privilegio de ser uno mismo para no ser absorbido por la tribu del dividendo.

 

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