Juan Ródenas Cerdá
 

EL ORGULLO DE CASILDA

 
Viernes 15 de julio de 2016 0 comentarios
 

ostotierno y Vinaspre, dama de seculares virtudes nacida en La Rioja, supo quién era en la mediterránea villa de Santa Pola. Educada en Las Esclavas de la Preciosísima Sangre del Cristo de San Vicente, Casilda fue la primera mujer en la Procesión de Los Picaos de la Semana Santa somserrana, pero su formación religiosa no le impidió ofrecer su cariño a una becaria llamada Sinesia que en el Colegio hacía servicios domésticos, a cambio de recibir enseñanza. Traer aquí a Casilda Punzano de Mostotierno y Vinaspre es por lo que a continuación diremos.
Doña Casilda perdió hace días a su amantísimo esposo, don Romualdo Gorgonzola de Bustamante y Sotillos, que traspasó para ser acogido en los brazos del Señor una tarde tomando el té de las five o´clock, con unas amigas inglesas, en un hotel de esta Villa. Un hotel situado delante de la casa de los Gorgonzola de Bustamante y Punzano de Mostotierno. Y verán lo sucedido.
En la misma plaza, donde casa y hotel asientan, hay una baguetería con terraza que en sábado reciente ofreció música al aire libre a sus clientes y vecinos. Todavía en plenos rezos, por la pérdida de su ínclito y transida de dolor, ante el estruendoso ruido Casilda telefoneó a la Policía Local que le contestó: << Esa señora [la dueña] tiene licencia para dar un espectáculo en la terraza. Así que, cierre usted las ventanas de su casa (la conversación deberá estar grabada)>>.
Y sí, el espectáculo, con baile en la vía pública, corrió a cargo de una veintena de mujeres que danzaron con algún que otro empujón al ritmo de La Conga, por las escaleras que hay en la Plaza. Doña Casilda bajó a la calle enfadada por el ruido sin saber a qué y ocurrió lo sorprendente: entre aquellas mujeres reconoció a Sinesia.
Pasada ya hora y media del nuevo domingo, cantaban todas a capela y grito pelado -con el vecindario en vigilia- el tradicional <>. Y resultó que, entre el dolor por la muerte de Romualdo y el molesto griterío a deshoras, Casilda se encontró a sí misma después de tantos años.
Dos semanas después hubo en la villa marinera un desfile multicolor y Casilda quiso participar pero Sinesia, en aras al recato, sólo consintió en ir a la fiesta que avalada por el Consistorio tuvo lugar, también en la vía pública y con música estrepitosa, hasta las dos de la madrugada. Un tramo de calle acotada, seguro que con el beneplácito de los vecinos tras ser consultados, para la visibilización se unos derechos. Como en tiempos del señor Fraga: dueño de la calle.
Con todo, en su deliquio amoroso, Casilda se sintió orgullosa mientras Sinesia, más ecléctica por su antigua condición de becaria, tuvo pena por aquellos a quienes llaman heterosexuales. Con ese apelativo -a buen seguro, pensaba ella-, sólo podía designarse a gente sin fe ni generosidad condenada al eterno fuego del Infierno.

 

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