Antonio Baile Rodríguez
 

DE LOS BUENOS MODALES Y DE LAS MALAS COSTUMBRES

 
Viernes 25 de agosto de 2017 0 comentarios
 

Cada vez, con más frecuencia, observamos que son muchos los que prescinden de la buena costumbre de vestir los calcetines de colores discretos que se disimulan y confunden como si de un proceso de mimetización se tratara con el color del calzado y, utilizan otros de rombitos o blancos; además, los que así proceden, suelen ajustarse los pantalones altos de cintura para que podamos ver sin dificultad y con horror el color de la prenda que cubre sus pies. El colmo de la ordinariez suelen protagonizarlo nuestros vecinos “los franchutes y los chanes” -en general- que son unos personajes como nosotros pero que hablan en extranjero y suelen calzar sandalias y cubrir sus pies con calcetines de colores chillones como el bermellón o el verde. La calceta o media que viste el pie, el tobillo y parte de la pierna debe coincidir en su cromatismo con el de los zapatos para de esta manera pasar inadvertidos y no herir ninguna sensibilidad. También vemos con cierta preocupación que se va imponiendo la moda entre los varones de vestir un impecable traje azul y unos zapatos marrones que cantan más que una cigarra en una noche de verano. Pero lo realmente grave es que esta costumbre de combinar el calzado “amarrón” con los pantalones azules, grises o negros suelen practicarla del mismo modo famosos presentadores de las televisiones españolas y algunas sociedades deportivas que armonizan de esta guisa las prendas de vestir que hacen las veces de uniformes oficiales para utilizar en sus desplazamientos. Con tanto dinero que se gastan en fichajes y tanto estilista en nómina y no emplean un poquito para cuidar el “caché o seny” que da una buena y cuidada imagen en las cosas del vestir.
Otra de las tropelías que a diario se producen consiste en enfundarse un chándal y con el mayor de los atrevimientos salir a la calle de esta guisa no para desplazarse a una instalación deportiva y practicar ese bello y útil ejercicio físico que es el deporte sino para ir de compras, salir a pasear con el/la cónyuge y los niños, o al inició de las vacaciones durante el trayecto en cualquiera de los medios de locomoción que suelen utilizarse para este fin. Cuando veo a alguien vestido con un chándal fuera de los lugares en los que ésta es la prenda apropiada no puede disimular mi contrariedad ya que si me coloco a su lado tengo la extraña sensación de que voy a iniciar algún deporte además de que no logro eliminar la sensación de fatiga ni el recuerdo de olores a humanidad y linimentos; me resulta imposible experimentar una sensación placentera cuando al lado hay alguien que por su indumentaria me recuerda el esfuerzo, el agotamiento, o el tufillo que despide un cuerpo sudoroso por haber practicado algún ejercicio. Pero esto no es nada comparado con el espectáculo que podemos presenciar y que solemos sufrir todos los veranos cuando nos desplazamos a comer a algún establecimiento de la costa. Puede ocurrir que un día tu abuela cumpla 80 años y que toda la familia se reúna para celebrar la efeméride en un restaurante; catorce o quince personas se visten con sus mejores galas y se emperejilan porque la abuela se lo merece todo. Toda la familia homenajeando a la anciana y justo en la mesa contigua se instalan unos niños en traje de baño con arena hasta en las cejas; el papá con una camiseta sin mangas mostrándonos esos hombros peludos y unos sobacos pobladísimos, vestido con un “meyba” o en el mejor de los casos con el pantalón empapado porque debajo lleva el traje de baño mojado; y la mamá con un moreno pringoso que huele al último bronceador que ha aparecido en el mercado que suele vestir el traje de baño y encima se coloca un pareo como única prenda para cubrir éste. A veces también suelen dejarse acompañar por la mamá de ella -la abuela de los niños- que la pobre suele cubrir su cabeza con una gorrita de visera y carga con los flotadores de patitos de los niños y los cubos y las palas. Habitualmente a los diez o quince minutos, como llevan tan poca ropa, suelen decirle al camarero que desconecte el aire acondicionado sin importarles un pimiento el resto de comensales que sí que acudimos correctamente vestido y que no nos molesta esa agradable temperatura que producen los climatizadores. De todos aquellos que acuden al establecimiento con animales de compañía y se ofenden si se les niega la entrada ya hablaremos otro día. Tengo mis dudas de si la culpa de estas irregularidades que atentan contra los buenos modales es de los comensales bañista, del restaurador que vende su alma al diablo para contabilizar cuatro cubiertos más, o del resto de comensales que aceptamos con resignación estas situaciones. Verano, bendito verano.

 

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