ARQUEOLOGÍA
 

Tres semanas para comenzar a poner en valor nuestro rico patrimonio cultural

 
Viernes 23 de junio de 2017 0 comentarios
 

Quinto revolvía con desgana el miserable contenido que borboteaba en el puchero de campaña. Unas miserables lentejas. Con unas miserables raíces. Con cuatro trozos de un miserable conejo, que olía mal, pero que se habían repartido a los dados hace dos días. Miserables también eran sus huesos, calados hasta el tuétano por culpa de este miserable verano que tenía que soportar en esta miserable tierra de Germania.
Las gotas de agua atravesaban el chamizo, asateándole sin piedad. ¿Cuándo parará? ¿Seis días, doce sin ver el sol? Había pensado realizar un sacrificio a Hércules Gaditano pero... ¿qué querrá un dios de esta tierra baldía? Cuando alzaba su vista, veía la punta de unas picas de madera. Más allá, un río que no terminaba, que no daba peces, sólo un torrente negro, como el maldito cielo que cubría su cabeza.
Metió la cuchara y revolvió el guiso. Se concentró en el crepitar del fuego y en el calor que le daba a sus pies desnudos. Los trapos que envolvían a sus cocidas y ampolladas extremidades se secaban sobre dos palos, al humor de la lumbre. No hablemos de las sandalias, remendadas, recosidas y con la mitad de clavos oxidados. ¿El resto? Perdidos en marchas inútiles, en fosos de tierra, en talas de bosques.
Las lentejas ya no rompían los dientes. Quinto metió la mano en el morral y rebuscó algo, una pequeña ánfora que había comprado a precio de oro a un griego que seguía a la Legio XXX Ulpia Victrix. Su legión, su hogar, su tortura. Con cuidado, quitó el tapón y, poniendo debajo la cuchara, dejó caer con parsimonia su contenido. Medio pardo, medio rojizo. De olor fuerte e intenso. “El mejor garum que encontrarás en esta parte olvidada del mundo, chico”, le dijo el griego.
Con reverencia, introdujo la cuchara en el potingue y, a los pocos segundos, se levantó un aroma penetrante. Un olor a mar, a sol, a noches de vino y cuerpos calientes. Ya quedaba menos para volver, siempre y cuando a esos demonios peludos no se les ocurriera volver a asaltar la empalizada.

Hipótesis
Quinto es el nombre ficticio de un legionario romano que bien podría encontrarse en Germania, Britania o la lejanísima Siria. Sin embargo, había un componente común en todos ellos, el garum. Pescado, tripas, sal... un producto triturado, fermentado, decantado y buscado como potenciador de sabor por todo el imperio porque, como bien indica el director del departamento de Historia Antingua de la Universidad de Alicante, Jaime Molina, “no había tantas fábricas de garum como se piensa” en tiempos de Roma. Y una, y muy buena, era la que estaba localizada en Santa Pola, en el Portus Ilicitanos, en el yacimiento de La Picola, que a partir del día de junio verá cómo la tierra que lo protege será de nuevo abierta para dar cierre a un “proyecto inconcluso, además de probar una serie de hipótesis”, tal y como declaraba en rueda de prensa.

Veinte estudiantes
Junto a Jaime Molina se encuentran los doctores e investigadores de la UA Francisco Álvarez y Daniel Mateo, quienes coordinarán tres semanas de excavación, junto a una veintena de estudiantes de historia y del master en arqueología (varios de ellos de Santa Pola), que se alojarán en el Cimar durante este periodo. Se trabajará sobre la parte romana, con almacenes portuarios importantes, hornos y centro de preparación de garum y salazones (junto al fortín ibérico, algo prácticamente único y que “algún día habrá que poner en valor”).
Declaraba Molina que “es la mayor cantidad de información que tenemos, incluso mayor que La Alcudia. Tenemos toda la secuencia del poblamiento, desde el siglo I antes de Cristo al VI”.

Ver la luz
Esperan que, con la campaña de este año, se vea la luz sobre un edificio de grandes dimensiones, vinculado a un horno y una especie de establecimiento industrial. “Nuestra principal hipótesis es confirmar que se trata de un gran centro industrial. Prueba de ello es el horno, que está muy bien conservado. Tenemos toda la documentación del equipo francés que estuvo aquí en los ochenta y, como incidiremos en una zona donde no se ha excavado nunca, para nosotros es muy interesante”.
Son conocedores de que hay unas estructuras, pero aún es pronto para saber a que fin sirven. “Encontramos un ánfora rota, llena de restos de garum, maravilloso. La analizamos y, en principio, no era de aquí. Algo increíble, porque lo normal es que se produzcan en el mismo lugar. El horno no es de producción anfórica, pero como vamos a seguir excavando, bien podemos encontrarnos con descartes, lo que indicaría que sí, que hubo producción industrial. Eso sería todo un hallazgo”.

De Lusitania y la Bética
Daniel Mateo, aclaraba que las ánforas encontradas se pueden localizar como procedentes de la bética y lusitania, “pese a que las tierras arcillosas que aquí se encuentran son de calidad”. En principio, la creación de estos recipientes obedece a una necesidad de exportación de la producción, no de consumo local, “pero la producción de garum es importante, y no puede ser absorvida por el mercado local”. De hecho, en congresos a los que han acudido, tanto en Sevilla como en Cádiz, confirman la calidad del garum local.
El Portus Ilicitanos no es que sea meramente un punto de cabotaje, “de hecho, hunde al puerto de Lucentum (Alicante), hunde a la ciudad -en el siglo II”. El Portus se mantiene y crece y forma parte de la ciudad de Ilici, que va desde Villena hasta Santa Pola. “la urbs es La Alcudia y aquí sí que se encuentran tanto templos como villas, prueba de ello son las inscripciones que se pueden encontrar en el Museo del Mar”.

Un templo que no se vio
Templo, por lo tanto, había, “pero hará unos quince años se hicieron unas obras en el parque de El Palmeral y no hemos tenido comunicación del informe de esa excavación. Tenían mucha prisa en inaugurarlo y, al parecer, sí había un templo. Santa Pola ha tenido factoría, industria, lo que es un puerto. La pena es que no excave, porque es una joya. Tendría un atractivo turístico enorme, el no ponerlo en valor, es incomprensible. Con anteriores corporaciones, de hecho, no vi movimiento para la creación de un parque arqueológico”.
En Picola había una serie de balsas de decantación de garum que, “cuando acudimos por primera vez, las protegimos con unas gravas. Esas están intactas y perfectas”. Todo esto ha de sumarse al fortín ibérico, metido en una especie de península frente al mar (por entonces estaba mucho más avanzado), que se estudia en toda España, “porque es muy raro y cumple las funciones de emporio en época ibérica”. El Portus Ilicitanus es tan importante que se ha llegado a encontrar moneda de la Isla de Melo (grecia), “y encontrar moneda griega en la península ibérica es altamente complejo, porque no se comercia con ellos. Aquí hay moneda, cerámica... Picola es un referente”. Almacenes portuarios, centro de salazones, producción salina, “todo lo que posee Santa Pola puede constituirse en el proyecto de un gran parque arqueológico”.

Primera aportación
Para el equipo, “el Portus es científicamente muy importante”. Tras estas tres semanas, se volverá a proteger y, de cara a un futuro, retomar si se cuenta con la financiación suficiente. De hecho, el Ayuntamiento ha podido conseguir para este año 2.500 euros. Una cantidad puesta por la Concejalía de Cultural porque, en palabras de Anna Antón, “es importante que el pueblo sepa cuál es su patrimonio y sepa su identidad. Del mismo modo, queremos que la gente sea partícipe de este proyecto, bien a través de visitas guiadas durante la excavación o con charlas y conferencias mientras estén aquí los investigadores”.
Un importante esfuerzo que viene a marcarse como un hito, “porque el objetivo es reeencontranos con nuestro patrimonio, protegerlo, difundirlo y que se convierta en una referente, en un punto de atracción no sólo cultural, también turística”, aseguraba Antón.

 
 

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